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la chica de los rulos





MARIANA CINCUNEGUI PASO DEL ROCK A JUGAR EN LA “A” DEL JAZZ CON CANCIONES CIRCULARES Y MUCHO OXIGENO PARA LOS CHICOS AGITADOS DE HOY. A FINES DE OCTUBRE EN LA TRASTIENDA PRESENTA SU ULTIMO TRABAJO, ALASMANDALAS.

A fines de los 80, sus canciones sonaron en la mayoría de las escuelas primarias, en los 90 se volcó al rock and roll y ahora prueba con jazz. Cambió de género y probablemente experimente nuevos sonidos en el futuro pero sigue y seguirá dirigiéndose a los niños. Porque le gusta lo que hace, porque no quiere dejar de aportar su arte en la educación inicial y porque es su vocación. Mariana Cincunegui participó de Piojos y piojitos 1, fue una de las fundadoras de MOMUSI –aunque después se abrió–, inventó Mariana y los pandiya con una estética rockera en serio y acaba de editar Alasmandalas, un trabajo conceptual, como ella misma lo define, que va a presentar el 24 y 25 de octubre en La trastienda.
La chica de rulos ha recorrido un largo camino: empezó a cantarle a los niños a los 17 años. Y además de tocar y producir discos, da clases. Primero fue en el living de su casa, después pasó al espacio de experimentación que hoy asoma en una esquina palermitana, y cada tanto, se suma a los talleres de La Nube. La investigación es central en la obra de Mariana: para hacer Piojos y Piojitos 2, volcó el material de uno de sus talleres donde trabaja con la territorialidad de la música y por qué sonamos acorde al lugar en donde vivimos. “Si uno se fija, Cesaria Evora es una música isleña, y si la escuchás cantar a Mercedes Sosa, es la tierra. Lou Reed es Nueva York; Buenos Aires es el tango”, apunta. 
La misma dinámica usó para Alasmandalas, que también nació a partir de un taller. “Los nenes vienen, como todos, un poco pasados de rosca. El niño va a la escuela, de ahí viene en una camioneta al taller de música, después pasa por el dentista para que le ajuste los brackets, llega a su casa, se baña y hace la tarea… Ese niño no pudo ni jugar, ni contarte qué le pasó en la clase de matemática… Y también está el otro extremo, el niño que va a la escuela del Estado, donde faltan las maestras y llega a la casa y se embola y ve la tele. Hay mucha cosa y poco espacio para decir lo que todos queremos decir, para aprender. Si yo a un niño le tengo que enseñar las escalas, necesito que esté en calma. Yo le enseño una escala pero la próxima vez la tiene que tocar; si en la semana nunca tuvo un momento para practicar, es muy difícil instruirle esa manera de sonar el mundo. Un nene que va todo el día a la escuela, de ahí a fútbol, a natación, a un cumpleaños, a la casa del abuelo, cuando vuelve al hogar, ya no tiene espacio para Beethoven. Tiene que hacer un ‘plan Beethoven’. Con todo eso, ¿cómo hago para que un nene se sume a este taller y que este espacio no sea un ítem más en la lista del consumo? Empecé a buscar herramientas pedagógicas para relajarse, oxigenar el espíritu, la cabeza, y aparecieron los mandalas. Fui a la casa de una niña que tenía un libro de mandalas, me explicó, lo fotocopié y lo propuse en el taller. Esto de ir de un núcleo a una frontera, y de la frontera al núcleo, de nutrirse, de salir de un punto y tener a dónde ir pero poder ser continente, generaba una cosa circular, muy parecida a cuando vos cantás canciones mantras y canciones circulares, ritmos. Como cuando hacés dormir a la bebé, que entrás en una cosa circular, o como cuando vas en tren, que las vibraciones te dan sueño. Los mantras, el sánscrito, son vibraciones, son  sonidos que no tienen un significado, es el sonido lo que te moviliza. Yo lo occidentalicé y lo hice un juego. Empecé a investigarlo, era muy divertido porque la canción circular genera mucho encuentro, mucha ronda, entonces tiene poder. Así, jugamos con canciones circulares, con los mandalas y usamos distintas técnicas, maneras, idiomas y sonidos. Junté un poco lo del mundo y la cosa circular, y salió este primer disco, porque da para hacer más”.
Alasmandalas está coproducido y arreglado por Daniel Johansen. Participan músicos de la talla de Ernesto Jodos (piano), Daniel Maza (bajo), Juan Cruz De Urquiza (trompeta) y Sergio Verdinelli (batería). “Yo no me di cuenta, estaba muy enraizada en el concepto, no fue que dije ‘hagamos música y llamemos a los jazzeros’. Llamé a los jazzeros porque estaba sonando así, porque quería probar otra cosa. No es la verdad de nada ni me quiero dedicar al jazz para niños; hice rock e hice chamamé. Siempre voy a hacer lo que tenga ganas, lo que a mí me vibre”.
Mariana también destaca lo que cuesta ser un músico serio: “Es un recorrido como el que hace un científico, una elección en la vida, una conquista, un deseo. Es tener un instrumento, sacarle brillo, quererlo. Éstos son músicos muy grossos que se rompieron el alma para ser quienes son. Tienen algo para decir, son artistas. Eso también es educativo, a mí me gusta que mis alumnos lo reconozcan”.
El CD tiene un mantra árabe, temas de Lennon y McCartney, y de Eduardo Mateo, entre otros. En “Song cubano” no se entiende nada pero todo se interpreta a través del sonido –el bajo de Maza es delicioso, vibra, se siente vivo–. La música propone cantar unas palabras inventadas en un estado de euforia sana y nutritiva. Que parte de un núcleo, recorre un camino lleno de energía y conduce a una frontera, a un más allá simple, puro y universal.

CECILIA CAMPOREALE

 
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