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Antidomingo.
Por Dominique Schilling.


 
 
   
 

Ana vive a seis cuadras de casa. Tiene un patio con parrilla, entonces los domingos a la noche nos invita y así nos olvidamos que falta poco para que sea lunes y empiece todo otra vez. Me gusta la idea de intentar no deprimirnos porque algo se termina. A veces los finales angustian porque no sabemos qué es lo que va a pasar después y eso nos da miedo. Pero otras veces sí sabemos: mañana tenemos que trabajar y en cambio queremos tirarnos en el pasto y rascarnos la panza, despertarnos tarde, desayunar a la hora del almuerzo, estar en pantuflas todo el día.
Camino por las calles de mi barrio que tiene más edificios que casas bajas. Camino despacio porque salí con tiempo, estoy en modo domingo. Voy mirando para arriba, buscando en los edificios alguna historia linda, hay persianas cerradas pero también ventanas abiertas que dejan salir la melodía de un piano, veo gente tomando mate, amigos mirando el partido de Boca; un hombre se sienta a leer un libro en un sillón, se pone unos anteojos pesados. Amo los anteojos y su capacidad de dar felicidad, de habilitarnos a ver más colores o distinguir la cara de un amigo que viene caminando allá lejos. De vez en cuando aparece una casa que todavía se aferra al suelo como garrapata, me imagino a sus dueños peleando con las desarrolladoras inmobiliarias que saben que en ese lugar podrían construir una gran torre y armar un fideicomiso supermillonario o, al menos, rentable para algunos. Pero varias casitas mantienen su fachada francesa y sus puertas de hierro estiradas. Freno en el medio de la cuadra y me meto en la vida de las personas que viven en el segundo piso de un edificio bajo. Todas las luces están prendidas, las paredes son blancas, en el comedor cuelga del techo una araña llena de lamparitas, las ventanas llegan hasta el piso y dan al balcón donde hay una mesa con dos sillas de bar viejas, incómodas pero cancheras. Veo tres cabezas, me imagino dos hermanos y una hermana sentados jugando a las cartas, bah, mirando fotos en Facebook, comentando la fiesta del sábado, tomando café con leche o Alikal. El departamento de abajo tiene las persianas a medio abrir y no logro ver lo que pasa adentro, la luz es tenue, las paredes parecen oscuras, podría ser la casa de una persona mayor, resignada. Me da tristeza. La luz y el blanco son grandes generadores del cambio. Los vendedores de luz tendrían que ser los dueños del mundo.
En la puerta de un edificio dos adolescentes se quejan porque sus pelos se inflan con estas condiciones meteorológicas. Todavía no es de noche y la bruma tiñe la ciudad de monocromo, todo es gris menos los semáforos que salpican la línea recta de la calle hasta el fondo, amarillo, verde, verde, verde, rojo. Son lindos los colores del semáforo. Parecen luces de colores pegadas sobre el aire que van cambiando, intermitentes. Como en la carpa de un circo donde todo es alegría.
Me paso de la casa de Ana, no quiero que se termine mi recorrido; me siento bien caminando entre la gente. ¿No puede ser eterno lo lindo? El final es incómodo. Cuando leí Rayuela estuve varias horas yendo del último capítulo al anteúltimo y así sucesivamente leyendo lo mismo, postergando lo inevitable. Me acuerdo que lo disfruté, estaba tirada en una hamaca paraguaya. Las tres letritas en la última hoja de un libro hermoso es la sensación más contradictoria que conozco. Quiero estirar el día como un chicle jirafa, seguir descubriendo que el mundo está lleno de gente que los domingos a las siete saca a pasear el perro o se queda tirada en la cama escuchando música llena de acordes menores. Cuanto más tarde llegue a lo de Ana más tarde empieza el principio del fin del fin de semana. El final necesario para que todo vuelva a empezar, como empieza y termina una canción de Spinetta, un buen chocolate con almendras, una carcajada que no puede durar para siempre. Una vuelta en la montaña rusa. Un abrazo largo. La última oración de un texto que solo puedo liquidar de esta manera.

DOMINIQUE SCHILLING


 
 
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