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EN LAS PLAYAS DE AGNÈS, LA DIRECTORA AGNÈS VARDA –PRECURSORA DE LA NUEVA OLA– COMPONE SU AUTORRETRATO A PARTIR DE RETAZOS DE PELÍCULAS, REFLEXIONES, REPORTAJES Y FOTOS. UN FILM IMPERDIBLE DEL CICLO LES AVANT-PREMIÈRES.
En el marco de la segunda edición del ciclo Les avant-premières, que incluye doce preestrenos de cine francés, proyecciones de La rodilla de Clara (1970) en homenaje a Eric Rohmer y la visita de diversas figuras (entre ellas, Sergi López, protagonista de Ricky, de François Ozon, y Partir), una de las películas imperdibles es la última de Agnès Varda –la abuela de la Nouvelle Vague–, llamada Las playas de Agnès (2008).
En ella, Varda aparece caminando marcha atrás en la playa. Anuncia, mirando a cámara, que asumirá el rol de una viejecita charlatana que cuenta su vida. En esta primera declaración, que funciona como presentación, hay varias puntadas estratégicas de este inmenso tejido. Esta realizadora (famosa por Cleo de 5 a 7, de 1961, y Sin techo ni ley, de 1985) filma su autorretrato a los ochenta años, asumiendo todas las complejidades de su edad y del género que ha elegido. Hablar de autorretrato en cine puede resultar extraño (se habla más de historia de vida o de documental biográfico), pero el registro de su propia imagen en la pantalla y el trazo de su reflexión se vuelven tan enigmáticos y atractivos como las representaciones que han hecho de sí mismos los grandes maestros de la pintura y la fotografía.
Como ella misma lo explica, su identidad fue conformándose a partir de los demás. Entonces, se filma a sí misma, piensa en voz alta mientras yuxtapone escenas de sus películas, imágenes encontradas, dibujos, reportajes antiguos y nuevos, pruebas de cámara; sus recursos parecen inagotables. Hay imágenes de Agnès de niña, como joven fotógrafa, de precursora de la Nouvelle Vague, de compañera de Jacques Demy, de feminista “alegre pero enojada”, de productora independiente, de artista madura de vanguardia, de eterna enamorada de su familia. Así como también de muchos de sus amigos famosos: Calder, Brassai, Jane Birkin, Chris Marker, Jim Morrison, Harrison Ford. Varda parece haber vivido la más brillante de las vidas y conocer el modo más brillante de contarla. Y este encuentro de su vida con su arte es simplemente prodigioso.
La película es un ensamble que responde a su personalidad, a todas sus pasiones, a sus infinitos intereses y entusiasmos. Repleta de bruscos cortes, con variedad de encuadres, continuamente busca marcar su presencia y subrayar la artificialidad de sus operaciones. Descubrimos su trípode, vemos las caras de sus asistentes y colaboradores, hasta filma el manual de instrucciones de su camarita. De este modo, el delicado “caos” que diseña nos obliga también a pensar en el medio que rige el encuentro entre el espectador y el cine, en la naturaleza del artificio que interviene en la configuración de sentido de lo que vemos.
El decorado que organiza o unifica el retrato, como indica el título, es la playa. Este paisaje reina como presencia de una naturaleza tranquila, un escenario ascético y atemporal. En ciertos aspectos, también es como la sala de cine, un lugar que congrega multitudes y abre un espacio al juego. Pero Varda va más allá de todas las posibles metáforas: inunda literalmente las calles de su barrio con toneladas de arena y monta su oficina con todas sus secretarias en traje de baño. E incluso puebla las playas de objetos: espejos, fotos antiguas, crucifijos, trapecistas. Mientras tanto, se pregunta qué implica o produce reconstruir, o sea escenificar, su propia vida. La playa se vincula así con la fragmentación de la memoria, con el ir y venir de los recuerdos, con las imágenes más felices pero también las más tristes.
Las playas de Agnès puede leerse como un repaso por su historia personal y una declaración de amor a sus parientes y amigos, pero también funciona como una interpelación a su propia persona y al público. Es una obra que sorprende por su forma y sus anécdotas, que transmite una ternura devastadora. Ver en acción a esta mujer, con el mismo corte de pelo-taza de su juventud, paseando su silueta de señora mayor (piernas afinadas y la osamenta pesada) mientras habla, señala, se emociona, mueve la cámara y descubre detalles, es conmovedor. Varda tiene un ojo y una mente que nunca descansan. A los ochenta, sigue tejiendo y destejiendo imágenes hermosas.
Fernanda Alarcón
Ciclo Les avant-premières
Del 18 al 24 de marzo Patio Bullrich, Av. del Libertador 750. Entrada: $ 12. www.cine-frances.com
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