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TEATRO
por Lucho Bordegaray.
 
 
¡y por muchos años más!


 
 


LUCHO BORDEGARAY CONVERSO CON MANUEL SANTOS IÑURRIETA, QUIEN REPASA LOS DIEZ AÑOS DEL BACHÍN. CUATRO ARTISTAS, SIETE OBRAS Y UNA IMPRONTA QUE ES SELLO Y COMPROMISO: HACER TEATRO EXPONIENDO LAS PROPIAS CONVICCIONES.

Parque Patricios. Zavaleta 74. El Bachín Teatro. Por ahora, espacio de ensayos y entrenamiento. En el futuro, una sala teatral con fuerte llegada a y de los vecinos, con un buen ciclo de sainetes para empezar. Por ahora, eso es sueño, pero sucederá, porque esta gente no sólo sueña lindo: también sueña fuerte, tan fuerte que aun despierta sigue soñando.

El Bachín está formado por Carolina Guevara, Julieta Grinspan, Marcos Peruyero y Manuel Santos Iñurrieta. Sueñan fuerte desde que ensayaban en la terraza de la pensión donde vivieron juntos, cuando comenzaban a hacerse preguntas buscando una estética que les permitiera expresar sin solemnidad ni escamoteos su contexto social, ese que empujó a su propia generación al destierro vía Ezeiza o a la lucha desigual en Plaza de Mayo.

El reciente reestreno (los sábados a las 23, en el C. C. Cooperación, Av. Corrientes 1543) de Teruel y la continuidad del sueño –una pequeña y luminosa epopeya que hermana las luchas populares en su relato– nos brinda la excusa para conversar con Manuel Santos.

Nacido en 1977, en Mar del Plata, donde inició su formación actoral. Con 21 años llegó a Buenos Aires para estudiar dirección, pero no le reconocieron las equivalencias. Ingresó en la carrera de actuación para seguir estudiando pero, por sobre todo, para vincularse con pares. Así se encontró con quienes hasta hoy forman ese peculiar equipo, entonces también integrado por Gonzalo Alfonsín, quien participó de las dos primeras puestas.

–Nos pusimos a trabajar en un espectáculo, aunque no sabíamos por dónde empezar. Yo tenía experiencias en escritura, pero no más. Así surgieron El apoteótico final organizado en 2001 y Siberia en 2002. Las estrenamos en Liberarte, y en 2003 nos invitaron al Centro Cultural de la Cooperación, donde actualmente soy el responsable del área teatro. Empezamos a ir a festivales y también a cualquier lugar de donde surgía una propuesta, metiéndonos en antros increíbles donde nadie te daba pelota o todos estaban demasiado emocionados…

En 2004 estrenaron Charly, “un espectáculo que hicimos con la decisión de generar preguntas y plantear indicios de algunas certezas: los acontecimientos se suceden así y los presentamos, pero también estamos opinando. Estuvo en cartel cinco meses tras un año de ensayos. Eso nos hizo discutir mucho qué lugar le dábamos al público, porque estábamos pensando en nuestra teatralidad pero no habíamos pensado ciertamente si íbamos a producir un diálogo y anclar el discurso de nuestra obra con un sujerto de carne y hueso. Porque no somos solo nosotros, hay que pensar al otro, y me parece que eso fue central. Por eso, después hicimos varias funciones de Lucientes (2005) en medio de un barrio en construcción del Movimiento Territorial de Liberación. Fue raro y emocionante. La gente entendía todo, así que nos guardamos toda la tilinguería de la universidad. Y además participaba, tomaba partido por los personajes, se escuchaban cuchicheos y hasta consejos a los personajes. Estuvo bueno, sobre todo para pensar la identificación con eso que estábamos mostrando, porque esas personas hacían una lectura propia”.

Luego tuvieron su primer estudio propio, un garage alquilado en Luis Sáenz Peña y Humberto Iº, y así siguieron la temporada de La comedia mecánica (2007), abrieron los primeros talleres, se mudaron a Zavaleta y estrenaron Crónicas de un comediante (2008) y Teruel.

Dicho así, parece nada. Pero el grupo El Bachín viene haciendo un profundo trabajo y, aunque no pretenda hacer escuela, llama la atención en el seno de la –inexistente– comunidad teatral. Ya es ejemplar que sea un grupo de teatro, pues Buenos Aires, tan prolífica en producción teatral, es tierra árida para el crecimiento de grupos estables, que son contados.

Y esa permanencia la han puesto al servicio de profundizar las posibilidades del teatro como potenciador, educador, movilizador. Su sola presencia en la avenida Corrientes parece ya querer decir algo, frente al oficial y cada vez más aburrido Teatro San Martín, a metros de las propuestas más frívolas y de las más pretensiosas del teatro comercial, e incluso apenas separados por unas plantas de la librería del C.C.C., atiborrada de libros teatrales que no dan más que situaciones para entretener a una clase media y media alta que se cree mejor yendo a ver cualquier cosa al teatro que viendo a Tinelli, aunque íntimamente le resulte indistinto.
¡Por muchos años más!

LUCHO BORDEGARAY



 
     
 
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