¿Moral ciudadana o basura republicana?
CLINT EASTWOOD VUELVE A LA CARGA CON GRAN TORINO, SU ULTIMA CREACION. CUANDO TODAVIA SE MANTIENE EN CARTEL CHANGELING, ENCARA UNA HISTORIA CHIQUITITA QUE REAVIVA EL DEBATE. MAS ALLA DE TODO, NADIE PUEDE DEJAR DE RECONOCER QUE UNO DE LOS MAS GRANDES AUTORES ESTA ENTREGANDO MEMORABLES ULTIMOS CARTUCHOS.
Clint Eastwood, que el 31 de mayo cumplirá 79 años, sigue siendo un intríngulis difícil de desentrañar para todos aquellos que creemos que la obra de cualquier individuo está íntimamente relacionada con algo de su historia, sus creencias y hasta, incluso, sus posiciones políticas.
¿Cómo se puede compatibilizar cada una de las películas que Eastwood fue realizando a lo largo de 38 años de carrera con su respaldo a la postulación de John McCain y, fundamentalmente, a la neofascista Sarah Palin, según consta en el sitio de TV Today? –Siempre nos queda una duda, por eso citamos la fuente.– ¿Cómo puede ser que la misma persona que filmó Cazador blanco, corazón negro –1990– Medianoche en los jardines del bien y del mal –1997– sea tan estúpido políticamente? Para mi amigo Alejandro Caravario hay una respuesta, en especial referida a Gran Torino, la película que se verá desde marzo en Buenos Aires. “Es basura republicana”, dice Caravario sobre algunas de las historias que cuenta Eastwood –aclara que no todas, ojo – Y algo de razón tiene, porque Gran Torino desarrolla la historia de un viejo gruñón, ex combatiente de Corea, misógino, racista y xenófobo que deviene en justiciero del barrio por obra y gracia de conocer a sus vecinos, a los que hasta un día determinado detestaba.
Decíamos que Caravario, en parte, tiene razón. Pero el punto de desacuerdo llega (lo hemos discutido largamente) cuando Alejandro descarta un componente capital en toda la filmografía de Eastwood y que debe modificar o al menos teñir aquella sentencia. Es decir, acepto que este director roza en sus películas a la “basura republicana” pero siempre, indefectiblemente, esa declaración de principios queda opacada por otra cuestión que aparece en el primer plano de su obra: el moralismo ciudadano. Esto no tiene que ver con pacatería religiosa o con posturas conservadoras o con cualquiera de las fobias que tanto daño le hicieron y hacen a la sociedad. Eastwood no es un reaccionario ni un conformista, al menos para filmar. En cada una de las historias toma riesgos, muchas veces innecesarios. Como por ejemplo lo hizo en Million Dollar Baby, en donde construyó una perfecta película deportiva para, a la hora y media, dar un golpe de timón brutal que devino en un drama digno de Douglas Sirk.
Este ejemplo bien podría servir para graficar la audacia con que Eastwood desarrolló su carrera. Pero si no quedan conformes, repasemos algunos de los temas que abordó con maestría. Mujeres obsesionadas por el amor hacia un hombre –Play Misty for Me, 1971–, la cobardía y la traición –La venganza del muerto, 1973–, las conflictivas relaciones entre un hombre mayor y una adolescente –Breezy, 1973–, el valor de la amistad –Licencia para matar, 1975–, la venganza –El fugitivo Josey Wallas, 1976–, el desprejuicio –Ruta suicida, 1977–, la decadencia de la tradición y del hombre –Bronco Bill, 1980) y así podríamos recorrer la lista hasta llegar a la actualidad. En definitiva, equivocado o no, Clint siempre tiene algo para decir y, fundamentalmente, para subrayar su observación moralista de la realidad. No en vano, salvo en Río Místico –su film más oscuro–, sus películas terminan con una cámara voladora que se eleva sobre el horizonte y muestra que la vida sigue y que siempre hay algo por lo que seguir soñando y creyendo. En definitiva, es un optimista. En Río Místico, recordamos, la cámara del final se hundía en el río y era arrasada por el negro de las profundidades. Era evidente que el 11S había calado hondo en Eastwood y que se le hacía muy complicado soñar con la redención del hombre.
