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LOS ARTISTAS URBANOS QUE NACIERON ENTRE GRAFFITIES Y MUROS ANONIMOS AHORA TAMBIEN FORMAN PARTE DE EVENTOS MAINSTREAM. UN CRONISTA QUE AUN SE RESISTE A ESTAS PRACTICAS, SE DIO UN PASEO POR UNO DE ELLOS.
Es sábado a la tarde en el auditorio del Buenos Aires Design, catedral de los corazones nostálgicos del 1 a 1, y otra vez los ejércitos juveniles huyen de la soledad de sus laptops para asistir a la tercera edición del Puma Urban Art, un evento que reúne desde hace tres años a artistas visuales, diseñadores y músicos del país y del exterior.
Al final de una larga escalera que rodea al Hard Rock Café y que algún muralista de Adobe Illustrator pintó con seres fluorescentes y coloridos, centenares de chicos y pendeviejos vestidos de Arctic Monkeys pululan en la planta baja del auditorio mirando los trabajos de artistas emergentes, nacidos en su mayoría durante la década del ‘80, que aceptaron la invitación de la marca del felino como un modo de encontrarse con un público que, fuera del círculo del ghetto de los diseñadores y publicistas, no sabe recordar nombres propios pero disfruta de los encuentros casuales con sus obras del mismo modo en que disfruta un gin tonic en la barra del Roxy.
El Puma Urban Art es esencialmente una muestra de arte urbano indoors. La mayoría de los artistas presentan cruces novedosos entre el diseño y las artes visuales (el caso de Uriel Valentín y Juan Molinet, cuyas obras destacan por su buena terminación y las alusiones al cómic). Aunque es también un festival de bandas: el sábado se asomaron al público nuevos valores del indie (como Coco y Polen), y el domingo sonaron grupos que ya saltaron el cerco del MySpace (107 Faunos) junto a grandes rockeros olvidados por las revistas (Carca). Tampoco faltó el cine alternativo: vino nada más y nada menos que la nieta del creador de Mickey Mouse, Leslie Iwerks, famosa cineasta que dirigió (y proyectó en Buenos Aires) el documental sobre la vida de su abuelo y el más renombrado The Pixar Story, donde aborda la creación del gigantesco estudio digital que revivió la industria del cine.

En dos días se pudo ver un amplio menú de bandas, artistas, diseñadores, dibujantes y cineastas que, por su cantidad, muchos recordarán apenas como un rumor de fondo. Es el problema de los eventos de este tipo: ¿qué se puede “ver” en una muestra de que dura 48 horas y en la que circulan -en un espacio reducidísimo- cuatrocientas o quinientas personas? Sobre todo cuando quienes deben estar a cargo de la curaduría de la exhibición (pautar el recorrido, catalogar las obras, etc.) olvidaron las normas mínimas que cualquier espectador aprecia: mala iluminación, falta de referencias en las obras y ausencia de cualquier concepto acerca del recorrido fueron rasgos a destacar. Lo que no impidió, de todos modos, poner el foco en el trabajo de los artistas emergentes, la mayoría de los cuales tuvo y tiene experiencias ligadas al arte callejero y la cultura alternativa.
Además de los referentes locales vinieron los Clayton Brothers (Rob y Chris), una pareja de hermanos oriundos de Denver, Colorado, que empezaron haciendo flyers para bandas punk, y terminaron exponiendo sus obras en la Saatchi Gallery de Londres, acaso LA galería que cambió el paradigma de lo que a principios de siglo XXI podía ser considerado arte. Pintan en colaboración todos sus cuadros: empieza uno, sigue el otro, corrige uno, y así. Cualquier conexión con la cultura del mash-up y el remix, no es pura coincidencia: los Clayton Brothers simbolizan el poder del trabajo colaborativo, un rasgo que el arte contemporáneo ha comenzado a volver más valioso a medida que el público comienza a prestarle menos atención a quién hace la cosa, que a la propia cosa. Cuando se les pregunta qué relación hay entre sus lienzos y el arte urbano, responden: “Es que nuestro arte no es de la calle, sino que viene de la calle”.

Otro de los invitados fue el brasileño Stephan Doitschinoff, también conocido con el nombre artístico de Calma. Stephan es hijo de un ministro evangélico y también se curtió haciendo fanzines punks en San Pablo. Después de hacer carrera como graffitero, se volcó a la pintura mural y a las intervenciones urbanas. Hizo clínicas en varios lugares del mundo y volvió a su país para encarar un proyecto bastante lejano a las convenciones de las galerías: viajó a un pueblo habitado por descendientes de esclavos, cerca de Salvador de Bahía, y les ofreció hacer pinturas en las paredes de sus casas. Casas de pescadores, hechas de adobe, pintadas por Calma con pintura pagada de su propio bolsillo.
En el auditorio del Buenos Aires Design, además de la exhibición de fotografías de sus intervenciones, Calma fue invitado a pintar un mural. Un día antes de la inauguración, durante las entrevistas de prensa, promediando la tarde, Stephan no lo había terminado. Decía que no sabía qué hacer, y en realidad parecía no importarle. Pero el sábado la pintura era impactante y parecía hecha con dedicación y cuidado. Cuando tiene que hablar de la inserción de su obra en un evento de este tipo, antes de dar una respuesta se detiene a pensar unos segundos. “No creo que ayude al arte”, dice. “Es malo para los artistas, porque las marcas quieren siempre morder un poco del alma del artista. Más y más se apropian del alma para vender un producto. No me gusta, preferiría que no fuese así. Cuando acepto venir, pienso que me gusta mucho viajar a Argentina y mostrar mi trabajo, hablar con otros artistas. Pero mi alma está intacta”.
La mayoría de los artistas argentinos pertenecen a colectivos y algunos se dan a conocer con nombres en inglés (Hammerhead, La Wife, Mr. Egg). Como si la identidad de un idioma global los hermanara con algún tipo de proyecto común junto a otros artistas del mundo.
El día de la inauguración, varios chicos sub-25 registran los cuadros de Calma con sus cámaras digitales. Hacen eso también con los de Clayton Brothers y con las obras de los artistas locales. Luego fotografían una botella de Sprite, y a continuación se fotografían a ellos mismos. Fotografían todo.
A la salida del Buenos Aires Design, encadenada a un caño de una parada de colectivo, una tabla de planchar pintada con aerosol rosa ofrece a los visitante la leyenda “Express Yourself”. Un rato después, esperando el colectivo, un chico con una mochila de Bersuit Vergarabat se acerca y pregunta: “¿Arriba están regalando Sprite?”. Y sube rápido.
Fabricio Delmar |
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