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CHACARITA Y RECOLETA, EL MAS GRANDE Y EL MAS CARO. DOS CEMENTERIOS LLENOS DE HISTORIAS QUE NO SALEN EN NINGUN LADO. AJENO AL VERTIGO Y BULLICIO DE LA CIUDAD, ENTRE EL SILENCIO Y LAS CRUCES, LLEGAS SALIO DE PASEO POR LOS CAMPOSANTOS.
Al olvido, se sabe, no se le gana con mármol tallado ni grandes estatuas; pero la necesidad de conjurar ese fantasma, el más grande, tuerce lo obvio, y en los cementerios de la ciudad todavía se siguen haciendo pozos para enterrar la memoria. El plan es tener un lugar donde ir a recordar cosas que ya se fueron.
De la vida de los faraones sabemos a través de sus tumbas, y esa práctica ancestral, en manos del Estado, en la Buenos Aires modelo 2010, transforma grandes extensiones de tierra en un lugar apacible para caminar, pensar y descontarle otro tramo al aburrimiento. Destinado al fracaso, aun así el cementerio se propone desterrar el olvido y, por un momento, cree que lo logra. Miles de rectángulos afinados sobre la tierra conservan los restos mortales. En Chacarita hay 5.000.000; en Recoleta, otros 350.000. No hay tumbas sin nombre.
La ciudad de los muertos
Junto a la estación Lacroze de la línea B de subte, rodeado de pizzerías llenas de tacheros y frente al call center de Sprayette, los muros de la Chacarita recortan un terreno monstruoso: noventa y cinco hectáreas encerradas entre paredes altísimas guardan los restos de varias generaciones de porteños que pasaron para el otro lado. Dicen que es uno de los más grandes del mundo y parece una ciudad pequeña.

Son las cuatro de la tarde y entre las bóvedas, sobre el asfalto caliente, avanza una hilera de autos a paso de hombre: un cortejo fúnebre. Un auto negro, estirado, lleva el ataúd y guía una pequeña caravana de coches. Roberto estira su brazo y señala que se dirigen hacia el crematorio, una chimenea plateada que se destaca entre las copas de los árboles. Dice que ni loco se queda una noche solo acá adentro, que se dicen muchas cosas, que él no cree, que son cuentos, pero que no se queda ni loco y hace 24 años trabaja acá, en el cementerio de la Chacarita. Es uno de los cuidadores y la tierra removida que se cierne frente a él es la sección del enterratorio que tiene asignada: mantiene las tumbas en buen estado y cobra a los familiares por eso. Lleva una camisa Grafa, anteojos negros y la piel curtida por el sol, que ahora revienta nucas desde las nubes, en silencio, junto a una hilera de tumbas pequeñas que llevan un molino de viento de plástico enterrado en el pasto. Hay juguetes en esas tumbitas y, probablemente, ese sea el lugar más triste.
Alejados de la avenida, en medio de un campo sembrado de cruces, los pasillos de losa van recortando todo el terreno; una cuadrícula se va repitiendo y al rato es imposible seguir leyendo los nombres de todos los muertos. Una repetición enterrada o la historia de cada uno de esos recuerdos que, a la vez, parecen fundirse en eso que decía el viejo Manrique, famoso autor de Coplas a la muerte de su padre: son ríos que van todos a dar en ese mar que es morir.
Deberían ser revisados los antecedentes, la historia, pero existe algún tipo de proporción entre el tamaño desmesurado de una ciudad y la capacidad de almacenamiento requerida para procesar todas las muertes posibles. Cada vez con mayor frecuencia, las últimas voluntades o las familias se inclinan por la práctica crematoria. Pero eso no impide que el entierro, la bóveda o el nicho hayan sido abandonados. Hugo Martínez nació el 25 marzo de 1957 y murió el 30 de abril de 2007. Era hincha de Boca y sus restos están enterrados en Chacarita. Sus amigos le pintaron toda la tumba azul y oro, y la verdad es que se destaca, llama la atención, les quedó bien el trabajo. Hay un escudo y una guarda con el logo de la pipa que recorre la laja y cubre una tumba que parece esponsoreada por Nike.
Algunas palomas se arrojan al vacío frente a escaleras de hormigón que se hunden varios niveles en la tierra. Allí abajo, en galerías numeradas, entre pasillos tenebrosos hechos de nichos, en cada curva y contracurva se pierde el reflejo del sol. Se oyen plegarias entre la penumbra, llegan desde otro lugar pero parecen susurrar al oído. Al final del corredor, un tubo de luz ilumina el regreso y pasan hombres que hablan en voz alta y ríen, cada tanto aparece un gato igual al anterior, pero no el mismo. Es una película.
De espaldas al predio, junto a él pero bajo administración privada, se encuentran los cementerios Británico y Alemán. Mucho mejor cuidados y con un estilo sepulcral más a la europea, también pueden ser recorridos por el gran público. En el segundo de ellos, a metros del ingreso, una lápida guarda los restos del Capitán Hans Langsdorff, un nazi que se volvió célebre por hundir el Graf Spee frente a la costa de Montevideo para luego meterse un tiro en la cabeza encerrado en una pieza de hotel en Buenos Aires.
Junto a su florería, Oscar se prepara para cerrar. Dice que no le tiene miedo a los fantasmas, que su hija está enterrada en Chacarita y ojalá pudiera volver a ver a los que se fueron: a ella, a Papá, a Mamá. “El miedo hay que guardarlo para los que están vivos”, dice mientras sonríe.

El rincón de los ilustres
“¿A quién se le ocurre poner un cementerio en medio de la ciudad?”, reclama Raúl, un investigador de historia que hace un par de años trabaja con el afluente turístico que llega al Cementerio de Recoleta. Explica que, hace 100 años, ese terreno era una península de tierra que se introducía en el Río de la Plata; que todo el paisaje circundante era antiguamente agua marrón. Tierra que sería ganada más tarde y que por ahora sirve para alojar decenas de restaurantes carísimos, algunos boliches de moda, un shopping y una plaza atestada que no para de vivir.
María toma un descanso incómodo, rodeada de extraños que le van sacando fotos a cuanta tumba famosa se cruzan. Su marido falleció hace ocho meses y, hostigada por el calor de la tarde y los recuerdos, se dirige en silencio a llevarle un ramo de flores amarillas. No escucha bien, dice que una bomba de la guerrilla la dejó medio sorda en los setenta, que hay que seguir adelante, a pesar de todo.
A Julio Argentino Roca lo enterraron en el cementerio de la Recoleta y todavía se lee la palabra “genocida” escrita con aerosol verde sobre la bóveda que guarda sus restos. Algunos pasillos atrás, unos turistas italianos se quedan enmedusados ante el mármol que guarda los restos de Eva Perón, sin dudas, la tumba más visitada de todo el cementerio. Sobre el corredor central, tres colegialas descansan las piernas recostadas sobre el mausoleo que custodia el cuerpo de Aramburu. El fantasma de Rosas sale de su bóveda y se pasea frente al panteón de Alberdi, pasa corriendo entre un contingente de turistas japoneses y Facundo, sombra terrible, a poco metros del ingreso principal, yace en una gran monumento junto a Torcuato de Alvear.
Como otros cementerios del mundo, el de Recoleta es una parada obligada para una buena parte del turismo extranjero: en él están enterrados más de veinte ex-presidentes y se trata de un cementerio convertido en museo: es la gran historia hecha una constelación de mármoles, estatuas y bronces. Como decía Marx: los muertos oprimen como una pesadilla el cerebro de los vivos.
IGNACIO NAVARRO
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