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POR UN MES, LA INDUSTRIA DE CINE PORTEÑA SE ESCAPA DE SU NARCISISMO Y OFRECE CUATRO PELICULAS CUYOS DIRECTORES RODARON AFUERA DE BUENOS AIRES. PLANOS VIRTUOSOS, ESCENAS MEMORABLES Y UN FINAL PARA EL BRINDIS EN ESTE CUARTETO OUTSIDER.

Noviembre es ese mes del año cuando el cine nacional abandona la centralización porteña que lo caracteriza y viaja a la costa para bañarse unos días en el 26° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Y, ya que estamos en un plan cinéfilo más federal, este mes llegan a la cartelera de nuestra amada ciudad varias grandes películas argentinas que se alejan del acostumbradísimo ámbito porteño.
Antes del estreno no tiene un viaje tan largo. La película se encierra en un único espacio, en una casona de Escobar, que es ni más ni menos que el hogar de Santiago Giralt, director del film.
Después de su debut en solitario de la coral Toda la gente sola, Giralt se recluye en su casa con Nahuel Mutti, Erica Rivas y la hija de la actriz, la pequeña Miranda de la Serna, para una producción más modesta pero mucho más vistosa, repleta de planos virtuosos.
Giralt, también codirector de la premiada UPA! y de Las hermanas L, se luce con esta versión libre de Noche de estreno, aquella gran película maldita de John Cassavetes con una enorme Gena Rowlands. Con las tensiones propias de una familia de artistas en un momento clave (ella, a punto de estrenar; él, en medio de una crisis creativa), Giralt demuestra, ya desde ese larguísimo e impactante plano inicial dentro de un auto, que es uno de los cineastas contemporáneos con más inquietudes y talento audiovisual (especial atención a la banda sonora diseñada por el grandioso Leo Ramella).



Paula Hernández se aleja un poco más de nuestra ciudad. La directora de Herencia y Lluvia lleva Un amor a Victoria, Entre Ríos, donde Luis Ziembrowski, Diego Peretti y Elena Roger reconstruyen, tres décadas después, un adolescente triángulo amoroso. La cineasta consigue el tono justo a la hora de narrar, por duplicado, la violenta irrupción del amor en un tiempo y un lugar donde no pasa nada.
Llama la atención en Un amor cómo esos tres actores adolescentes –el “mini Peretti”, Alan Daicz, el “Ziembrowski con rulos”, Agustín Pardella y la “pequeña Roger”, Denise Groesman– se hacen cargo de buena parte del relato sin que se extrañe a los protagonistas, más allá de la buscada familiaridad de los rostros y gestos. Esta adaptación del cuento de Sergio Bizzio confirma a Hernández como una cineasta con una sensibilidad inusual para hablar de aquellos momentos del pasado que marcan las vidas de sus protagonistas.
Rosendo Ruiz deja clarísimo de entrada que De caravana es mucho más cordobesa que el ítaloamericano fernecola. El cineasta introduce su historia con un debutante de los bailes de Carlos La Mona Jiménez en una de las escenas más memorables del cine argentino de los últimos años.
Después de ese comienzo eufórico, Ruiz lleva adelante con un ritmo fiestero esta nocturna historia de un amorío problemático, marcado por las diferencias sociales, que sirve para que el protagonista se sumerja en un universo delictivo y se muestre una Córdoba tan oscura como noctámbula. Todo hace pensar que De caravana es sólo el comienzo de lo que aparenta ser una muy festejada carrera de Rosendo Ruiz.
El viaje de Pablo Giorgelli es mucho más largo. Podría comenzar con su estreno mundial en el último Festival de Cannes, donde Las acacias le valió al cineasta la Cámara de Oro en la primera escala de su premiado camino, pero esta ópera prima comienza en Paraguay, donde un camionero tiene que llevar a una extraña y su hija hasta el conurbano bonaerense (está clarísimo que la ciudad está fuera de los márgenes de los estrenos del mes).
La película crece a medida que se profundiza ese vínculo entre el huraño camionero y las mujeres, en una relación donde resuenan con mucha más fuerza los ruidos del motor del camión que las palabras. En el destino final de la película aguarda, tal vez, su momento más bello y feliz cuando una casa en el Oeste del Gran Buenos Aires parece mutar en una versión guaraní de esos fititos de circo desde los que salen un sinfín de personas. Ese final de Las acacias justifica un brindis, más allá de la cantidad de premios que cosechó y sigue cosechando Giorgelli y de haber fundado, junto a su productor y también cineasta, el bar porteño The Clover.
Lejos de tomarse vacaciones en La Feliz, la cartelera porteña disfrutará este mes de unos cuantos representantes valiosos que reflejan la variedad que ofrece el último cine nacional.

Nazareno Brega


 

 
     
 
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