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Caballos de fuerza

 
 
     

 



UN ESPECTACULO DE BELLEZA Y DINERO QUE GIRA EN TORNO A QUINCE ANIMALES DE RAZA QUE CORREN HACIA UNA META. LLEGAS PASO UN DIA EN EL HIPODROMO DE PALERMO Y SE TRAJO HISTORIAS SOBRE ESPECULACION, YEGUAS Y VICIO.

En el centro de la pista, enterrado, un mástil sostiene el flameo descontrolado de una bandera argentina. A su alrededor, un óvalo de tierra gigante se extiende hasta marcar los límites del recorrido; de esta manera hay dos curvas bien abiertas, y dos rectas que cierran una figura especialmente diseñada para la competición. Del Coliseo Romano para acá, todavía no se encontró una geometría más apta para permitir desplazamientos infinitos en un espacio finito: el círculo también puede ser una metáfora del movimiento. Los jinetes lo saben y el caballo, arrojado a la mecánica del músculo, se lanza enceguecido hacia ninguna parte. Los altoparlantes expulsan la voz del locutor, un relato monocorde que trata de capturar la inminencia del galope, el instante continuo hasta la meta. En el Hipódromo de Palermo se juegan una, dos y hasta tres carreras por semana; y desde una escalinata que es puro sol y no tiene precio de entrada, se pueden ver varias al hilo y tratar de acertar todo, la plata que quieras, a ganador.
Alta competencia

Las estrellas son los caballos. A diferencia de otros deportes de competencia, donde los jugadores también se desplazan a través del espacio, corriendo en contra del tiempo, intentado ser los primeros en cruzar la línea imaginaria que separa vencedores y vencidos, en el turf la mayor atención no es para las máquinas ni los hombres; los verdaderos protagonistas son las potrancas y los potrillos. Aquí el jockey es un instrumento de su velocidad, alguien que administra la potencia imaginaria de un animal que, en el fondo, no sabe bien porque esta allí, arrancando pedazos de barro seco en cada estampida. En otros deportes quizás se hace, con el humano, una operación de suplantación de identidad similar a la del turf. Pero los boxeadores, los jugadores de fútbol y los pilotos de carrera todavía pueden emplear el lenguaje de los hombres para dar cuenta de su condición. Quizás el caballo sea, junto con el mono, el más humano de los animales.
En el mundo del turf, a la hora de apostar se contemplan una larga serie de variables que intersectan al animal con una multitud de condiciones que el caballo ignora, pero participa como un esclavo de lo que han puesto en él. A su modo, el hipódromo repone la idea de los más aptos: los mejores caballos vienen de las mejores familias. Lo de “pura sangre”- léase de buen pedigreé - no es una figuración que viene a llenar la melancolía de una clase, más bien se trata de una tecnificación de las posibilidades de obtener un acierto asegurado, o la tendencia a disfrutar de la predicción que se cumple. Sin embargo, no deja de ser azar; el riesgo, el juego y el goce empujan a los espectadores a gritar cosas gravísimas.

El nombre de un campeón

TE OLVIDÉ corre a las cuatro y media de la tarde y las apuestas la favorecen, pero ni su victoria ni su derrota son seguras: las otras 16 potrancas que compiten contra ella se las traen: GENEROSA SOY, COMO ARAÑA CAT, VALQUIRIA, BATTY DIVINA, ISIS LOVE, MALINCHA, GRINGA VIOLENTA, ANGIE STAR, BOMBITA MELENUDA, LUCKY IN LOVE, entre otras, amenazan su favoritismo. Hija de HENESSY y TEOLOGA, padre y madre respectivamente, TE OLVIDÉ es jineteada por el jockey M. Marrades y obtiene el primer lugar. Un grupo de espectadores estallan como gritando un gol. Todo un sistema de datos, cifras, árboles genealógicos, herencia genéticas, destinados a desterrar al azar no hacen más que provocar un reducción abstracta de algo inevitable.
La apuesta por el pingo en cuestión nace en un leguaje altamente tecnificado en donde la estadística el pasado relativo de la especie y la genealogía que lo precede  determinan el valor de la apuesta y la posibilidad remota de que sucedan cosas increíbles. Es un caballo víctima, o un caballo tan libre como sus propios dueños. En la rigidez muscular de su cuerpo y el brillo acerado de la piel se perciben un trato y una adoración casi sagrada por una idea de perfección que el juego de apuestas siempre traiciona.


Apuntes para la burrocracia

El hipódromo es una gran empresa deportiva que factura millones de pesos al año. LINGOTE DE ORO, gran luchador de la pista seca, se prepara para largar en la quinta carrera, el Gran Premio Comparación. Muchos aficionados han llegado para ver su actuación. Por ser favorito, LINGOTE paga mucho menos que sus contrincantes, la probabilidad y la estadística arrojan un promedio de lo posible, una imagen de lo que todavía no es pero parece que sí.  No todos ganan. El juego de apuestas imita a la especulación bursátil (¿o es al revés?).  Una larga fila bancaria se forma tras las ventanillas en donde se hacen y cobran las apuestas. Cada media hora,  con  la llegada de una nueva carrera, la hilera de apostadores se vuelve a estirar marcando el ritmo del lugar y la tarde.
De vez en cuando, alguna de las camareras del restaurant del último piso sale de su encierro olímpico y baja largas escalinatas repletas de apostadores grises y taciturnos. En el hipódromo, el único cuerpo que puede competir con el del caballo es el suyo, y una pollera roja, cortísima, decora la suavidad de un movimiento que, como el del caballo, fue calculado previamente por los patrones. Los apostadores más experimentados, esos que buscan rincones con sombra, ni miran. Las empleadas del hipódromo, en general, son lindas; hay un acuerdo tácito entre la belleza del cuerpo del caballo, o yegua, y toda la arquitectura de cuerpos y objetos que lo rodean. Se persigue una congruencia: es la fiesta de la estética y la tonificación muscular. A su lado se ven un poco tristes esos viejos jugadores que un lunes por la tarde pasean joggins gastados en la tribuna pública del hipódromo, con sus cigarrillos negros colgando del labio y la mirada enterrada en el horizonte. Con el programa de carreras enrollado a la fuerza en una mano y el boleto de la apuesta extendido en la otra, cientos de tacheros insultan a un potrillo que no cumplió con su promesa. Se trata de GOLPE TOSS,  y Juan Nievas, su criador, estalla en un grito que deja a media bandeja del estadio en silencio. Es un caballo altamente humano, ese que corren con un número pegado a la piel y un jinete pequeño sobre su lomo que va agitándolo a seguir.
El visitante casual encuentra un límite al recorrido. Unas vallas blancas nos separan del acceso a un sector exclusivo, destinado a los socios de HAPSA (Hipodromo Argentino de Palermo Sociedad Anónima), lo que implica elegante sport, o cierta conexión con el mundillo del turf. Para los más viciosos, este hipódromo ofrece un sistema de autoexclusión, lo que implica solicitar en el stand de atención al cliente que le sea denegada la entrada al lugar “por el tiempo que usted requiera”, según reza el folleto sobre Juego Responsable. Si sos de los otros, y te aburren los caballos , a pocos metros de la pista hay una puerta que lleva directo a una sala oscurísima llena de máquinas tragamonedas, pero ese es otro  tipo de pillaje.

Ignacio Navarro

 



 
     
 
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