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EN EL CORAZÓN DE ALMAGRO EXISTE LA EVIDENCIA DE QUE BUENOS AIRES SIGUE SIENDO TIERRA DE COMPADRITOS Y MILONGAS A CAPELLA. LEJOS DEL BRILLO DEL TURISMO, EL CONVENTILLO DE TEODORO MANTIENE EL ACENTO PARROQUIAL ENTRE COPAS Y CANTORES.
A medida que uno se adentra en el barrio de Almagro, la iluminación pública, exceptuando las avenidas, va mermando su presencia. Este hecho puede ser comprobado únicamente de noche, en el horario en que los negocios bajan sus cortinas y retorna la vida nocturna, con la que el barrio siempre se llevó mejor.
En Almagro resurge la noche con una impronta sincrónica. Allí revive el tango sin folletería, ese que se despliega en la penumbra, y en un cúmulo de manzanas se respira el pasado aún latente, mientras los amantes del género se sienten a salvo del olvido. Por esas calles Osvaldo Pugliese soñó La Casa del Tango, y el todavía infante Carlos Gardel ya se animaba a soltar su voz.
La atmósfera tanguera llega hasta el límite este del barrio, en la esquina de Valentín Gómez y Sánchez de Bustamante, donde se erige el nuevo Conventillo de Teodoro. Pero el nuevo Conventillo no es nuevo ni es, exactamente, un conventillo. Es un bar, una cervecería, una tanguería cuya decoración busca representar la estética de los conventillos que abundaban en Almagro a fines del siglo XIX, ocupados principalmente por extranjeros subidos a la ola inmigratoria. Y no es nuevo, porque funcionó hasta el año pasado en Perón y Mario Bravo, a pocos metros de la plaza Almagro. Por esas cosas demasiado reales que actúan sobre lo profundo, como por ejemplo un contrato de alquiler no renovado, se mudaron a la nueva sede.
Quienes conocieron ambos locales no podrán dejar de comparar uno con otro, al menos en un principio. Pero si bien el traslado obliga modificaciones espaciales y amigarse con las nuevas paredes, reemplazar sectores anteriores con lo que ofrece lo nuevo, el corazón de lo que aquí (y allá) sucede (y sucedió) no cambia. Porque el Conventillo es un espacio de manifestación, de quienes cantan, de quienes escuchan, de quienes dialogan. Más trascendental que una mera distancia de cuatro cuadras. Y es de Teodoro por un homenaje que Gabriel Policastro, fundador del recinto, decidió hacerle a su abuelo.
Para asegurarse de que la luna ya esté instalada, sus puertas abren cerca de la medianoche. Sin embargo, llegar temprano no es una tragedia si se tiene la suerte de divisar en la esquina opuesta una parrilla sin nombre, pero con unos chinchulines de novela. Además se recomienda entrar con la panza llena, ya que las opciones de bebida –al menos por ahora– son más numerosas que las de comida.
Los asistentes van llegando, como escribió Homero Manzi, “copa a copa, pena a pena, tango a tango”, mientras en algún sector del salón se despliega una guitarra, luego otra, y por fin alguna voz de cantor, de esos que interpretan llenos de sentimiento y no dejan dudas que vivieron lo que cantan. Sin micrófonos ni amplificadores, se acomodan en un rincón y sueltan un tango atrás de otro.
Cuando la noche empieza a denominarse madrugada es el momento en que se acumula más gente y las mesas y sillas empiezan a faltar. Y hasta el final de la velada, muchas veces extendida hasta el amanecer, la música, las bebidas, las charlas y los encuentros se producen con una naturalidad que no arrastra dobles intenciones. En El Conventillo de Teodoro no hay una finalidad mercantil, sino la búsqueda de sostener un lugar donde se rescaten valores artísticos y humanos; los músicos apenas pasan la gorra y se bebe a precios moderados.
Volviendo a la definición del lugar, surge la pregunta: ¿es posible darle un rótulo que explique su identidad? Tal vez tanguería y cervecería, quizás reducto sentimental y bar anacrónico, pero tales nomenclaturas resultarían reduccionistas. Lo más conveniente es llamarlo así: Conventillo de Teodoro.
Martín D’Adamo
Fotografía: Armando Camino
el conventillo de teodoro
Valentín Gómez 3487, Almagro.
Mar. a Sáb. a partir de la medianoche.
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