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>BUENOS AIRES.


hay pique


EN LA COSTANERA NORTE DEL RÍO DE LA PLATA, DURANTE TODA LA SEMANA, CIENTOS DE PESCADORES TIENTAN LA SUERTE DE BOGAS, PATÍES Y CARPAS CON EL OBJETIVO DE PASAR UNAS HORAS DE RELAX FRENTE A LA BOCA DEL ARROYO MALDONADO. UNA IDA AL LUGAR DONDE CIUDAD Y NATURALEZA TIENEN UN PUNTO DE ENCUENTRO.

A preparar la carnada, porteños, que en el Río de la Plata hay pique. Olvidemos por un domingo el Rosedal y lancemos las líneas al río. ¿Para qué dejarse atropellar por un astro del roller blade cuando a veinte minutos de ahí, caminando a la vera de los accesos a autopista, rodeando Aeroparque, la naturaleza regala sus frutos de una manera mucho más dadivosa que los 15 pesos que sale la media hora en bote? Ahí, delante de la costa amurallada que empieza en el Club de Pescadores y termina más allá de las pistas de donde despegan jets a toda hora, cerca de Parque Norte, el “río color león” –como poetizan algunos fanáticos internautas del deporte– es una jalea marrón apenas interrumpida por las bocas de los bichos que, nadando entre latas de Rexona, salen a respirar a cada rato.
Se nota que es lunes porque en la plaza Malvinas Argentinas hay poca gente y todavía quedan lugares vacíos en la parte que da justo frente al río. Por ahí merodea un suboficial de Prefectura, un chico que no para de sacarse la gorra y mirarla. Hay también una pareja de turistas, cara de crisis de mediana edad, que espera abrazada la salida de su vuelo; sentados en un banco, rodeados de valijas con rueditas, miran el río con gafas de sol. Sin embargo, nada de la escena parece perturbar al grupo de pescadores que tenemos en este día laborable (aunque sea feriado de carnaval), que mantiene una opinión diferente de la mayoría en cuanto a qué lugares son más aptos para el pique.
Cacho condujo un Dodge quemado desde Hurlingham, bien temprano, acompañado por sus dos hijos, uno de los cuales duerme en la reposera esperando la hora en que apurarán el regreso para que él llegue a horario a rendir una previa que le quedó de quinto grado. Cacho está muy bronceado, va de acá para allá con su colgante de Racing al cuello, moviéndose entre las tres cañas que tiene apostadas justo frente a la desembocadura del arroyo Maldonado, un rectángulo enrejado que parece conducir al hígado de la ciudad. Ahí se agolpan, como esperando turno para entrar, miles de envases de Levité, Rey Momo, Ayudín, además de Cindor, birra y Coca Cola. No es que las marcas atraigan a las bogas; es que en ese rincón se agolpa toda la basura costera, manjar de dioses para las viejas de agua, patíes, sábalos y hasta rayas que bajan del Paraná a darse una vuelta por la Capital.
Dice que viene desde hace un mes y medio, después de peregrinar por otros sitios de la provincia de Buenos Aires con un compañero que hoy también está acá, un tipo callado, de botas y camisa de grafa, que pide especialmente que se diga que si alguna vez van a pescar a Zárate, nunca vayan a lo de Genaro: el tipo te cobra 20 pesos para pasar el día en un pedazo de tierra seca donde no se pesca nada. Al parecer, eso está muy mal visto. Comenta que hay días lindos en donde se sacan bichos de dos kilos, dos kilos y medio, que se comen muy bien marinados en harina y pasados por limón. Después explicará que es policía y que los peces son como la Fuerza: siempre están picando.
Su amigo Cacho dice que ha tenido días en los que se llevó hasta veinte piezas. La vez que más sacó fue hace pocas semanas, un sábado de sudestada letal, donde pescó veinticinco. Como tiene la costumbre de meter los pescados en una bolsa de arpillera y bajarlos hasta el agua para llevárselos fresquitos, en el golpe de una ola contra el malecón porteño la soga se cortó y los peces se fueron al fondo. No cuesta mucho imaginarse a las bogas coleteando en el lecho del río, en su pequeña fiesta privada a ochenta centímetros de la superficie. Porque, si aún alguien no estaba enterado, a esta altura la profundidad es esa, a lo sumo un metro y medio, cosa que no perturba a los pescadores en sus sucesivos tiros de cincuenta, sesenta, ochenta metros río adentro, con unas cañas largas pensadas originalmente para el mar pero que, al parecer, funcionan bastante bien para las especies que circulan por los bajos fondos del Plata.


