el teatro no sale del closet
TRES PUESTAS TRABAJAN EL TEMA DE LA DIVERSIDAD SEXUAL, PERO DA LA IMPRESIÓN QUE EL PLANTEO ES MÁS SUPERFICIAL QUE OTRA COSA. ¿ACASO NO HAY UNA POSIBILIDAD DE PENSAR EL GÉNERO DESDE EL LENGUAJE MISMO DEL TEATRO?
A pesar de que superficialmente la cuestión gay está atemperada y no provoca el cuestionamiento ni el rechazo de épocas pasadas, concurrir a un espectáculo que centra su atención en el cruce de sujetos y discursos homosexuales sigue destilando un aura de solemnidad, que debe ser atendida. Las líneas estéticas que los realizadores persiguen para esta temática son distintas y hasta contrarias: el drama, como vehículo de la imposibilidad de amar –siempre se deja en claro, vaya a saber por qué, que los homosexuales hablan de amor, que tienen sentimientos y les es prohibido expresarlos– y como contrapartida lo camp como espacio de parodia y desenfreno queer, donde los cuerpos representados buscan ser lo más voluptuosos posible.
En la actual cartelera porteña, coinciden tres piezas que circulan por estos dos disímiles carriles: El beso de la mujer araña, clásico de Manuel Puig, con dirección de Rubén Szuchmacher; De hombre a hombre, comedia dramática de Mariano Moro; y Hedwig and the Angry Inch, musical neo-glam /post- punk de John Cameron Mitchell, con puesta en escena local de Martín Alomar y Angeles Porteau. Cada una pretende un análisis cerrado de las múltiples aristas que la homosexualidad como concepto predispone; pero más allá de una cuestión textual o de tesis, surge una pregunta inevitable: ¿Qué puede aportar el teatro como soporte, partiendo de su propia especificidad, sobre algo tan discutido en otros ámbitos?
Los tres ejemplos arriba citados dan una respuesta a este enunciado interrogativo, aunque ésta esté lejos de ser satisfactoria.
Tres son multitud
Más allá de esbozar una crítica singular y valorativa sobre estas tres obras, el punto de interés es la problemática de la representación y de los discursos sobre la homosexualidad que éstas plantean. ¿Es posible pensar una representación singular sobre el sujeto gay?
En De hombre a hombre, Mariano Mazzei interpreta a un profesor secundario extrovertido, pero sumamente inhibido con respecto a su sexualidad, que en el encuentro con un alumno prodigio, encarnado por Emiliano Dionisi, deberá asumir los riesgos de vincularse sentimentalmente con él. Mazzei encarna el personaje del gay contenido y plantea una representación desmesurada, pero sin querer serlo; de este modo homosexualiza su rol desde el trazo grueso. Esto se produce a partir de cargar de signos referenciales un cuerpo, con la intención de que sea fácilmente identificable para el gran público. Pareciera que para este gran público eso es un gay: una masculinidad refinada, verborrágica y amanerada. Este personaje no rompe la red de conceptos sobre un homosexual, si no más bien, los reafirma todos y cada uno, convirtiéndose de alguna manera en una representación vetusta, pasada de moda y peligrosa en su creación de valores. Mazzei repite sin pudor los mismos gestos que su personaje en la pieza de Gastón Cerana, El Señor Martín, donde casualmente era profesor de Dionisi, y su interpretación también contenía movimientos quebrados y abruptos, sólo que esta vez, no habla tanto en inglés. Mientras que en aquella pieza los dos personajes no terminaban de aclarar su situación vincular, en De hombre a hombre estos dos seres extraviados y solitarios asumen una especie de relación de pareja, que tanto ellos mismos, como el texto, se encargan de adosarle el mote “platónica”. En este espectáculo de calle Corrientes, se resguarda el contacto entre los cuerpos; la obra rehúye a mostrar cualquier alianza sexual o física, y cuando lo hace con un tímido beso a la orilla del mar, la luz se apura por irse e impide ver la actualización de este afecto, que siempre quedará para el espectador en una zona virtual, de cobardía.
