La pulsión visceral de seguir haciendo
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La pulsión visceral de seguir haciendo

En un contexto de ajuste, cierre de salas y retirada de las políticas públicas de fomento, sostener un espacio independiente implica mucho más que mantener una programación. A partir de las experiencias de Amarama, MOVAQ y El Tanque Cultural, exploramos qué formas de comunidad, pensamiento y deseo siguen gestándose allí donde la lógica de la rentabilidad parece no dejar lugar para el encuentro.

4 de julio de 2026

En Buenos Aires no sólo están cerrando salas. También se está transformando la idea misma de ciudad. Mientras avanza la concentración económica, el aumento del valor del suelo y una lógica urbana que tiende a homogeneizar los barrios y sus formas de habitar, los espacios culturales independientes aparecen como pequeñas anomalías. Lugares donde todavía es posible producir encuentro, construir comunidad y ensayar experiencias que escapan —aunque sea por un rato— a las lógicas de rentabilidad y consumo. 

Sostener hoy una sala independiente implica mucho más que administrar una programación: es defender una forma de producir comunidad frente a un modelo que promueve la individualización, la competencia y la mercantilización de cada aspecto de la vida cotidiana.

Pero ¿cómo se sostiene esa resistencia cuando la mayor parte de la energía se destina, simplemente, a sobrevivir?

Para intentar responder esa pregunta conversé con tres espacios muy distintos entre sí pero que están nucleados bajo el colectivo de espacios escénicos autónomos “Escena”. Amarama, una pequeña sala del Abasto nacida como espacio de experimentación y trabajo comunitario; MOVAQ, una cooperativa cultural de Villa Crespo que hizo de la investigación artística y el trabajo colectivo su forma de organización; y El Tanque Cultural, un espacio cooperativo de Liniers que apostó por descentralizar la producción cultural y construir un lugar de encuentro lejos de los polos tradicionales del circuito porteño.

Las tres experiencias son diferentes. También lo son sus dimensiones, sus públicos y sus modos de gestión. Sin embargo, al escucharlas en conjunto aparece algo que excede la situación particular de cada una.

Cuando les pregunto por la identidad de sus espacios, ninguno empieza hablando de la programación. Checha, de Amarama, define su sala como "una casona refugio de calidez"; Ana, de MOVAQ, habla de "un espacio de contención y aprendizaje" y Santiago, de El Tanque Cultural, insiste en la idea de un lugar de encuentro para artistas y vecinos. Refugio, contención, encuentro. Las tres palabras parecen nombrar un dispositivo para producir comunidad. "Para mí el acto escénico es un espacio ritual donde alquimizar la realidad y donde encontrarse. No lo digo como algo romántico, sino como algo necesario. El vivo es irreemplazable" dice Ana. 

Las estrategias que cada espacio desarrolló para seguir existiendo son muy diferentes, pero todas revelan una misma tensión: el modelo económico actual ya no permite que una sala viva exclusivamente de aquello para lo que fue creada.

Amarama nació como un espacio de experimentación. Con apenas treinta y cinco localidades, nunca buscó competir dentro de una lógica comercial. Hoy, esa escala se volvió una dificultad. "Hacer una función a sala llena, en el mejor de los casos, apenas cubre los costos de apertura", cuenta Checha. La respuesta fue correr el eje del proyecto hacia residencias de creación, alianzas con organizaciones y el crecimiento de Ludorama, un festival gratuito para las infancias que ya comenzó a expandirse fuera de la sala.

El Tanque Cultural enfrenta el problema desde el extremo opuesto. Doce cooperativistas sostienen una infraestructura enorme, lejos de los circuitos más rentables de la ciudad. "No tener los recursos para afrontar todas las deudas a la vez y tener que andar estratégicamente viendo qué se paga primero y qué se patea después es realmente muy desgastante." dice Santiago.

En MOVAQ, la pandemia obligó a reinventar completamente el proyecto. Lo que iba a ser una sala terminó convirtiéndose en una cooperativa cultural coordinada por mujeres donde conviven clases, investigación, programación y creación artística. "Siempre estamos buscando formas de monetizar todos los recursos del espacio", explica Ana. La organización, dice, es lo que hoy sostiene una sala independiente.

Las tres estrategias son distintas, pero todas parten del mismo desplazamiento: ya no alcanza con producir arte. También hay que producir las condiciones para seguir existiendo.

Pero esa supervivencia no depende únicamente de la creatividad o de la capacidad de gestión de cada espacio. También está atravesada por las políticas públicas que configuran el ecosistema cultural. Hace poco más de un año se conocía la cifra del cierre de 120 espacios culturales en todo el país desde la asunción de Javier Milei. En la Ciudad de Buenos Aires no existen datos oficiales consolidados, pero dentro del circuito, el cierre de salas históricas forma parte de una conversación cada vez más frecuente.

Las respuestas de las tres salas también hablan de ese escenario. La paralización de líneas de fomento, la incertidumbre sobre las políticas culturales y el aumento sostenido de los costos aparecen como parte del paisaje cotidiano. Santiago suma otro elemento menos visible: "las inspecciones parecen venir más con el objetivo de cerrar espacios que de controlar cuestiones de seguridad", dice. Cuando crear implica dedicar buena parte del tiempo a resolver habilitaciones, servicios, alquileres o deudas, la supervivencia deja de ser una circunstancia y se convierte en el trabajo mismo.

Tal vez ese sea uno de los efectos más profundos del desfinanciamiento cultural: no sólo pone en riesgo la continuidad de los espacios, también reduce el tiempo, la energía y los recursos disponibles para investigar, experimentar y crear.

Hay un momento de la conversación en que el problema deja de ser económico. Ana lo sintetiza con una imagen que vuelve una y otra vez durante la entrevista: 

"Siempre creí que los espacios independientes eran refugio. Son pequeñas cocinas de pensamiento, de emociones que después generan acciones. En una ciudad donde la cadena de cafés parece ser el único espacio de ocio controlado y sistematizado, tener un espacio con identidad que rompe esa norma se vuelve fundamental." Y Checha agrega: "Sostener el espacio es, ante todo, sostenernos entre nosotros."

Quizás ahí aparezca el verdadero conflicto. No se trata solamente de que las salas independientes atraviesen dificultades económicas, como casi todos los sectores en el panorama actual. Se trata de que producen algo difícil de medir en términos de rentabilidad: tiempo compartido, pensamiento, vínculos, identidades barriales, experimentación y comunidad. 

La discusión sobre las salas independientes no es únicamente cultural. Tampoco exclusivamente económica. Es, sobre todo, una discusión acerca de qué lugar decidimos darle al deseo en nuestra sociedad, qué espacios nos brindamos para generar conexiones a partir de lo que somos y de lo que podemos ser en el cuerpo a cuerpo con un otro. En estos tiempos tan hostiles, tener un lugar que invite a mirarnos a los ojos con un extraño se vuelve indispensable.   

Ana lo dice mejor que cualquiera:

"La manera de resistir es la creatividad. Es seguir creando y tener el coraje de hacerle caso a esa pulsión visceral de seguir haciendo."

 

Agustina Soler Autor
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