En el ‘83 entré en Filosofía. Una tarde, entre dos materias, bajé a tomar un café en el bar que estaba en el subsuelo. Me quedé mirando a un joven muy delgado, con el pelo corto, que hacía una extraña mímica que tenía fascinados a sus compañeros de mesa. Movía las manos dando a entender que construía un recuadro inmenso; después hacía que serruchaba los bordes de ese recuadro. Esto varias veces hasta que ese recuadro quedaba de un tamaño minúsculo, lo pesaba sobre su mano y, acto seguido, lo arrojaba sobre la tacita de café que estaba delante suyo. Tomaba la cucharita –esta sí real, al igual que la tacita– y revolvía el café. Se llamaba Juan Desiderio e iba a ser uno de esos amigos clave que tenemos en la vida.
El joven Desiderio era como una canción de Spinetta: fresca, demencial, surrealista e imprevisible en su ejecución. Fundó innumerables grupos de rock y tocó el bajo, cantó o fue guitarra líder de Aguante de Cancha y Hippie Rabioso. Escribió varios libros de poesía: La trilogía sacra, Tos y la ya famosa Zanjita. Desiderio es un surrealista trasnochado, un neo hippie y un Larkin melenudo y fumeta, ya que al igual que el inglés conservador, es empleado de una pequeña biblioteca en Parque Chacabuco. Siempre me llamó la atención Desiderio no solo por su fantasía sistemáticamente desbocada, sino por su gran corazón. Considero a la bondad como un don superior que sólo muy pocos pueden esgrimir. Entiendo por bondad como una natural disposición a perderse en el otro, a ayudar a los demás por encima de nuestra importancia personal.
Desiderio se fue de la facultad misteriosamente y meses después lo encontré en la Plaza Houssey con una túnica blanca y repartiendo volantes con los poemas de Almafuerte. Después se enamoró de una chica y se fue una temporada a Costa Rica; yo me quedé en su departamento y recibía unas cartas geniales que parecían escritas por Artaud. Pasaron los años y dejé de verlo durante mucho tiempo, pero siempre me llegaban noticias suyas a través de otras personas. Hace poco recibí un mail donde me decía de juntarnos a cenar. Nos juntamos. Estaba en gran forma, más desideriano que nunca. A los postres se puso a relatar la historia de Armand Binoche, a quien conoció en la biblioteca en donde trabaja y que estaba viviendo en una casa abandonada, casi como un mendigo. El tipo era un gran lector y hermano de Juliette Binoche, la actriz francesa. Desiderio lo invitó a vivir a su casa y Armand terminó conquistando a todos sus amigos con su proverbial simpatía. Armand también era modelo y actor y le dijo a Desiderio que pensaba viajar al extranjero para retomar su carrera. Lo raro es que pese a su indigencia crónica, siempre tenía plata para sus gastos y se encerraba en su pieza a escribir un libro.
Una mañana le propuso a Desiderio comprar la casa en la que vivían a medias. Desiderio lo pensó y aceptó. Pusieron un día en el que iban a encontrarse para cerrar el trato. El día indicado, Armand –que ya vivía hace meses en la casa de Desiderio– desapareció. Aunque era pobre, dejó toda su ropa. Lo único que se llevó fueron los cuadernos donde escribía. A la semana, al correo de Juan llegó un mail de la representante europea de Armand: “Lamento informarles que Armand Binoche murió en la calle de un paro cardíaco”. Un buen cierre de un demiurgo consumado. Pero algo quedó: Desiderio grabó unas conversaciones que sostuvieron sobre metafísica, política y actuación. Me dijo que piensa desgrabarlas y publicarlas.
Fabián Casas
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