(Y otra vez aparece la pregunta: ¿cómo puede ser que un tipo que siente así, que expresa con tanta sensibilidad un estado general de la humanidad, tenga la más mínima empatía con un presidente como lo fue George W.?)
Eastwood, hoy, llegó a una madurez tal que no teme al ridículo; toma decisiones sin pensar si va a ser cuestionado por derecha o por izquierda. Está en un momento en el que cada película suya tiene el aura del legado.
Quiere contar historias y en ese lugar se posiciona, sin importarle el qué dirán. Probando saltos de registro y cambios de género dentro de un mismo film y buscando que cada una de esas historias ser eficaz. Esto ocurrió tanto en las épicas y heroicas como Río Místico –2003–, Banderas de nuestros padres –2006–, Cartas de Iwo Jima–2006– o El sustituto –2008–; o en las chiquitas como en Cowboys del espacio–2000–, Herencia de sangre –2002–, Million Dollar Baby –2004– o Gran Torino –2008–, para citar sus últimos ocho films.
Decíamos que la moral ciudadana es el punto recurrente, el hilo conductor de la obra de Eastwood. Y esta búsqueda tiene sus picos, por supuesto. Tal vez el punto más alto se pueda encontrar en tres creaciones magníficas, como Los imperdonables –1992–, Un mundo perfecto –1994– y en Los puentes de Madison –1995– en donde la lucha entre lo que la sociedad y el poder considera correcto y lo que un individuo cree que debe hacer para ser feliz, aparece en el primer plano de la escena. Probablemente esta trilogía sintetiza a la perfección las verdaderas búsquedas de Eastwood como director. Es difícil dejar fuera de este segmento a la maravillosa Bird –1988–, pero nos tomamos esa libertad porque es muy complicado ubicarla en una temática definida. Para el que firma esta nota, Bird es un berretín del autor motorizado por su amor por el jazz.
Repasar la obra de Eastwood en dos páginas es una aventura imposible de realizar. Y más si tenemos en cuenta que ya esta rodando otra película, en donde Morgan Freeman será Nelson Mandela y que se llamará The Human Factor. Por eso optamos en detenernos en El sustituto y Gran Torino. En la primera, y pasando de la estupenda actuación de Angelina Jolie –a quien hasta aquí considerábamos de madera terciada–, sólo queremos decir que cualquier parecido con la realidad argentina que se vivió en la década del 70 es una casualidad. El autoritarismo, el avasallamiento de los derechos consitucionales, el ocultamiento de pruebas, funcionarios corruptos, policías de gatillo fácil y todo lo que uno se pueda imaginar en la Argentina de la Dictadura, aparece reflejado en Los Ángeles de 1928, en donde una madre busca agónicamente a su hijo de nueve años.
En Gran Torino, bien se podría decir que Walt Kowalski (protagonizado por Eastwood) es en realidad Harry Callahan jubilado. Porque Clint recupera todos los viejos signos de ese policía que tanto placer sentía al hacer justicia por mano propia. La diferencia en Callahan y Kowlaski es que aquel era parte del cuerpo de policía, tenía una placa y discutía su territorio con maleantes. Kawalski, en cambio, desde la muerte de su mujer (y casi obligado, por ser un viejo miserable) decide emprender un viaje de redención ante la inminencia de su muerte. Así es como apadrina a un niño coreano y a sus odiados vecinos orientales y se pone al frente de la lucha contra las bandas callejeras.
¿Es un héroe Kowalski? Y si lo es, ¿es el vecino que todos querríamos tener para ayudarnos a combatir a la escoria de la ciudad? No. No es un héroe. Es sólo un viejo enfermo de cáncer, amargado, resentido, fracasado y al que sus hijos quieren ver encerrado en un geriátrico, que elige la forma en que va a morir. Y de rebote, en ese suicido premeditado, decide hacer algo por una gente valiosa que acaba de descubrir. La de Kowalski es una inmolación. Es, si se quiere, una autocrucifixión. Es agitar las banderas de la moral ciudadana disfrazada como “basura republicana”. Al menos eso es que preferimos creer. Pero con Clint Eastwood, lo admitimos, todas las lecturas son permitidas. Tal vez en este punto radique sin grandeza.
MARIANO HAMILTON
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