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serpientes en el jardín del poeta

¿QUE ES SUPER SIEMPRE? ¿UNA BANDA DE RUIDOSOS FORAJIDOS? ¿ARTISTAS PLASTICOS Y ESCRITORES INTENTANDO HACER ROCK? ¿UNA OPERACION VANGUARDISTA? EN OCTUBRE TOCARAN EN EL MALBA Y SE PODRAN RESPONDER ALGUNOS DE ESTOS INTERROGANTES.

Cinco presentaciones en vivo de alrededor de 20 minutos cada una (algunos fragmentos de ellas se pueden ver en you tube) y un disco, Juicio al perro, es toda la producción que ostenta hasta hoy Super Siempre (SS), la banda casi secreta que en octubre tocará en el MALBA. Lo sobresaliente, en una época en que predomina la cantidad sobre la intensidad, es que con estas pocas intervenciones ya ocupan un lugar más que relevante en la escena musical de la Buenos Aires de nuestros días. Algunos suponen que la mera presencia en escena de Sergio Bizzio, Alan Courtis, Francisco Garamona, Alfredo Prior, y otros invitados establece la plusvalía que hace de coagulante y asegura la existencia del fenómeno. Tal vez por eso la constante al tratar el tema gire alrededor de los siguientes clisés:“gente de otro palo haciendo música”, “no músicos”, “músicos que no saben tocar”. Hasta se lee en algún lugar que es una banda que nació de “una operación conceptual: reunir a cuatro nombres clave de distintos ámbitos de la cultura y ponerlos a tocar”.
Entre tanto, un pequeño grupo de fans y una masa importante de detractores, se demoran en un debate que entre líneas no es más que un intento para hacer encajar el torrente irrefrenable de sonidos de SS en algo aceptable para el canon de la música. Vale decir: qué se debe oír, qué es tolerable para nuestros oídos.
¿Mucho ruido? ¿Muchas nueces?. Cómo saberlo, sin antes haber participado de alguna de sus puestas, o de haber escuchado su disco Juicio al perro.
En vivo, cualquier presentación de SS asegura desde el vamos la inclusión inmediata de todos los presentes en un ritual del que, a medida que todo se calienta, nadie saldrá indemne. El entrevero de ruidos, los acoples, la distorsión, la pérdida absoluta del rumbo (del sentido) los gritos desarticulados, las torsiones de cuerpos al borde del abismo (alguien vio como Garamona salvó a Prior de caer fuera del escenario de “El club del arte” con guitarra, cables, amplificador y todo) es la obediencia al ritual de la música y de la experimentación entendida no en un sentido naif que nos asegura un dulce sueño en las volutas de lo estético, sino a partir del justo desvanecimiento de la imagen del músico-artista que siempre coloca su personalidad delante de lo que ejecuta. Los músicos de SS son tocados por una corriente eléctrica que los recorre, a pesar de cuerpos, materialidades, instrumentos, escenarios, espectadores, hasta la extenuación. Es la experiencia amarga de las sibilantes arruinándolo todo en ese instante en que la música encuentra su desborde y con él se desmorona la ilusión del espectáculo en el jardín de las musas. Un jardín que, ahí, en ese momento misterioso en que todo es arrastrado por una espiral de sonidos, deja de ser experimental y pasa a ser experiencial. Jardín pánico, experiencia trival. Como advertencia, que nadie vaya a buscar en una presentación de SS la melodía que dulcificará su trago o que ambientará su galanteo de jueves a la noche. Pero, si esas fueron sus expectativas, lo más probable es que se revuelva de disgusto y que, mudo de espanto, se vaya antes del final del concierto insultando al infeliz que le recomendó a esa caterva de snobs que durante 20 minutos se encargó de ensordecerlo.
Al fin y al cabo, cada uno obtiene lo que merece.

MIGUEL VILLAFAÑE

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