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“hoy, la idea de contar una historia parece muy vieja”

 
   
 


EL BAILARIN Y COREOGRAFO PABLO ROTEMBERG, AUTOR DE LA IDEA FIJA, REFLEXIONA SOBRE LA TENDENCIA A LA ABSTRACCION QUE SIGUE EN BOGA EN EL MUNDO DE LA DANZA Y ASEGURA QUE SU PRETENSION ES CREAR UN LENGUAJE Y UN MUNDO QUE SEAN PROPIOS, ORIGINALES.

“Frotarse hasta que se encienda algo, hasta que tu cuerpo se encienda. Siempre quisiste bailar en una disco tenebrosa subido a un parlante, agitando la peluca como una loca. Es un tema de amor, y el amor es lo que siempre deseaste. Pero sólo queda bailar hasta que la noche se acabe, y de vuelta a tocarse pecaminosamente bajo las sábanas”. El texto pertenece a Pablo Rotemberg y sintetiza muy bien el espíritu de La idea fija, una obra cuya deriva sorprende al espectador, algo que siempre se agradece: arranca con un clima ominoso, angustiante, pero luego se desmelena completamente y termina en una especie de homenaje desprejuiciado a la discoteca más cutre. Bailarín, coreógrafo, músico y guionista de cine, Rotemberg es egresado del Conservatorio Nacional de Música y de la Fundación Universidad del Cine. Con La idea fija, que escribió y dirige, ya lleva dos temporadas en la programación de El Portón de Sánchez (Sánchez de Bustamante 1034), y hay planes de seguir el año que viene. La obra ganó dos premios Trinidad Guevara y cuatro Teatro del Mundo. Una pequeña proeza para una actividad como la danza, siempre ceñida en un modesto círculo de  fieles seguidores. “La mayor parte de la gente asocia a la danza con el ballet y la comedia musical, que son un poco más populares, aunque ésas también son disciplinas que tienen un código particular y por eso no son masivas –opina Rotemberg–. Y la danza contemporánea exige la comprensión de un código bastante específico, sobre todo si además es alternativa”.

—¿La danza es demasiado solemne?

—Hay diferentes enfoques. Siempre se trata de una búsqueda muy específica que por lo general encierra la fantasía de la investigación, de “lo artístico”, y muchas veces son procesos que se piensan casi desvinculados del público. Hay un lugar en el que está anclada la idea de estar produciendo algo “importante”. Es una creencia honesta, pero no deja de ser una fantasía. Yo estoy en un lugar de más simpleza, o al menos eso intento. En mis obras hay una pretensión de crear un lenguaje y un mundo. Hoy, la idea de contar una historia y hacer una obra cerrada parece muy vieja, sobre todo en Europa, donde hay una tendencia a poner en escena la problemática de los mecanismos de una obra. En la danza, especialmente, hay como un gran apego a discutir sobre el lenguaje; en el teatro, eso es más relajado, y creo que tiene que ver con que el texto sirve para organizar una obra. En la danza, pareciera que siempre hay que crear algo nuevo, reflexionar sobre el lenguaje… Eso la hace mas hermética. ¿Cuál es el relato de la danza, cuál es su especificidad? Siempre se la relaciona con las artes visuales, la performance, la instalación, nunca con un relato tradicional. Su característica es poner en conflicto la idea de relato, y hoy la tendencia es cada vez más hacia la abstracción. Eso me problematiza bastante, cada vez que encaro algo me hace sentir que ya lo hice. Me irrité bastante las primeras veces que vi La idea fija, pensaba que eso era viejo, incluso en relación con mi propia obra, pero me propuse cerrar el trabajo y estrenar, y ahora estoy muy conforme con el resultado.

—La reflexión sobre el lenguaje también aparece en el cine, la música, el teatro, no sólo en la danza…

—En todas las disciplinas pasa esto, es cierto, pero la danza es particularmente neurótica en ese sentido. Por eso es una ambiente complicado en cuanto a las relaciones entre los que participan, sobre todo porque se trata de algo que no le interesa a nadie, van cuarenta personas a ver un espectáculo… Trascender en un ambiente así es difícil, y eso genera tensiones.

—¿Cómo sos vos con tus colegas?

