el hombre centenario
CLAUDE LEVI-STRAUSS, EL CELEBRE ANTROPOLOGO FRANCES, CUMPLIRA CIEN AÑOS DENTRO DE POCOS MESES. DESDE ESTAS PAGINAS, NICOLAS BERMUDEZ APUNTA ALGUNAS DE LAS NOTAS FUNDAMENTALES DE SU TEORIA Y LO HOMENAJEA COMO CORRESPONDE.
Fisiología y anatomía
Solía leer la Playboy para mantener activo su inglés. Cuando un día descubrió que reseñaban equivocadamente uno de sus libros, les escribió una carta recordándoles que para comprender cómo funciona una sociedad antes hay que saber de qué está compuesta. Y les agregó “que ellos, visto el tipo de revista, debieran saber que antes de la fisiología está la anatomía”.
Biografía y bibliografía
Lo que sigue, refiere a Claude Lévi-Strauss. El que introdujo el paradigma estructural en las ciencias sociales. El actual miembro de la exclusiva Academia Francesa y ex profesor titular del popular Collège de France. Todas sus obras, como la serie de Las mitológicas, El pensamiento salvaje y Las estructuras elementales del parentesco, son clásicos de la antropología; muchas de ellas, como Tristes trópicos, lo son además de la literatura. Nació en Bruselas un 28 de noviembre, de padres franceses.
Epistemología e ideología
“Si en alguna parte existen leyes, estas deben existir en todas partes”: con esta cita de Tylor abrió uno de sus libros fundamentales. Nunca cesó de postular que toda la realidad, lo físico, lo biológico y lo espiritual, está determinada, ni de buscar las leyes últimas de esa determinación. Remontó, a través del análisis de los mitos, las estructuras universales del pensamiento humano. Esas estructuras, aunque no sólo ellas, explican cómo los seres humanos piensan el mundo. No sólo ellas, porque otro tanto ocurre fuera del hombre. Existe un determinismo exterior que proviene de la ecología, de las prácticas técnicas, de las actividades económicas y de las condiciones político-sociales. Nunca ambas mecánicas actúan aisladas: “lo que constatamos en todos los casos es el resultado de un ajustamiento mutuo”, explicó. Esta teoría confirmó su peculiar inspiración marxista e inscribió su trabajo en la tradición del estudio sobre las superestructuras. Al lado de esta derivación epistemológica, de su búsqueda de leyes universales se siguieron consecuencias ideológicas decisivas. Sus estudios erigieron, desde la antropología, el andamiaje científico contra el racismo, por cuanto verificaron la existencia de un mínimo denominador común de información que alcanza a todo el género humano, es decir, la existencia de las raíces comunes de la especie a través de la diversidad de expresiones raciales y culturales. Esa universalidad estructural relativizó el peso de las centralidades y periferias (“civilizados” y “primitivos”, como proponía Sartre) en la construcción imaginaria del mundo. El multiculturalismo, justo es decirlo, algo le debe. Se entreveró con el humanismo de la segunda posguerra. En esta ofensiva fue célebre su polémica con Sartre (la ponderación de sí mismo se muestra en el fuste de aquellos con quienes eligió discutir; a Derrida no le contestó jamás). La cuestión de fondo fue la conveniencia de seguir pensando el hombre como núcleo y centro de las ciencias humanas. Para Sartre, la tarea del pensamiento no era otra más que constituir una idea resistente de hombre que permitiera atravesar esa época despiadada. El, no obstante, prefirió dibujar otro horizonte: “El fin último de las ciencias humanas no es constituir al hombre, sino disolverlo”, supo decir. Además de despejar el camino para el panteón francófono de nuestro tiempo (Althusser, Lacan, Foucault, Barthes), con este golpe desligó a las ciencias humanas de su obsesión humanista y del etnocentrismo que las lastraba. Esto, decía, las llevaba a privilegiar, a partir del error de creer que podía trascender el devenir histórico en el que estaba situada, la conciencia histórica occidental (el cogito cartesiano) frente a la de otras culturas. Lo peligroso de esa ideología era el tipo de hombre que quería construir: “Domesticar el elemento brutal de la existencia, asimilar lo heterogéneo, dar sentido a lo insensato, racionalizar lo incongruente y, en definitiva, traducir lo Otro a la lengua de lo Mismo es –denunció– lo que llevan a cabo los mitos y las ideologías”. Por este rechazo prefirió el espacio al tiempo; el fervor por el sistema a la corajuda asunción de la Historia. Como suele ocurrir, la pasión por el estructuralismo que él había prohijado se enfrió y a fines de los sesenta el antihumanismo pasó a ser una imputación (en mayo del 68 se encerró en su casa). Se defendió en dos frentes: el epistemológico y el moral. En el primero opuso un derecho óptico: la iniciativa de no adoptar el punto de vista del sujeto resulta legítima, porque se tiene derecho a elegir la distancia que más conviene a cada investigación. Al reproche moral, lo contraatacó señalando la destrucción sistemática de otras culturas que, en nombre del humanismo, fue perpetrada desde 1492.
