| |
De lo que sea, porque, finalmente, estudiar a la noche es un mérito por el solo hecho de estar ahí a las siete y cuarto, a las diez, en pleno Microcentro, metido en un aula de tres por dos, con un proyector que funciona mal, intentando mantener la concentración y dejar de pensar si el original que mandaste del folleto verde va a salir verde de la imprenta o no.
Porque uno camina por San Martín para tomarse el colectivo de vuelta a su casa a las nueve de la noche y puede pensar que está en Río de Janeiro, o en Lima, y mirá si Marte también es así, las baldosas de la vereda son blancas, en esa esquina no hay semáforo, sólo un silencio incómodo que te da inseguridad. Difícil relacionar el lugar con lo que tres horas atrás era el caos.
Siguiendo por San Martín hay edificios donde probablemente viva gente que va en contra del tráfico y por eso es más feliz. A mitad de cuadra, en un piso dos, abajo de unas chicas del interior que están por cenar, y arriba de una oficina que se fue a dormir, hay cuatro aulas grises con forma de caja de zapatos, olor a caja de zapatos, y un cartel diseñado pero apagado que indica que ese es el lugar si querés aprender ciertas cosas. Adentro hay personas que salieron de su trabajo un rato antes y se sentaron a las siete en punto en un pupitre incómodo no apto para zurdos a esperar que llegue el profesor que dijo que llegaría a esa hora, pero mintió.
Entonces esperan, porque no les queda otra y, para matar el tiempo que en realidad no le sobra a nadie en estos días, dibujan en sus cuadernos todavía blancos el nombre del curso con letras gordas. Algunos las pintan, otros decoran toda la hoja con diseños exóticos y complejos, dignos de su profesión, porque si no no da; diseñadores con tiempo libre, un lápiz y un papel, como mínimo, tienen que hacer algo creativo. Pura ética profesional. Nadie se mira, nadie se conoce, nadie tiene ganas de hablar, a esa hora nadie nunca tiene ganas de hablar. Pero ellos están ahí, algunos porque quieren, otros porque los mandaron, inmersos en su encuentro con el cuaderno virgen y el nombre del curso rayado.
Cuando llega el profesor apaga la luz que si no el proyector no proyecta, y una mujer de treinta años, anteojos gruesos y borcegos rojos se enoja, porque encima que lo tuvo que esperar, que se tomó un taxi porque a la tarde es imposible llegar a horario en colectivo si vas desde San Telmo a Microcentro, que se bancó veinte minutos mirando la hoja de su cuaderno para no tener que hablar con cualquiera de los freaks que la rodean, porque todos los demás son freaks, menos ella que está ahí porque necesita aprender a usar ese programa así puede agarrar más trabajos freelance, así puede pagar el alquiler y las expensas al mismo tiempo; ahora tiene que dejar en pausa el diseño súper artístico que más tarde piensa subir a su Tumblr.
Pero el profesor la sorprende porque es gracioso y abre con un comentario feliz que le saca una sonrisa, entonces va a escuchar la lección número uno con menos músculos de la cara en tensión. El profesor cuenta cómo se llama y qué hace de su vida, que es lo mismo que decir de qué trabaja, porque todo lo demás no importa, si tiene familia, si se mira al espejo y trata de ser un poco menos el centro del mundo, si paga sus impuestos o va a visitar a la abuela. A la pregunta qué hacés de tu vida podríamos agregarle: en horario laboral, porque hay gente que en horario laboral no labura. Pero el profesor asegura ser el co-ideador del programa que está por enseñar, que es como decir soy dios para ustedes; y pregunta a cada alumno a qué se dedica, por qué vino a ese curso, y qué es lo que espera de él.
La chica de anteojos vuelve a tensar su cara, la pregunta sobre las expectativas, ¿no es cosa de retiro espiritual? Sin embargo el profesor la mira y le dice que arranque nomás. Entonces improvisa, no quiere decir nada de los frilos, dice que la manda el trabajo para perfeccionar sus animaciones. Pasa al siguiente y todos escuchan que la mayoría está para poder hacer más frilos (la chica de anteojos se enoja de su evasión popular); otros están porque el trabajo los manda; una mujer más joven quiere aprender el programa por hobbie, evento que despierta el mayor interés en el profesor: es cuando se hacen las cosas por placer que mejor salen, dice. El profesor es un maximista. Pasan las diapositivas, las instrucciones y los ejemplos soberbios de quien dirige el curso, que encuentra cualquier oportunidad para acariciar su ego.
Afuera está más oscuro y cada vez menos gente abandona el centro de la ciudad en busca de sus vidas reales. Desde la calle no se ve nada, la escuela no parece una escuela, los edificios alrededor están tristes. Solos. En la esquina se juntan cartoneros que no dan abasto con tanto desperdicio de papel. Todavía gozan de lo poco Eco que es Buenos Aires, saben que falta para que esa moda los deje sin trabajo otra vez. Todo llega tarde al sur, y para muchos eso es algo bueno.
Dominique Schilling
|
|