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ESTA ES LA VOZ DE LOS MARCIANOS


Piro  y los osos hormigueros


   
     

 



Hace muchos años me gustaba la compañía de la radio. Tenía un puesto de artesanías en el Parque Centenario y los días de semana me la pasaba en el taller trabajando y escuchando la genial Radio Bangkock. Es una costumbre que ahora perdí.
Por las noches, a veces, también picoteaba el dial. Recuerdo una madrugada en la que enganché a tres poetas hablando de sus textos. Me quedé escuchando ese programa porque me llamó la atención que entrevistaran a tres poetas jóvenes. Uno de ellos –el nombre de los otros dos no lo pude retener nunca, al igual que el nombre del programa– dijo: “Yo quiero escribir como Francis Ponge”.
El tipo se llamaba Guillermo Piro. Me llamó la atención que no se le moviera un pelo a la hora de reafirmar quién era su influencia. Desautorizando a Harold Bloom, el tipo no sufría ninguna angustia, ninguna presión por el dominio de Ponge, el poeta fuerte. Y no sólo eso, sino que su declaración formaba todo un programa posmoderno a la hora de escribir poesía.
No vale la pena buscar ser original, ya nadie puede serlo, lo esencial es querer escribir. Algo que también afirmó Martín Heidegguer cuando dijo que “querer” ya es ser original. Bien, salí a buscar los libros de Guillermo Piro. Encontré tres: la Golosina caníbal, Las nubes (mucho antes que la novela de Saer) y Estudio de manos. Y sí, el tipo era mimético con Ponge, como si fuera un extraño Pierre Menard, salvo que había algo que escapaba al poder del escritor de De parte de las cosas.
En Piro era el ojo –la golosina caníbal– lo que ocupaba el centro de sus preocupaciones. ¿Qué puede captar un ojo? ¿Ser ciego es como mirar con los ojos cerrados? ¿O ser ciego es como mirar con las manos? Los tres libros seguían un camino particular dentro de la poesía argentina. Piro se mimetizaba con Ponge pero en sus poemas latía el riesgo de semejante operación.
Hoy sabemos que los osos hormigueros se comen tanto a los insectos que se mimetizaron para esconderse como a los que no. Moraleja: la literatura no sirve para nada o sirve para todo.
Celeste y Blanca es la segunda novela de Guillermo Piro. En ella se narra la historia de dos princesas –Blanca y Celeste– y sobre lo que les ocurrió al encontrarse en sus vidas con el Príncipe Mamerto. El narrador, que lleva adelante la “trama” es un maestro de la digresión. Acá otra vez Piro se topa con otro grande, ya que la novelita podría caer tranquilamente –si no la escribiera Piro– dentro del span airano. Es decir, sería devorada por ese inmenso agujero negro que es la obra del escritor de Pringles.
¿Cómo lucha Piro contra ese polo destructor? Como lo hizo con Francis Ponge antes, jugándole de cerca, mostrándole las cartas pero apostando de manera desmesurada. La novela contagia el placer por narrar, la idea democrática de que todos tenemos muchas historias y que sólo basta poner manos a la obra para empezar a narrar las mil y una noches, mientras Caronte espera por nosotros sacándole filo a los remos. ¿No son nuestros destinos, mientras el universo marcha hacia su inexorable entropía, una digresión infinitesimal? Piro, también, ha sido un gran lector, en el sentido productivo de esta palabra. No porque leyó antes –eso es una estupidez– sino porque leyó y transmitió esa certeza. Así ha escrito sobre Rodolfo Wilcock –a quien también tradujo– y enarboló en su momento la bandera Celiniana, rastros de esto se encuentra cuando el narrador de Celeste y Blanca habla del Rey Alfredo y lo describe como: “Un hombre sin ninguna experiencia colectiva, exactamente un individuo”, parafraseando el comienzo de La Iglesia, una obra de teatro del gran escritor francés.
Ojalá esta novela extravagante y lúdica impulse en los nuevos lectores la relectura de la obra poética anterior de Guillermo Piro, ojalá encuentre editores que reediten toda su poesía, hoy inhallable. 

FABIAN CASAS



 
     
 
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