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Kiarostami y Binoche versus el 3D quiebra taquillas

 


 
     

 



ESTE INVIERNO, UN DIRECTOR Y UNA ACTRIZ DE FUSTE LE HACEN FRENTE A LA INVASIÓN DE PELÍCULAS INFANTILES HOLLYWOODENSES CON COPIA CERTIFICADA, UN FILM QUE RECUERDA A LOS CLÁSICOS VIAGGIO IN ITALIA, DE ROSSELLINI Y AL DÚO DINÁMICO DE LINKLATER. 

Dos horas y pico con los pibes sentados y tranquilos son una bendición para cualquiera que quede a cargo de algún mocoso adorable durante las vacaciones de invierno. Distribuidores y exhibidores aprovechan los grandes estrenos del veranito boreal para pasar el invierno austral. ¿Qué les queda a los adultos sin menores a cargo? No mucho. Los complejos de cine son el enemigo en una cartelera infantil que no da respiro. Arranca con todo: Cars 2, el jueves 7; Harry Potter se despide una semana después y comparte fecha con Hermanitos del fin del mundo, la película de Topa y Muni del Disney Channel. Jim Carrey se aniña más en Los pingüinos de papá el mismo 21 de julio que se estrena la vernácula Las aventuras de Nahuel. Saliendo de las vacaciones, llegan las versiones 3D de Capitán América y Los pitufos.
El panorama es desalentador, pero ¿qué mejor que escapar a la Toscana? Hasta la campiña más bella de Italia viajó Abbas Kiarostami en Copia certificada, su primera película afrancesada. Kiarostami se aleja por primera vez de su Irán natal, un lugar que hoy no es el mejor para sus más prestigiosos cineastas: Jafar Panahi fue liberado hace unos días después de haber pasado más de un año en una cárcel donde denunció maltratos (en su condena se le prohíbe filmar, dar entrevistas o salir del país por más de 20 años) y Copia certificada no se verá en el país “por el modo de vestir de Juliette Binoche”, según el viceministro de Cultura iraní, Javad Shamaqdari.
El tímido escote de Binoche, aquí una galerista con un hijo inquieto, seduce en una conferencia al veterano debutante William Shimmel, un prestigioso escritor inglés obsesionado con el valor de la copia frente al original. Kiarostami habla de la reproducción con un romanticismo conmovedor en tiempos donde se cuestionan los mecanismos de reproducción más que el valor artístico intrínsico de una obra. Kiarostami no parece preocuparse ni por Napster ni por Taringa! pero, como quien no necesita subrayar las cosas para hacerlas saber, apela a la inteligencia colectiva del público.
Por momentos se hace difícil seguir ese debate planteado por Kiarostami, no por críptico, sino porque la belleza única de Toscana se apodera de la pantalla y el cineasta parece sentirse tan cómodo como cuando se paseaba en auto por la aridez del territorio iraní. Copia certificada recuerda a Viaggio in Italia, de Rossellini, tanto como a ese dúo dinámico Antes del amanecer y Antes del atardecer, de Richard Linklater. Kiarostami condensa las dos películas de Linklater de una manera única y desconcertante. Binoche y Shimmel se conocen cuando ella, su lectora, le deja su teléfono en una conferencia. Pasan juntos el día, una jornada que se vuelve tan larga como si se tratara de 15 años.


La seducción entre extraños estaba a punto caramelo cuando, sin aviso previo, la incipiente pareja comienza a actuar como un desgastadísimo matrimonio, con referencias a un pasado común, esquivo para el espectador. ¿Comenzaron el día fingiendo no conocerse? ¿Empezaron a fingir la repetición de una rutina agobiante como un juego de primerizos? ¿O Kiarostami cambia los personajes en pleno relato como un David Lynch de Medio Oriente?
Poco importa cuál de todas es la verdad de Kiarostami en Copia certificada. Mucho mejor es quedarse pensando cómo empieza a desvanecerse esa diferencia entre las dos historias. Original y reproducción se fusionan hasta volverse indistinguibles para el público y, tal vez, también para Kiarostami o los mismísimos protagonistas
Kiarostami aprovecha esta dualidad para, una vez más, reflexionar mientras expone el artificio cinematográfico, como lo reveló en aquel rebelde final de El sabor de la cereza. Ese cierre que indignó a tantos espectadores, al punto de haber sido aprovechado por buena parte de la mala crítica para ubicar al cine iraní como punching ball movido a fuerza de lugares comunes.
Lejos quedaron aquellos tiempos de El sabor de la cereza. Los 140 mil espectadores que consiguió la película cuando se estrenó en el ’98 hoy son impensables para un lanzamiento con una copia única en un cine como el Lorca. Las recomendaciones boca a boca ya no son lo que eran y el creciente cierre de salas da cuenta de eso. El público parece haber perdido vigor junto con el hábito de ir al cine y no parece estar dispuesto a arriesgarse fuera de los complejos. Kiarostami no perdió la osadía en estos años y, una vez más, ofrece una película distinta que nos reclama no dejar que se caiga de la cartelera enseguida. Copia certificada nos espera ahí afuera y nos pide que, en estas vacaciones, seamos adultos.

NAZARENO BREGA

 

 

 
     
 
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