Borrachas, astutas y mentirosas. Las mujeres de Aristófanes que hablan hoy
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Borrachas, astutas y mentirosas. Las mujeres de Aristófanes que hablan hoy

2 de mayo de 2026

Quien no ha leído aún Asambleístas y Lisístrata de Aristófanes se está perdiendo de mucho: en estas comedias aparece una potencia incómoda y reveladora, porque en una sociedad que excluía sistemáticamente a las mujeres de la política, irrumpen figuras femeninas que no solo toman la palabra, sino que se organizan, discuten, persuaden y terminan interviniendo en la vida pública. Si una se sitúa en la Atenas del siglo V a. C., ese gesto es, directamente, una irrupción contra el orden establecido.

En ese mundo, la palabra pública tenía dueños claros. Mary Beard lo señala en Mujeres y poder: la tradición grecorromana consolidó una asociación persistente entre autoridad y voz masculina. Los ciudadanos —varones, adultos y libres— eran quienes hablaban y decidían. Las mujeres quedaban relegadas al oikos, al espacio doméstico, fuera de la Asamblea y de cualquier ámbito de decisión. 

Por eso lo que hacen estas obras resulta tan significativo. En Asambleístas, las mujeres irrumpen en escena apropiándose de un discurso que históricamente las había dejado afuera. Y lo hacen con una mezcla de astucia y estrategia: replican el lenguaje masculino, lo exageran, lo tensan. En medio de la crisis provocada por la Guerra del Peloponeso, cuando los varones se desentienden de la política, Praxágora, protagonista y líder, encabeza una intervención que desarma las reglas del juego: propone abolir la propiedad privada, compartir los bienes y reorganizar la vida en términos igualitarios. Está expresado como una exageración cómica, sí, pero no deja de mostrar una forma de imaginar alternativas cuando el sistema vigente fracasa.

Ahora bien, para poder hablar, las mujeres deben transformarse. Se visten como hombres, ensayan discursos, imitan modos de hablar. La escena es clara: para ser escuchadas, tienen que tienen que replicar el discurso masculino hegemónico que las nombraba como hacendosas y trabajadoras, pero también como libertinas, golosas, borrachas, astutas y mentirosas. Ahí aparece una crítica que sigue vigente: quién define qué voces son legítimas y bajo qué condiciones. La política, en este sentido, no es solo un espacio de poder, sino también un espacio de exclusión lingüística.

En Lisístrata, esa tensión se vuelve aún más evidente. Frente a una guerra interminable, Lisístrata confía en algo que el orden patriarcal subestima: la capacidad colectiva de las mujeres. Su estrategia —la huelga sexual— puede parecer provocadora o incluso caricaturesca, pero pone en evidencia una verdad incómoda: las mujeres encuentran formas de intervenir incluso cuando el sistema las margina. Y lo hacen juntas. No solo las atenienses, también las espartanas. Hay ahí una forma de alianza que desborda las fronteras políticas y anticipa algo que hoy llamaríamos sororidad.

Esto no convierte a Aristófanes en un autor “feminista” en sentido moderno. Sus obras siguen cargadas de estereotipos: las mujeres son mostradas como manipuladoras, excesivas o interesadas. Pero justamente en esa ambigüedad está lo interesante. Porque, aun reproduciendo prejuicios, pone en escena algo que el propio sistema niega: mujeres que hablan, que actúan y que toman decisiones en el ámbito político.

Si se cruza esto con la filosofía de la época, la tensión se vuelve más clara. Mientras Platón abre la posibilidad de que las mujeres sean capaces de realizar las mismas funciones con los hombres, Aristóteles sostiene que son naturalmente inferiores y que no deben gobernar. En ese contexto, las comedias de Aristófanes no resuelven el debate, pero lo exponen. Y al hacerlo, dejan ver las fisuras de un orden que se presenta como natural pero que, en realidad, necesita ser constantemente sostenido.

Después de estas lecturas no hay síntesis, lo que queda es una especie de paradoja. Sabemos que esas mujeres no podían hacer nada de lo que vemos en escena. Ni hablar en la Asamblea, ni actuar en el teatro. Y sin embargo, en la ficción lo hacen, y lo hacen con eficacia. Esa distancia entre lo real y lo imaginado no es inocente: muestra que lo que parece inamovible también puede ser cuestionado, que ese orden que parecía tan firme —los hombres hablan, las mujeres callan— también podía ser imaginado de otra manera. Por eso les recomiendo estas lecturas, porque más que darnos una respuesta, abren una pregunta que todavía debemos hacernos: quiénes hablan, qué dicen, qué fantasías podemos seguir imaginando y qué tiene que pasar para que ciertas voces puedan hacerse escuchar. He aquí, otra vez, de lo que la literatura es capaz.

 

Luciana Pino Autor
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