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zambayonny: la sombra negra del hit
   
     

 



SE HIZO FAMOSO CON CANCIONES COMO VOLVISTE MUY PUTA DE GESELL. HIZO SU PRIMERA APARICIÓN EN EL PROGRAMA TELEVISIÓN ABIERTA Y SÓLO HACE POCO ACEPTÓ SACARSE EL PASAMONTAÑAS CON EL QUE TOCABA HABITUALMENTE. DESDE BAHÍA BLANCA LLEGA LA EXPLICACIÓN AL ENIGMA: ¿QUIÉN ES ZAMBAYONNY?

Pasaron tres años desde que en la pantalla de Canal 7, en el ciclo llamado Televisión abierta, hiciera su debut el cantautor enmascarado. Era un plano medio, en el que cantaba y tocaba la guitarra con la cabeza enfundada como los luchadores de catch mexicano. Fue el cierre del programa, y durante esos minutos la letra de la canción pudo leerse subtitulada; aunque era el horario de protección al menor, las palabras no permitidas fueron transcriptas como •$%”$%@. Así fue el primer mensaje que dio Zambayonny al público y a la industria. “Yo los considero mis hermanos”, decía la letanía. Las referencias más cercanas que encontraron los cómplices: Zitarrosa, al principio, usaba sólo pitch y guitarra; el parecido con la voz del uruguayo sorprendía, y sin enunciar ya era progresista, esa sabiduría y gravedad de Leonard Cohen, y otras referencias involuntarias como Horacio Guaraní y Jorge Cafrune, más que nada por las condiciones en las que interpretaba en vivo.

Cultura popular

Zambayonny pasó toda su infancia viajando por el interior de Argentina. Vivió con su familia en Capital Federal, y también en la provincia de Buenos Aires y Neuquén. El viaje se detuvo por la mitad de los ‘80 en Bahía Blanca. Su llegada coincidió con los primeros años de una intendencia radical después de la dictadura. La prensa, igual que hoy, corría por derecha a los ideólogos del Proceso. Zamba y familia dieron sus primeros pasos en la ciudad en esa época. Siempre cuenta, con admiración y sorpresa como si se tratara de un sueño, que unos familiares cruzaban las rutas del sur manejando un Citröen y cantando los hits de la izquierda derrotada en los ‘70. Ese Citröen y ese pasacasetes eran una militancia que los hacía testigos de los efectos de ese nuevo estado de las cosas. Para la generación que creció en democracia y en Bahía Blanca, esa música de trova que fue vital para Zambayonny era una gimnasia para los hinchas de la derrota, y había que buscarla porque no tenía demasiada difusión. Se escuchaba pero no se practicaba. Salvo en los locales que manejaban los militantes de la izquierda prepatagónica.

La luz azul de la antorcha del polo petroquímico alumbró todas las búsquedas del cantautor. Fue jugador de las inferiores de Olimpo, presidente de un centro de estudiantes, profesor de ajedrez, músico de rock, narrador, guitarrero en mil fogones y animador y guionista de radio. La audiencia digital (redes sociales, Youtube, entre otras) fue la primera que lo adoptó, escuchó y difundió, y para esa época ya había grabado para su círculo íntimo casi diez discos. También, antes, por los años ‘90, imaginó un grupo de rock conceptual que hablaba de un mercado galáctico, en el que podía leerse cierto homenaje a Bomarzo, el libro de Mujica Láinez. El proyecto se llamaba Zambomba y él, en esos años, tenía otro heterónimo, JJ Baltimore.

Ya en los 2000 empezó unas grabaciones escondidas que tenían la intención mestiza de divertir a sus amigos y animar las heladas noches de sábados durante el invierno. Así nacieron varios discos que circularon entre los allegados. Las primeras tomas de Lunática, La incogible, Milanesa de pija y ese disco fundamental –todavía no conocido– que es Salita verde fueron grabados por aquellos días. Todo ese mito de música para amigos y obsesión por la escritura que hoy acompaña a Zambayonny parece escrito desde el final. El trabajo de difundir mito sobre los vacíos de la memoria fue el deporte al que se dedicó cuando colgó la camiseta de las inferiores de Olimpo. El resto era invención, trabajo silencioso después del trabajo bullicioso de medir al otro en estado de sorpresa. Cientos de canciones y cuatro novelas guardadas en espejo en tres discos rígidos. Eso es lo que puedo comparar entre lo que sé y lo que él contó en algunos reportajes y lo que los otros fueron contando en la Wikipedia.