Un dorado de seis kilos
Hubo un tiempo que fue hermoso en el que la costa del Río de la Plata llegó a parecerse a Necochea: el agua retocedió hasta quinientos metros y se abrió una playa descomunal. En esa ocasión –según cuenta Hugo, el hombre carnada, que se instala varios días por semana a vender líneas, plomadas, anzuelos y todo tipo de accesorios para la pesca- quedó a la vista una pared de tierra hecha con el limo que las dragas iban sacando del fondo del río, a medida que hacían los canales por donde ahora ingresan los cruceros y otros barcos más pequeños. Hugo dice que ahí se dio cuenta que en esta parte los peces quedan encerrados, a merced de los cientos de anzuelos que cruzan el agua semana tras semana, y que por esa razón también hay buena pesca.
Sobre todo en un verano como éste, que pronto verá el final, donde se sacan carpas de hasta siete u ocho kilos. En los días de mucho calor, el río huele a tierra y los peces se ponen exaltados: si uno mira un punto fijo sobre el agua puede notar cómo empiezan a asomar las bocas de las carpas, que vendrían a ser como las primas lúmpenes de las truchas.
Atrás de Hugo hay un tipo haciéndose un asado junto a un árbol. Sobre la avenida Costanera los camiones echan humo y se escucha el sonido de los jets. Los estímulos no parecen sacarlo de su lugar, una silla ancha desde la que mira fijo el horizonte. Se anima, eso sí, a contar que hace dos o tres años hubo un importante índice de mortandad de peces a causa de la falta de oxígeno; había medio metro de agua y los bichos no podían respirar. Pero, como para compensar la desgracia, cuenta que este verano sacó un dorado de seis kilos y medio, y que se pueden sacar hasta diez de esos en tres meses. Diez. Una locura. “El secreto está en la carnada”, cuenta: para el dorado, bagre; y para el resto de las piezas más chicas, un combo especial llamado “masa”, que prepara especialmente con una mezcla de harina, polenta, condimento para pizza, gelatina sin sabor y un quinto elemento: el vainillín, algo que de un modo más ortodoxo es conocido entre la amas de casa como esencia de vainilla.
Otro de los que se ubicaron cerca de la desembocadura del Maldonado es Julio Cóppola (“nada que ver con el otro atorrante”, aclara), inspector de colectivos de la línea 130, petiso, morocho y bigotón. Tiene puesto un sombrero de cowboy y mientra acomoda el cascabel de su caña se anima a contar el secreto de su arte: “Para la boga salamín”, dice bajito, y vuelve al cascabel. Viene de Ramos Mejía y se dedica a la pesca desde hace diez años, cuando tuvo que dejar de jugar a la paleta por un problema de salud y el médico le recomendó algo más pasivo. Cuenta que acá es tranqui, se conoce gente pero cada uno está en lo suyo, con sus cañas, mirando el río. Los domingos, confiesa, es un hervidero, pero no está tan mal después de todo: en esos días tiene la chance de venderle pescado a sus clientas de la alta sociedad. “El otro día vino una mina de guita y le decía a su marido “Ay mi amor, mirá qué pescado, mi amor”, y yo le decía “recién sacado señora, fresquito, hace dos minutos que lo saqué”, pero en realidad lo había sacado hace dos horas, y como le vi la cara le arranqué la cabeza: veinte mangos le cobré”.
Sin embargo, Julio dice que viene acá por otra cosa: “Es como una terapia para mí, no es una obligación, viajar por el horizonte me tranquiliza la mente”. Antes de despedirse aconsejará: “El pescador habla poco, vos por ahí venís y preguntás “¿Hay pique?”, y si el tipo te tira los datos listo, no jodas más”, aclara, justo en la antesala de otra pregunta que, por obvias razones, habrá que guardar hasta que los pescadores se cansen, cosa poco probable, de estar parados ahí.

Alfredo Jaramillo









 

 
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