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la licuadora ideológica


   
     

 


 

EL MAYOR ARTISTA DEL POP DESEMBARCA EN EL MALBA EN UNA MUESTRA COLOSAL, DONDE ADEMAS DE DAR A CONOCER OBRAS INEDITAS, SE PONE EN JUEGO ESA PARTICULAR TENSION QUE PRODUCE WARHOL: ¿CELEBRACION DE LA FRIVOLIDAD O CRITICA A LA SOCIEDAD DE CONSUMO? ADEMAS, UNA  ENTREVISTA A PHILIP LARRAT-SMITH, CURADOR DE LA EXPOSICION.

¿Qué hubiera dicho Andy Warhol al ver el destacado lugar que tienen los auspiciantes en el catálogo de la muestra Mr. América, inaugurada el 23 de octubre pasado en el Malba, que incluye a un importante banco de capitales norteamericano y un portal de noticias económicas del país del norte? Seguramente nada, o incluso: se hubiera reído. Como lo recuerda la evocación de Thomas Sokolowski, director del Museo Andy Warhol de Pittsburgh (ciudad natal del genio pop), el día de la inauguración de la muestra: cierta vez en la que Warhol se encontraba en medio de un vacío creativo, alguien le sugirió que pintara lo que más le gustara: Andy pintó dinero.
Y sin embargo resulta difícil imaginar los efectos que el perfume corporativo tendría en un artista cuya obra, pese a las manifestaciones iconográficas más evidentes (como el retrato de distintas celebrities y la representación de objetos de consumo masivo), puede inscribirse tanto en el campo de una crítica a la sociedad de consumo, como en el de una celebración tilinga de una vida arty y ostentosa, fiel reflejo del título de esa canción escrita por Marc Bolan en 1971, cuando al frente de T-Rex sintetizó el clima de aquella época en sintonía con la ambigüedad (o libertad, según se vea) de la obra del hombre de pelo platinado: “La vida es un gas”.
Que una mayoría de artículos producidos por la prensa local, haciéndose eco del comunicado oficial producido por la Fundación Constantini, rescaten como dato sobresaliente de la muestra que ésta sea “una de las inversiones más importantes desde que el museo abrió sus puertas en 2001”, no parece ser  más que un signo de que los valores comerciales, en tanto índices cuantitativos, parecen haberse impuesto de una manera menos irónica que la promulgada por Warhol, quien de algún modo parecía defender, antes que el dinero, la posibilidad de reírse de él.

Sueño americano y después

“Tiene esa cosa fashion que está buenísima”, se escucha decir a una mujer en sus jóvenes (y bien llevados) 40 años, mientras contempla un cuadro plateado en el que se puede observar, tras la pintura difuminada, la figura de un suicida cayendo al vacío. La declaración podría ser frívola o cínica en cualquier contexto menos en éste, donde la obra de Warhol parece volver a subrayar por qué el arte pop es menos una glosa de las fantasías de moda, que un poderosos mecanismo de desnaturalización de los mitos contemporáneos.
Curada por Philip Larrat-Smith, la muestra (que podrá visitarse hasta el 22 de febrero del año próximo) reúne los mejores momentos de la búsqueda que Andy Warhol emprendió, casi desde el inicio de su vida artística, tras los pasos de esa bella y poderosa entidad conocida con el nombre de “sueño americano”. De ahí el nombre de esta exhibición (Mr. America), que pretende situar a Warhol como la encarnación misma de esa combinación de fama, prosperidad económica y libertad creativa que, de un modo u otro, moldeó los sueños de millones de personas alrededor del mundo.
Porque si hay algo que queda claro después de visitar la muestra y analizar las reacciones propias y ajenas ante la variada presentación dispuesta en el Malba (que incluye pinturas, grabados, fotografías e instalaciones), es que Warhol logró captar y comunicar de una manera simple y eficiente las sensaciones que la cultura norteamericana produjo tanto en Estados Unidos como en el  resto de los países que, desde la segunda posguerra, incorporaron en el plano imaginario lo que las armas ya habían conquistado por medios menos sutiles: la supremacía propagandística del american way of life (con su consecuente despliegue técnico y la aparición de una ética de consumo convertida en sinónimo del progreso personal) frente a otros modos de vida, fundamentalmente a aquellos que fueron construidos sobre los valores del comunismo.
En 1972, Warhol terminaba su célebre Mao, y dos años antes de la caída del Muro de Berlín, en 1987, presentó en sociedad Lenin, donde el líder de la Revolución de Octubre parecía haber sido procesado no sólo bajo la luz de una nueva paleta cromática, sino por las aspas de una licuadora ideológica. Ambas obras tienen un lugar destacado en la muestra del Malba, justo en una sección donde Larrat-Smith parece haber hecho un guiño a la idiosincracia ganadera de Argentina, montándolas sobre un papel tapiz que reproduce la cara de una vaca..
En el museo también están presentes los clásicos retratos de Marilyn Monroe, Jackie Onassis, y la famosa serie de sopas Campbell. Sin embargo, no toda la exhibición es celebración desenfadada: ahí están, como contracara de la utopía, las pinturas que tematizan la pena de muerte y los conflictos raciales, donde apenas una variación en el color de las fotografías opera como una potente herramienta para despejar los velos políticos que se interponen en nuestra mirada de los acontecimientos mediáticos.
Ese espíritu parece expresarse de manera más cabal en una de las piezas más ambiciosas (y poco conocidas) que desde el mes pasado pueden verse en el Malba. Se trata de Flash (1968), donde Warhol recompone, a partir de una serie de imágenes y transcripciones de noticieros televisivos, el asesinato del presidente John. F Kennedy. A un costado del cuadro puede leerse en palabras del propio Warhol: “Su muerte no me afectó demasiado. Lo que me molestaba era que en la TV y la radio programaban a todo el mundo para que se sintieran muy tristes”.

 

Alfredo Jaramillo

 

“Warhol hizo arte para la gente común”

Philip Larrat-Smith tiene 30 años. Estudió en Harvard y se pasó una larga temporada en Pittsburgh seleccionando las obras que terminaron por conformar la muestra Mr. America. Afirma que Barack Obama es el último fenómeno warholista (“un presidente joven y canchero que escucha Jay-Z”) y que Andy Warhol fue, a fin de cuentas, un artista popular.
“Él era un proletario. Pero a la misma vez, parecía identificarse con los ricos y con la élite. Se inspiró para vivir como ellos. Al mismo tiempo creo que él, al hacerlo, reveló cuán proletario era. Porque la clase media tiene mucho enojo contra los ricos, pero a la clase trabajadora le gustaría formar parte de ellos. Su visión del mundo era muy darwiniana, creía en supervivencia del más fuerte. Así que desde ese difícil punto de vista, no tenés que necesariamente atender todas estas reglas, al menos las reglas que los artistas suelen observar. Es por eso que un montón de gente piensa que él era un desvergonzado o un snob, pero yo no creo que eso sea muy cierto”.
- ¿Cómo fue la recepción de la obra de Andy Warhol entre las clases populares de Estados Unidos?
- Las personas comunes entendieron el trabajo de Warhol de una manera en la que no necesariamente entendieron, por ejemplo, a Jackson Pollock. Ellos saben que es importante, saben que es arte. Miran las pinturas y dicen: “Qué lindas”, “Qué lindos colores tienen”, y saben que creó una técnica y les gusta. Así que Warhol realmente hizo arte para la gente común. Puede ser accesible para alguien que no es un especialista.


 
     
 
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