El Sindicato del Pedazo

Hoy Zambayonny me invitó a ver un recital a La Plata. Y mientras pienso que hay algo que me gustaría escribir sobre cranear canciones en la soledad de una cocina y la reactividad del público, entra un mensaje en mi celular. Zamba está en el taxi y me espera para que lo acompañe a un show.

En el taxi vamos Zambayonny, Magda (la representante) y yo. El lugar de destino es un local con capacidad para 200 personas. No sé si es mucho o poco y no sé qué medida de carrera representa ese show. En noviembre, en la ciudad de La Plata nos recibe el perfume de los tilos y un paisaje distinto toma velocidad en la cabeza. Yo hago de plomo, y aunque nada más cargo con una guitarra y un atril, cumplo el sueño después de haber visto ese documental de Buenos Aires Rock.

Ayer fue 14 de noviembre, coincidió con la muerte del gran poeta Leónidas Lamborghini, y hoy 15 es el entierro en el Cementerio de la Chacarita. Esa noche Zambayonny toca con una camisa negra.

Cuando sube al escenario lo reciben con un aplauso estruendoso. Y él reconocerá ese gesto por el resto del show. Entre el público hay grupos de seguidores habituales; van a sus presentaciones más de una vez. Organizan, como suelen hacerlo los hinchas de los clubes de fútbol, peñas donde rinden culto colectivo a una bandera, a un club, a un símbolo; por ejemplo, veo una remera dice “Adoptame Zamba” y también me entero que hay una agrupación que se hace llamar Sindicato del Pedazo que mantiene una publicación digital con noticias para los suscritos. Todas estas construcciones que enumero –y seguro muchas más– están construidas sobre el imaginario masculino. A pesar de que la escritora María Moreno le haya adjudicado –con La incogible– la autoría de un nuevo himno feminista, a Zambayonny se lo festeja casi exclusivamente desde lo masculino. Incluso cuando la sexualidad a la que le canta sea ambigua y no tenga referencia a nada más que al morbo. Cuando canta canciones como Las horas perdidas, el público mueve la cabeza aseverando y se me ocurre algo sobre una peli que me contaron de los ‘80: la poesía exteriorista. Zamba seguro asistió a esos talleres donde se corregía cualquier poema desde el plan importado de la poesía de la Revolución Sandinista. Pero sus letras son, me atrevo a decirlo, “interioristas”. Desoye todas las recomendaciones del entonces ministro Ernesto Cardenal, que aconsejaba particularizar los componentes del relato, quitar aliteración de la voz y, antes que vagar nombrando ideas, dar nombres. Zambayonny no suele hacer eso. Veo ahora al gran público para el que estaba traducido el exteriorismo unirse en una peña donde el dolor y la traición se vuelven fieras mansas. Se vuelven fuego amigo.

Termina el show y Zambayonny saluda por las mesas y le sacan fotos y lo taguean.

Lunático

¿Escucharán a Zambayonny en privado los que escuchan a Zambayonny en público? ¿O será música para compartir con amigos, con la familia más cercana? ¿Serán letras de iniciación y formación? ¿O más para los que apuestan a escribir letras alambicadas y les gusta tocar cuestiones técnicas cuando la mayoría aplaude el efecto?

Termina la expedición a La Plata y yo vivo la noche de un sábado común en el barrio de Colegiales; tomo nota de algunas de las cosas que desarrollo acá. Por la ventana entra el rumor de una reunión de una de todas las terrazas del vecindario. Parece un cumpleaños. Estacionan coches y bajan familias. Después pasan las estaciones imaginables del festejo. Cuando la madrugada empieza a hacer un gesto de silencio escucho, en los parlantes de un vecino, por segunda vez en la noche, un set acústico de Zambayonny.

Sebastián Morfes



 
     
 
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