Las adoro: Conjurar la muerte
Sección Teatro - Revista Llegás
Teatro - Notas

Las adoro: Conjurar la muerte

En su nueva obra, Juanse Rausch retoma la ternura y el uso de elementos históricos en los materiales teatrales. Entre la reflexión que hace el teatro sobre sí mismo, el travestismo escénico, la vejez y la memoria, Las Adoro propone una pregunta urgente: ¿cómo seguir actuando cuando todo parece desvanecerse?

7 de mayo de 2026

El acontecimiento teatral tiene, entre sus principales características, la de ser efímero. Al acontecer desaparece. Así, el recuerdo de la muerte se hace indefectiblemente presente. Al ver una obra de teatro, tomamos conciencia de ese momento que se evapora. De alguna manera, la última obra escrita y dirigida por Juanse Rausch retoma el vínculo entre el teatro y la muerte. Sin embargo, Las Adoro invierte el sentido de lo que decía al inicio de la nota e imagina modos en que el teatro puede acercarnos a la vida.

Estrenada en El galpón de Guevara, Las Adoro cuenta con las actuaciones de Lucía Adúriz y Mariano Saborido quienes le dan cuerpo a Herminia y José, dos hermanes de ochenta años que han dedicado su vida al teatro y que, ante una nueva audición, enfrentan una decisión crucial. De esta forma, la obra se presenta como una oda al teatro y su elemento metateatral —su reflexión sobre el teatro— resulta central. A partir del despliegue de virtuosismo, precisión y maestría, el elenco produce un homenaje y una innovación: un gesto que recupera ecos de otras duplas actorales de la historia argentina. 

La obra nos propone aventurarnos a pensar el teatro como un espacio de vida singular que transforma a quienes se suben a las tablas. Esta modificación, con reminiscencias rituales, se inserta en las biografías de vida de los personajes marcadas, a su vez, por el tránsito del pueblo a la gran ciudad. Ese recorrido terrestre concreto es acompañado por otro espiritual y artístico, que les da sentido a sus vidas octogenarias. 

Además, la reflexión en torno al teatro también se hace presente en los recuerdos sobre infancia cuando jugaban a ser otres, imitar, inventar mundos. Desde entonces el teatro se configuraba como refugio y trinchera afectiva. Allí se tejió una complicidad que atravesó el tiempo y sostiene a los personajes en su vejez. Frente a eso, la amenaza es concreta y reconocible: una ciudad que arrasa con sus teatros, que borra sus espacios emblemáticos y los convierte en otra cosa. La dimensión metateatral también se juega en esa disputa por los edificios que albergan la fantasía, el juego y la disputa cultural.

Las Adoro brinda la posibilidad de imaginar vejeces dignas. Se corre de aquello que sería sencillo (y que los personajes nombran en escena) ligado a reírse de la gente mayor. Ese corrimiento trae consigo un universo donde se hace presente la vejez como una etapa que conserva el deseo, iniciativa y alegría. La comicidad gestual de los cuerpos en escena es trabajada de modo tal que la risa que produce es en complicidad con los personajes, lejos de la burla. A su vez, el delicado trabajo escenográfico, de vestuario y de maquillaje conforma el universo de reclusión de esta pareja de hermana y hermano. A lo que se agrega la música y el canto de las hermanas Adoro como manera de vivir.

El teatro se cuela por todas partes: múltiples elementos de ropa funcionan como telones que conectan el escenario con el detrás de escena. Además, los pliegues de la vestimenta acumulada en años remiten a las olas de la memoria entre las cuales Herminia y José intentan nadar con éxito. Los diálogos entre elles y los modos de incorporar al público constituyen una zona porosa entre la rotura de la cuarta pared y la inclusión de espectadores producto de la imaginación de los personajes. Esto complejiza todavía más el tema de la memoria con su fragilidad y potencia.

También se hace presente la vejez marica como un cuerpo desde donde contemplar los dolores del pasado junto con las alegrías y aventuras. Un cuerpo desde donde pensar la sexualidad entre las arrugas y la sabiduría del tiempo recorrido. Hay una cuestión más: el travestismo escénico, en tanto arte de la transformación, se hace presente en la obra. Es delicioso ver la conformación de distintos personajes que se van realizando. Resulta sugestivo imaginar un travestismo constitutivo en ambos personajes. No es solo José quien se monta para hacer personajes femeninos: también Herminia está atravesada por ese recurso. Abundan así las prótesis, pelucas, maquillaje, todos elementos para que cada quien se construya. Hay una dimensión de lo travesti que se desliga de la identidad de género y se vuelve procedimiento teatral en la obra.

Una vez más, Juanse Rausch construye desde la ternura un espacio para que las disidencias sexo-genéricas podamos pensarnos y habitar el mundo. Las Adoro conjura la muerte y la soledad oponiéndole cuerpos que insisten, que se transforman, que siguen actuando incluso cuando todo parece indicar lo contrario. En ese gesto, el teatro deja de ser únicamente lo que desaparece para volverse —aunque sea por un instante— un modo persistente de vida.


 

Las Adoro

Actúan: Lucía Adúriz, Mariano Saborido

Dramaturgia y dirección: Juanse Rausch

El galpón de Guevara

Guevara 326, CABA

Lunes 20:30hs

 

Agustina Trupia Autor
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