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CON LA ESTRELLA DE MADERA, DE MARCEL SCWOB, PLANTA EDITORA INAUGURA SU COLECCIÓN JUVENIL. ILUSTRADO POR ALFREDO PRIOR, ESTE DELICIOSO LIBRO DEL AUTOR FRANCÉS ANTICIPA LAS CRIATURAS TRISTES PERO ADORABLES DE TIM BURTON Y PROPONE QUE LA LECTURA SEA UNA EXPERIENCIA INTENSA.

La estrella de madera subyuga. Marcel Schwob podría ser el abuelo francés de Tim Burton. Un escritor de culto de fin de siglo XIX y un cineasta icono del siglo XX unidos por sus criaturas tristes, pero queribles desde la falla. Una forma posmoderna de intentar explicar esta parábola poética escrita en la última etapa de su vida por uno de los orfebres más sutiles que tuvo y tendrá el lenguaje.
Alain, un niño que vive en un bosque, descubre las estrellas y entonces quiere la suya propia. La sale a buscar, la encuentra y, sólo como Dios puede, logra encenderla. Ese es su final feliz, pero también un fuego que lo consume. Entre las manos y frente a los ojos, un cuento de chicos para adultos y también un cuento de adultos para chicos. Arquitecturas sonoras repletas de imágenes. Un texto que invita sigilosa, pero rotundamente, a poner en acción la materia gris.
Schwob tiene una historia de malquerido digna de uno de sus protagonistas tantas veces orilleros. El joven Marcel creció en una familia de rabinos, médicos y eruditos y hablaba griego, latín y hasta sánscrito. Cambió los juegos en las plazas por visitas a los Archivos Nacionales de Francia y, condenado a la literatura, publicó por primera vez un artículo en un diario a los 11 años. Con el fanatismo de los 15, cayó rendido a los pies de François Villon, Shakespeare y Stevenson.
A los 23 se enamoró de una puta, Louise, que murió de tisis después de un largo padecimiento. Esta experiencia marcó a nuestro héroe desgarrado y, con su corazón en llamas, escribió El libro de Monelle (1894). Schwob viajó por Oriente junto a su fiel criado chino buscando ese mundo mítico con el que nutrió su extraña literatura, pero se ganó el pan duramente con el periodismo y la traducción. Su siguiente gran amor fue la actriz Marguerite Moreno, pero esta vez se enfermó él, en 1895, y nunca se recuperó. 
El 26 de febrero de 1905, a los 37 años, el autor de La cruzada de los niños (1896) se murió en su departamento de París. Siempre joven, siempre triste. Guillaume Apollinaire dijo que en sus días finales, Schwob era como un “Napoleón derrotado al fondo de una vasta y oscura habitación en la que no se advertía ningún detalle luminoso”. Y después, en vez de consagrarse como un mito, ser un Kurt Cobain del siglo XIX, el amor lo siguió esquivando.
Durante mucho tiempo, en Francia y en toda Europa se habló poco y nada de Schwob. Para los lectores era un desconocido y los académicos lo consideraban apenas una figura menor entre los decadentes y simbolistas. ¿Quién?: Je ne sais pas. Pero algo hizo mella en Hispanoamérica y algunos le rindieron pleitesía hasta rescatarlo del olvido.
Lista de admiradores confesos de Schwob: en México, Julio Torri y Juan José Arreola; en Chile, Pablo Neruda y en España, Enrique Vila-Matas y Javier Marías. El presidente del club de fans, sin duda, fue Borges, que en 1984 escribió en el prólogo de Vidas imaginarias (1896) que ese libro había sido el punto de partida para toda su narrativa. Jamás best seller, la obra del secreto mejor guardado de la literatura avanza siglo tras siglo despacito, pero con paso seguro.
Del francés al español hay un camino largo y Víctor Goldstein (que tradujo desde Antonin Artaud hasta Boris Vian, pasando por Marcel Proust y Gustave Flaubert), preserva en esta versión de La estrella de madera no sólo lo literal sino también lo sonoro que ayuda al lector a emprender el viaje que Schwob propone. Afredo Prior es un artista plástico y poeta que integra la banda de música Súper Siempre y ahora expone 20.000 leguas de blues submarino en la Galería Vasari. Sus ilustraciones le dan al libro la atmósfera justa. ¿Oscura? ¿Intensa? No alcanza, pero va por ahí. 
Un gran combo que hizo Planta Editora para lanzar su colección juvenil, Recién ahora…, después de haber apostado fuerte en infantil con Las siete puertas, de Sara Gallardo, o El contador de cuentos, de Saki.  Proponerle lecturas a un adolescente ya es arriesgado per se y que ésta sea de tamaña intensidad, con tremendo poder de revelación, ya es pura hidalguía. Se lo celebra leyendo.

Daniela Pasik

 
     
     
 
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