Esta frialdad en el contacto se expresa también en El beso de la Mujer Araña. Allí, el rol del mítico Molina es resucitado por Humberto Tortonese, quien comparte escenario y celda con Martín Urbaneja (como Valentín), ese revolucionario caído en desgracia. Con una dirección difusa, Rubén Szuchmacher organiza las piezas de este clásico pero no aporta nada nuevo, y mucho menos revisa la cuestión de géneros, operación clave en esta obra en particular. Aparece más bien la captura de Tortonese como objeto fetiche, y su utilización como una “cita intertextual encarnada” de sí mismo. Su despliegue no dista de sus apariciones radiales y televisivas, y se pone en juego el contexto de su figura para representar a un gay que linda con el travestismo. Molina es Tortonese y ahí queda la cuestión; no hay ninguna contemporaneidad en la construcción del personaje, ningún anclaje que permita una nueva visión.
A diferencia con De hombre a hombre, aquí la escena de sexo es explícita, pero esto no evita su sequedad, ya que las marcaciones de la pieza no logran potenciar el verosímil vincular entre los protagonistas. Cuando ese momento llega, más que el resultado en el devenir de esta convivencia carcelaria, vemos una tibia marcación, tornando la relación sexual en algo imposible. En la solemnidad de ambas obras no hay una naturalización del flujo del deseo homosexual, si no más bien una obturación de cualquier pulsión que pueda perturbar al espectador no familiarizado con estas cuestiones.
El tercer caso es el musical: Hedwig and the Angry Inch tiene un punto de partida distinto, lejano del contenido dramático, y más cercano al Camp: (término extraído de la jerga gay norteamericana para definir la parodia sobre ciertos códigos heterosexuales, luego recortado por Susan Sontag para explicar una línea estética contracultural.) Tal vez la característica más importante de lo Camp es su tendencia a la artificialidad y a la exageración. El andrógeno es una de las mejores imágenes Camp, por su carácter no-natural. Esto es Hedwig, un transexual indefinido y mal zurcido, vocalista de una banda Glam Rock, que persigue a un ex amante que ha robado sus canciones.
El musical parece cumplir todas las condiciones, para poder introducirnos en una línea queer sin posturas complacientes, pero la versión local, se queda a mitad de camino. Su protagonista, German Tripel –sí, Tripa del quinteto Mambrú– es un correcto cantante, pero su nivel de interpretación actoral es ciertamente polémico. A diferencia del Hedwig original, al que el propio autor de la pieza John Cameron Mitchell, le ponía el cuerpo y lo convertía en un ser atribulado y desmesurado, Tripel sólo transita por la superficialidad espasmódica. No deja traslucir la densidad de este personaje ni indagar en su aspecto trans; no vemos más que un chico con una peluca y maquillado, que habla en castellano con un acento inverosímil, casi de doblaje. Esto afecta los puntos esenciales de la obra, y todo carácter andrógeno, artificial y contracultural se pierden detrás de este hombre disfrazado de mujer, que más allá de sus buenas intenciones, se advierte que su cuerpo no está a la altura de las circunstancias para esta representación. Si el objetivo es pasar un momento cool y despreocupado en el espacio The Roxy, Hedwig and the Angry Inch es la opción ideal. Si en realidad buscan algo más que eso, pueden rentar la adaptación cinematográfica, la que convoca algunas reflexiones más intensas.

Mucho más que dos
La maquinaria social sigue produciendo a partir de su imaginario y el teatro, inevitablemente, no puede escapar de él ni de sus imposiciones. Esa lucha, ese binarismo heterosexual/homosexual, se disemina en las obras que pretenden acercarse al tema de los géneros y las minorías, y obliga al segundo término a buscar su centralidad, pivoteando siempre entre un carácter pedagógico –que busca comprensión y empatía– y en una posición subvertida de valores y gustos, como marca distintiva.
Ni en el aspecto teatral ni el social hay una postura de homicidad: una postura sobre la homosexualidad más allá de la identidad sexual. Esto provoca la interferencia de calcos preexistentes en los cuerpos y en los discursos que pretenden ahondar en las cuestiones de género; la reformulación hacia una nueva representación, por el momento, no puede salir del closet.
Juan Ignacio Crespo
El beso de la Mujer AraÑa
EL CUBO, Zelaya 3053
Dirección de Rubén Szuchmacher
Juev. a las 21, Vier. y Sáb. a las 20
De hombre a hombre
Dirección: Mariano Moro
TEATRO DEL NUDO, Corrientes 1551
Vier. y Sáb. a las 22.45
Hedwig And The Angry Inch.
THE ROXY LIVE, Niceto Vega 5542
Vier. y Sáb. a las 21.30. Dom. a las 19.
Dirección: M. Alomar, A. Pourteau.