Hipólita es santa entre las santas, una y muchas a la vez, hacedora de milagros en las pampas. Pero sus poderes se perdieron en la distancia, en el polvo de los días y la precariedad. Su hermano Payo quiere que recuperen el reinado. La sangre tira, electriza, promete devolver la chispa que falta. En el claroscuro de la devoción, la luz mala trae remedio para los sedientos y más tragedias.
Montada en el sótano de una peluquería de Villa Crespo, Sacro Santo se despliega como toda una experiencia. Mientras los secadores de pelo descargan su soplo de aire caliente sobre las melenas de las clientas, bajando las escaleras se abre un mundo: una cabeza de maniquí adornada con glamour trash, una ofrenda de flores para la santa, un teléfono antiguo, una guirnalda de radiografías dentales, el muñeco de un caballo con traje y una frase de Tadeuz Kantor dan la bienvenida a los espectadores.
Como en otras de las obras de Damián Smajo -autor, director y actor de Como pata de chancho y Polvareda en los ojo’- la teatralidad llega como un murmullo pero con alta intensidad. Hay una poética singular y valiosa, que bebe de mitos conocidos para construir su universo decadente y echar a andar el grotesco.
Los actores encarnan con gracia los estados de estos personajes que mantienen ilusiones titilantes entre las sombras que habitan, el impulso vital intermitente de trepar al altar, entre sacrificios y milagros.
No hace falta entender demasiado para acompañar a estos seres aferrados apenas a la supervivencia, que comparten un pan y quedan atorados en la repetición porque no saben cómo seguir.