La ambición de poder es un tópico que se ha abordado en repetidas ocasiones en la historia del teatro. Los grandes autores clásicos, desde la Antigüedad en Occidente, lo vienen pensando. Tanto tramas de comedias como de tragedias fueron motorizadas por la presencia de personajes ambiciosos al extremo que generaban, según el caso, risa por su ridiculez o propiciaban su caída por los errores que cometían. Desde el escenario de Nün Teatro Bar, La intrigante, obra escrita por Juan Ignacio Fernández y dirigida por Jimena del Pozo Peñalva, se inscribe en esta tradición.
Bárbara Massó le pone el cuerpo a Carlota Joaquina, miembro de la Casa Borbón. Así, la obra toma una cuestión histórica de base: los anhelos incontrolables que tiene la reina de Portugal y de Brasil a inicios del siglo XIX por ocupar el (algún) trono. La obra la encuentra cuando ya tuvo que huir a Brasil porque Napoleón Bonaparte estaba por invadir Portugal y además había sido desterrada por conspirar contra su marido. Desde las tierras americanas, Carlota pretende reemplazar a su hermano como regente de España e incluso a su marido en su lugar de poder. A su vez, dado un vínculo epistolar con Manuel Belgrano, comienza a soñar con ser la Reina del Plata. En escena, se encuentra acompañada por Ariel Mele, quien encarna a José, el sirviente de Carlota que debe tolerar sus delirios y demandas constantes.
Resulta interesante pensar la obra desde una mirada interseccional: aquella que cruza las variantes de género, clase y raza para observar el lugar que ocupamos en el mundo. En relación con la obra, por un lado, Carlota encarna un lugar revolucionario, si se la piensa desde su identidad como mujer a inicios del siglo XIX. Es independiente e indomable. Además, aspira a insertarse en la escena pública y política a como dé lugar. Anhela participar de esa esfera históricamente tomada por los varones.
Por otro lado, si se observa al personaje desde la cuestión de clase —y también a partir del grupo poblacional al que pertenece— su posición se vuelve intolerable en tanto busca el sometimiento de todas aquellas personas que entiende como inferiores. Habla de esta manera despectiva de las personas afrodescendientes —quienes son representadas en escena por parte del músico Gali Dundun, quien acompaña con percusión en vivo—. También se dirige de esta manera al pueblo americano a quien se referirá con la expresión “mis fangocitos”.
Esta conformación de Carlota produce comicidad. Tanto Bárbara Massó como Ariel Mele logran generar en sintonía una comedia que se basa en la desmesura de Carlota, y el hartazgo y sometimiento de José. El uso de la hipérbole, en tanto exageración del carácter de la noble, genera una gran comicidad. Otro gran acierto de la obra es la reunión de elementos disonantes en tanto una monarca se proyecta con su poderío sobre una zona que se esgrime, en parte, contra la corona. Cada momento de ilusión de Carlota por tomar el poder en 1809 solo puede producir gracia en les espectadores quienes sabemos cómo se desenvuelve la historia.
La intrigante despliega, además de los trabajos actorales precisos, una delicada puesta en escena a partir de colores, objetos y diseños que se acercan a un universo kitsch. El trabajo de maquillaje, vestuario y pelucas es virtuoso y colabora en la instalación de una época. De esta manera, la exageración, tanto en estos elementos como en los personajes, funciona como uno de los procedimientos centrales de la obra. Se agrega la actuación incesante de los personajes mientras ensayan discursos o simulan tolerarse. Así, el trabajo escénico se convierte en un terreno con capas de sentido que funciona gracias al trabajo del elenco.
A su vez, el intercambio epistolar al que asistimos en reiterados momentos construye un clima de época e instala la espera. A distancia, lejos de su hogar y retirada de la escena política, Carlota aguarda la llegada de una carta que le cambie el rumbo. Aunque, a medida que avance la obra, esa espera la irá agotando, y la transformación física y anímica se vuelve evidente.
Hay una cuestión que resuena indefectiblemente al ver la obra desde nuestro presente: tiene que ver con el rol de quien gobierna (o desea hacerlo, como en el caso de Carlota) atravesado por el delirio. Esto se vincula con la locura, irracionalidad, ridículo de quien pretende ser líder de un pueblo. En tiempos de un gobierno nacional que alucina en varios sentidos —basta pensar en las conversaciones con animales muertos, el sentimiento de impunidad política y los discursos evidentemente contradictorios— La intrigante adopta otras resonancias. Funciona como parte de una genealogía de figuras políticas tomadas por la locura del poder y el odio hacia el pueblo que reverbera en el presente.
FICHA TÉCNICA:
La intrigante
Actúan: Bárbara Massó, Ariel Mele
Dramaturgia: Juan Ignacio Fernández
Dirección: Jimena del Pozo Peñalva
Nün Teatro Bar
Juan Ramírez de Velasco 419, CABA
Miércoles 21hs