Mi viejo está pasando por un momento de demencia senil, potenciado por los años trabajando en el corazón de la farándula y sus 82 sobre la tierra. Lo cual hace que con mis hermanos a veces tengamos que tratarlo con cierto tacto, siguiéndole el apunte con todos sus berrinches. Ahora, por ejemplo, hace una semana que está encerrado en su dormitorio como si se tratara de una nave espacial, rodeado de revistas deportivas que lee en voz alta y escuchando la televisión a todo lo que da. Así que con mis dos hermanos decidimos darle la noticia de una manera estudiada, pero cuidándonos en no mentirle. Hicimos una ronda de consultas con su médico de cabecera –el hijo de Fidel Pintos– y concluimos que la verdad es sanadora aunque –como cantaba Serrat– no tiene remedio. Soy el hijo mayor y tuve que entrar a su pieza para hablar con él. Una pieza oscura apenas iluminada por el velador de la mesita de luz y el chispazo intermitente del televisor color. Lo primero que me impactó es que mi viejo no estaba en la cama. En su lugar –el costado izquierdo donde él durmió siempre dejándole el derecho a mi madre– había un bollo hecho con sábanas revueltas y unas cáscaras de fruta que debe haber estado comiendo. Papá, dije, papá. Acá, acá estoy, me dijo una voz melancólica que venía del extremo derecho de la habitación, exactamente arriba del placard. ¿Qué hacés ahí arriba?, le pregunté. Nada, me dijo, y se arrojó sobre la cama como un gorila que una vez vi en un zoo de Berlín. ¿Qué querés?, me dijo, tapándose con las sábanas. Mirá, te quería avisar que dieron la lista. ¿Dieron la lista, dieron la lista? empezó a repetir. Sí, dieron la lista y vos te quedaste a fuera del mundial. No, no puede ser. ¡Qué Gordo traidor!, gritó agarrando un diario y haciendo una pelota con él. Sí, dije, te quedaste a fuera, no vas al Mundial, y traté de agarrarle la mano, enfatizando mi tristeza, tratando de ser cómplice en su dolor. Pero él me la sacó de un golpe y empezó a mirar con su mirada vacía tan característica, por encima de mi hombro. En los últimos tiempos mi viejo se la pasa mimetizado con el televisor, como Chance Gardiner, el genial personaje interpretado por Peter Sellers en Desde el jardín. Toti Passman tenía razón, empezó a murmurar como en un mantra, Toti Pasman tenía razón. Tratando de ayudarlo a salir del pozo anímico, le dije que estaba bueno no formar parte de una selección que, en vez de ayudar a un pueblo destruido como el de Haití, por el contrario, se encargó de gritarle a su selección cuatro goles en la cara como si se los hiciera a Alemania y por la final del mundo. También le dije que Maradona había dejado al Pocho Lavezzi afuera. No puede ser. ¿El Pocho?, me dijo agarrándose la cabeza. Mi viejo es fanático de Lavezzi desde que éste la rompió en el Casla. Y poniéndo énfasis, dije el golpe fatal: Y lo llamó a Garcés. ¿Quién es Garcés?, dijo mi viejo. Un jugador de Colón. Dicen que lo llamaron porque tiene “buen vestuario”. ¿Qué significa “buen vestuario”. dijo mi viejo. Que está siempre de buen humor y ayuda a la gente, que es generoso, como una ONG, le expliqué. Y mientras repetía el mantra de Toti Passman, saqué de mi bolsillo trasero, sin que lo notara, el dardo que usaba Daktari para dormir a los animales y se lo apliqué en la yugular. Todavía me queda en el alma su mirada intensa y recriminatoria antes de ponerse a dormir como un lirón.
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