—Yo tengo preferencias personales, y problemas personales que tienen que ver con el ego, también. Pero creo en la cortesía y en el respeto por el trabajo del otro, en la convivencia social... Yo tengo claro lo que me gusta y lo que no me gusta, pero con los años aprendí a diferenciar eso del trabajo serio de la otra persona. Puedo no compartir su punto de vista sobre la creación, pero si el trabajo me parece serio, lo valoro mucho. Por eso me irrita cuando no son así conmigo. Es un ambiente pequeño y donde circula cierta descortesía. Ser cortés no equivale a ser falso, la cortesía es un mecanismo de supervivencia social. Siempre voy como espectador con un alto grado de inocencia. No soy combativo, respeto que haya gente que piense “como no es lo que hacemos nosotros, hay que destruirlo”, pero yo no soy así. En el mundo de la música, en la década del 50, los que no escribían serialismo eran considerados anticuados. Y actualmente lo más interesante de la música contemporánea es que vale todo. En la danza, si no estás en un lugar de la creación determinado sos una especie de paria. Pero esto pasa en un lugar periférico a Europa. Es raro...

—¿Cuánto se ensaya para una obra como La idea fija?
—Ensayamos casi un año, tres horas cuatro veces por semana; fue un proceso conflictivo en relación a lo artístico, al trabajo en sí, y también desde el punto de vista de la relación con el grupo. Hubo cuatro personas que se fueron: una embarazada y otras tres porque abandonaron el proyecto. Eso me afectó, porque soy bastante inseguro. Ahora es bastante común que la gente quiera hacer procesos más cortos. Yo soy bastante hippie, quiero ensayar un año, un año y medio, lo que haga falta… Tengo la cabeza más desvinculada de lo económico, más romántica, y eso hoy hace difícil mantener un grupo. Si tenés guita para producir, podés hacer una obra en tres meses, pero si no, es complicado. Igual, adoro a la gente que quedó (Alfonso Barón, Ezequiel Corbalán, Rosaura García, Vanina García, Mariano Kodner), que trabajó de una manera increíble y se bancó todo.

—En La idea fija es central, pero por lo general el sexo es un tema recurrente en tu trabajo.
¿Qué abordaje te interesa?
—Es un tema medio viejo, ¿no? Pero sí, está muy anclado en mí, es como una marca infantil… Ahora estoy pensando en un espectáculo nuevo y también pienso en algo relacionado con el sexo. Lo mismo para un trabajo para el ballet del San Martín.…El sexo y la soledad son temas que interesan. Acá en Argentina hay una obsesión pajera, medio pecaminosa sobre el tema, sobre todo por cómo aparece tratado en la televisión. Entonces cuando estaba trabajando con esta obra me pregunté bastante qué significaba meterme con eso. Por ahí hay algo de eso en La idea fija y yo no lo veo… Originalmente, tenía la intención de hacer una obra más oscura, más densa, como es toda la primera parte, de hecho. Pero después apareció la idea de que todo eso se vaya degradando paulatinamente, que lo que era serio se ponga más trash, más trivial, justamente por la dificultad que supuso para mí mantener todo el tiempo esa oscuridad inicial. 

—¿Vas al teatro? ¿Qué obras te gustaron últimamente?

—Menos de lo que debería… Me gustaron mucho Amar, de Alejandro Catalán, Estado de ira, de Ciro Zorzoli, y Paraná Porá, de Maruja Bustamente, que me pareció súper arriesgada, con un código de actuación muy original, en un mundo muy raro y con un lenguaje particular. Voy más  a ver teatro que danza. Es raro, pero es así.

—¿La política es completamente desvinculada de la danza?

 —No, en absoluto. Hay una preocupación muy fuerte por el cuerpo como algo afectado por el entorno. Y muchas veces eso aparece de manera explícita. Yo, por mi parte, no estoy tan seguro de cuándo aparece de verdad lo político en un trabajo. Si es muy literal, no me gusta. No es una preocupación ex profeso en mi obra, pero creo que en cierto modo las condiciones de producción con las que trabajamos convierten a nuestro laburo en algo político, incluso quijotesco.    

Por Alejandro Lingenti

Fotografía: Guadalupe Gaona


 
     
 
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