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LETRAS. Por Fernanda Nicolini.
poesía nueva en envase único
DE LA UNION DE DANIEL DURAND Y MATIAS HEER, DOS POETAS DE DIFERENTES GENERACIONES, NACIO COLECCION CHAPITA. LIBROS HECHOS A MANO QUE CURIOSAMENTE SE VENDEN ENTRE LOS NO LECTORES DE POESIA. SUS ESPECIALIDADES: LOS ESCRITORES EMERGENTES Y LAS TRADUCCIONES LIBERTARIAS.
Daniel Durand y Matías Heer se llevan veinte años. Cuando el primero publicaba su poemario Segovia, en 1990, el segundo estaba aprendiendo a leer. Hace un tiempo, en un Festival salida al mar, se hicieron amigos. Tenían más en común de lo que una generación y media los podía diferenciar: a los dos les gustaba ir a bailar, eran fanáticos de Marcelo Pombo –al punto de que tenían una obra de él como imagen en el messenger– y una noche se descubrieron traduciendo poesía en lo que no sólo sería el inicio de un taller de traducción virtual sino también el germen de Colección Chapita, editorial de poesía de libros únicos, artesanales y con tapas serigrafiadas; una suerte de conjunción entre las artes plásticas y la literatura, como la definen ellos.
“Empezamos a traducir un libro de Ponge, Douze petits écrits, de manera libertaria, a través del chat, con diccionarios virtuales. Y en un momento Matías me dice ‘yo quiero aprender a hacer libros’, cuenta Durand en su casa taller, donde la guillotina, la prensa, la impresora doble faz y los paspartú de colores son piezas del mobiliario. “Yo quería hacer la parte material de la poesía y me daba ganas generar una editorial”, completa Matías.
En ese entonces, Durand –que había adquirido el oficio de encuadernador en los tiempos de la editorial Del Diego– estaba armando algunos ejemplares caseros de Cielo de Boedo y de Ruta de Inversión, dos de sus títulos que estaban agotados. “Pero no me parecía justo que hiciéramos sólo mis libros, la idea era hacer algo de los dos. Un día que estábamos boludeando, incrustamos una chapita en una tapa y vimos que quedaba buenísimo, y ahí decidimos empezar a hacer libros. Al principio se iba a llamar Chapita sólo la colección de jóvenes, pero después nos gustó tanto que quedó para la editorial”.Por los ojos se entra
Lo que al principio era un poco de intuición y gusto personal por lo visualmente atractivo, luego lo confirmaron en las ventas: cuando una tapa llama la atención, las personas estiran la mano, quieren ver, tocar, saber de qué se trata, más allá de que sean lectores de poesía o no. “Ayuda muchísimo que cada libro sea una obra plástica única, amplía mucho el público: los lectores de poesía son muy pocos entonces pusimos el foco en que el objeto sea atrayente, que entren por la tapa y después se encuentren con poesía. Y funciona: hicimos 500 libros y en 10 días vendimos 400.
–¿Por qué los libros no llevan el nombre del autor en la tapa?
Durand: –Porque, por ejemplo, este libro que se llama Quiero destruir algo hermoso, nosotros lo presentamos como obra. Después te enterás que el autor se llama Antolín. Además, como lo hacemos en serigrafía, es más económico no ponerlo.
Matías: –Cada título tiene un diseño diferente. Hasta hace un tiempo colaboró María José Abad y ahora las hacemos nosotros. Las tipografías más lindas las hizo ella, las mas feas, nosotros. Catálogo a gusto personal
Los coeditores dicen que, por el momento, las únicas dos condiciones para publicar a un autor es que sea joven y bueno. Ser joven para los chapita es no sobrepasar los 25 años –muy joven, sí– y bueno no implica ayudar a las viejitas a cruzar la calle sino escribir buenos poemas. Explica Durand: “El recorte de la edad es porque estamos poniendo el foco en la poesía emergente. Más allá de eso, somos bien abiertos y federales: publicamos a Julián Bejarano y Ariel Delgado que son entrerrianos como yo, a Carlos Godoy de Córdoba, a Francisco Bitar de Santa Fe, Mariano Blatt de acá, a Ana Laura Rivara... También tenemos pensada una serie que se podría llamar 90 del 90: la idea es publicar 90 obras de poetas de esa generación.
–¿Se reconocen influencias comunes en los poetas jóvenes?
Heer: –Es heterogéneo, y ahí hay una continuidad de los 90 en cuanto a la diversidad de poéticas. Muchos están marcados por la propia lectura de la poesía del 90, de la obra de Dani, de Casas, pero también de Calveyra, de Williams Carlos Williams, del objetivismo norteamericano, de Eliot. Se ve que hay algo más digerido y que no se quedan en los poetas inmediatos sino que también leen lo que leyeron los de la generación anterior. Pero lo interesante es que son originales. Versiones libertarias
Otra de las variantes de la editorial son las traducciones libres o, como las llaman ellos, las traducciones chapita: versos llevados a un jerga rioplatense con licencias para priorizar el significante por sobre el significado. Así, el título de Ponge que los unió inicialmente fue traducido como “Doce escritos petizos”. Otros autores que pasaron por el tamiz chapita fueron John Berryman (Cáncer joven con un plan), Jack Spicer (Quince proposiciones falsas contra Dios) y Pound (Catán, versión libre del Cathay).
“Estamos fomentando que cada uno de los autores que publicamos se cope con la traducción para que los autores de afuera que nos gustan se hagan más accesibles. La idea es actualizarlos, traducirlos al lenguaje actual hablado pero sin dejar de lado la tradición, sino acercándola. Ahora tenemos 70 títulos pensados para publicar, de los cuales 40 son traducciones”, dice Durand, que a esta altura no puede evitar su entusiasmo y regala algunos adelantos chapita. “Entre las locuras que se nos ocurrieron está la idea de publicar el Ulises en seis páginas, en tamaño punto uno, y un libro de Viel Temperley con el título cambiado, en vez de llamarlo Carta de marear, le vamos a poner Careta del mar. Hay más, mucho más, pero no te lo vamos a contar porque hay mucho copión dando vueltas”.
FERNANDA NICOLINI |
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