Tengo un dolor aquí, del lado de la patria escribió hace varias décadas Peri Rossi en unos versos de desgarradora actualidad. Y cuánto más desafiante se vuelve la vida cuando el dolor está también, y al mismo tiempo, en más de un aquí.
Hace unos años empecé a leer Vivir con nuestros muertos de Delphine Horvilleur creyendo que iba a leer un ensayo sobre ese dolor que provoca toda muerte. Lo cerré con la sensación de haber recibido una sabiduría vital difícil de dimensionar, además de un libro favorito nuevo.
Horvilleur es una rabina judía francesa y feminista. Un quilombo hermoso. Acompaña personas en sus despedidas, oficia entierros, escucha historias que empiezan cuando la vida biológica termina. Escribe lejos de cualquier solemnidad, y en este libro no busca explicar el dolor ni ofrecer recetas para atravesarlo. Hace algo difícil: se queda del lado de las preguntas.
Vivimos en una época que nos exige resolver rápido todo. El duelo también. Hay que seguir, volver a trabajar, recuperar el ritmo, estar bien. Encontrarle un cierre al dolor que provoca la ausencia. El libro abre la posibilidad a otra lógica, una en donde la pérdida, paradójicamente, nunca se pierde sino que se resignifica, la muerte se revitaliza y la vida necesita de los finales, aunque no sean clausuras de manual.
Hay un pasaje que, cada vez que vuelvo a leer el libro, no puedo sacarme de la cabeza:
La palabra jaim, la vida, es un plural; y es que en esta lengua la vida no existe en singular. El hebreo proclama que cada uno de nosotros tiene muchas vidas, no sucesivas sino trenzadas, como hilos que se cruzan a lo largo de la existencia y aguardan el desenlace para distinguirse. En hebreo, nuestras vidas conforman un tapiz hasta que podamos deshacer los nudos contando nuestras historias.
Esta interpretación gramatical habilita la idea filosófica de que no existe una sola vida. Somos las nuestras, pero también las que heredamos y las que dejamos en los demás. Me pareció una imagen hermosa. Como la de las piedras (lean el capítulo sobre Elsa si quieren saber de qué hablo).
A pesar de todas las dudas que surgen en el libro, también hay algunas certezas. Una de ellas es que todxs convivimos con fantasmas. No desde la figura del relato fantástico, sino desde la más pura realidad. Son los familiares que se fueron pero que todavía traemos al presente, lxs amigxs con lxs que ya no hablamos pero que todavía esperamos encontrar una noche en ese bar, incluso las versiones de nosotrxs mismxs que ya no existen. Asumir esas presencias fantasmales no desde lo tortuoso sino desde lo vital es también una de las tantas propuestas interesantes de Horvilleur.
Este mes no puedo hacer más que recomendarles este libro que hace poco volví a releer para armar el Club de lectura de La Apoteca de julio (¡acérquense!). Un libro recomendable porque no enfrenta la vida y la muerte como si fueran enemigas. Por el contrario, nos revela que ambas son compañeras que caminan juntas. Hay una delicadeza enorme en esa mirada. Hasta la biología, dice Horvilleur, nos recuerda que para que la vida exista también hace falta que algo termine. Pienso bastante en eso cada vez que vuelvo a cerrar el libro. No les digo que resuelva asuntos de miedo, ansiedad o pánico con la muerte (dudo que eso sea posible), pero sí funciona como recordatorio amable de que abrazar la pérdida también puede ser una forma de cuidar lo vivido.
Horvilleur desliza y yo les comparto hoy su idea de que tal vez el verdadero duelo no consista en aprender a soltar, como tantas veces escuchamos hoy en día (soltá, amiga, soltá), sino en aprender a llevar la herida con nosotrxs, a hacer espacio para ese hueco vacío. Y, sin duda, es mejor hacerlo con Vivir con nuestros muertos bajo el brazo.