Estética y mitología
Tal como lo rumió, el arte, a mitad de camino entre el pensamiento mítico (que opera con signos) y el conocimiento científico (que los hace con conceptos), es uno más entre los ejercicios siempre infructuosos de interpretar el universo. Como el mito, transforma imaginativamente la realidad y siempre tiene un dejo de actividad compensadora que postula una solución fantástica a las contradicciones de la sociedad. Ponía como ejemplo a los caduveo, que por ser una sociedad marcadamente jerarquizada (completamente asimétrica) ejecutaban una pintura perfectamente simétrica, como si tuvieran que imaginar en su arte lo contrario a lo que les hacía ostensible su orden social polarizado. Buscó los fundamentos del arte en los desfases de la función simbólica, con más precisión, en la idea del significante flotante ¿En qué consistía? En sostener que los sistemas expresivos se constituyeron de una sola vez, mientras que los significados se expandieron con el tiempo (i.e. para producir La divina comedia, la sociedad occidental tuvo a su disposición los medios expresivos mucho antes que las condiciones intelectuales para hacerlo). De ese exceso universal de significación del cual dispone el hombre para conocer el mundo surge la creación artística. Una de sus definiciones del relato mítico es casi sagrada y proustiana: “Todo mito es una búsqueda del tiempo perdido”. Un hombre asediado por la pérdida y la ausencia que acude al lenguaje, a los símbolos, a la ficción, al mito para atenuar el desgarro que la ausencia produce. Desde muy temprano en sus estudios intuyó que la mitología es a las sociedades ágrafas (sin escritura) lo que la ideología a las sociedades modernas. Una mitología debe ser entonces algo distinto a un acopio de relatos: su misión es constituirse en una teoría y una metodología de la investigación empírica sobre la ideología y la cultura, y ello con mayor razón si el pensamiento humano, más allá de la identidad de sus mensajeros ocasionales, es el mismo y, una vez despejadas las contingencias culturales, aparecen las leyes universales. El mito, afirmó, nace, circula, se transforma, muere en el mercado que componen las formas, los colores, las texturas, los sabores, los olores, los hombres y lo humano, los inviernos y las máscaras; en otros términos, debe ser analizado inserto en una ecología total (naturaleza + cultura). “Durante los últimos años –declaró alguna vez– he venido trabajando rodeado de mapas celestes de las diversas latitudes, con el fin de identificar las estrellas y constelaciones mencionadas en los textos indígenas, de tratados de geología, geografía y meteorología, de libros de botánica, mamalogía y ornitología”. La agudeza siempre sorprendente de sus observaciones, descompuso y esclareció el fárrago de los mitos y la realidad. Aquellos reflejan a esta última, pero también la transforman, imaginaria y simbólicamente. En unos meses, el mito viviente de Claude Lévi-Strauss cumplirá cien años.
Nicolás Bermúdez
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LIBROS / LANZAMIENTOS
FOGWILL PARA Y CONTRA TODOS

Para los que gozan con las provocaciones públicas y los comentarios maliciosos de Fogwill, y para los que las sufren, se acaban de publicar dos libros –muy diferentes entre sí– que respaldan la lengua impertinente de este escritor: en sus textos cada palabra cobra la solidez de la buena literatura. Y esto vale tanto para En otro orden de cosas, la novela reeditada por Interzona, como para Los libros de la guerra, una serie de artículos, criticas, crónicas, reflexiones y ensayos publicados a lo largo de 25 años y recopilados por Mansalva. En otro orden de cosas recorre doce años argentinos (de 1971 a 1982) a través de un personaje que por momentos parece encajar y entender la situación política exterior de manera sobrenatural y otras, se abandona al sistema como autómata. Una época narrada sin la tentación de caer en el lugar común. En Los libros de la guerra, en tanto, es el Fogwill polemizador, en primera persona, el que hace referencia, opina y analiza todos los temas posibles: poesía, literatura, aborto, familia, guerra, universidad, política, estado, dictadura, sexo, lucha armada, divorcio. Textos que alguna vez se publicaron y provocaron desde las páginas de Clarín, Diario de poesía, El ojo mocho, La Nación, Primera Plana, El porteño, Tiempo argentino y Ñ, y que hoy siguen vigentes.
En otro orden de cosas, Interzona, $36
Los libros de la Guerra, Mansalva, $56
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