El equilibrio perdido en el mercado de la informática se recupera gracias al software libre. La democracia, de las urnas al interior de la CPU.
Le guste o no a Bill Gates, Windows pasó de moda. Atrás quedaron los años de esplendor en plena década del ’90, cuando comprar una computadora era promesa de paisajes celestes y amigables, patrocinados por la alegría de ventanas voladoras y la imagen de un geek treintañero, exitoso, mitad yuppie mitad nerd: la clave para entender la cultura contemporánea se llama software libre, y los protagonistas no son más las grandes corporaciones, sino los propios usuarios.
El Movimiento (así lo llaman sus seguidores) nació a mediados de los ’80 con el objetivo de romper la barrera que las grandes empresas de software habían tendido alrededor de los códigos de programación. Hasta la aparición del llamado GNU (un sistema operativo maleable que permite la copia, alteración y difusión de nuevas versiones de manera gratuita), las computadoras funcionaban a base de un código cerrado al que los usuarios no tenían acceso. Si había problemas, se debía esperar a que la compañía lanzara una nueva versión al mercado.
Esto funcionó así hasta la aparición de Richard Stallman, un neogurú al que señalan como el responsable de haber revolucionado la cultura informática. Este físico barbudo, graduado en Harvard y con pinta de haber estado en Woodstock, rompió con el paradigma de genio tecnológico que había establecido Bill Gates. No sólo desde su look (sandalias y camisas leñadoras), sino también desde una concepción ideológica radicalmente distinta: era necesario intervenir directamente sobre el código para que cada persona pudiera acomodarlo mejor a sus necesidades, y compartirlo con otros.
La reciente visita de Stallman a la Argentina, con motivo del reparto de tres millones de laptops en colegios secundarios por parte del gobierno nacional, fue la demostración cabal de que nuestro país es ya una de las mecas del software libre. Stallman dio conferencias en la Cámara de Diputados y en Berazategui, donde asociaciones locales lo recibieron como a una estrella. Una cronista del portal Libre Cultura describió así su recibimiento: “Abriendo las compuertas del espacio y del tiempo, hace su entrada el gurú del movimiento por la lucha de una sociedad digital libre. El alquimista que ha develado la fórmula que escondía bajo siete llaves el dueño de las ventanas hacia una falsa libertad de cuatro colores. He aquí la mano que lucha por diluir el candado: Richard Stallman, fundador del Movimiento Software Libre”.
Tanta pompa no es casual: Stallman se ha convertido en el héroe del nuevo milenio para varias generaciones de usuarios informáticos. Los nombres de Linux y Ubuntu (sistemas operativos que funcionan sobre la base del GNU) son sinónimo de contracultura para millones de jóvenes criados en entornos virtuales. En la Argentina hay organizaciones dedicadas tiempo completo a la difusión de las ideas del software libre, que se ha convertido en la punta del iceberg de un movimiento más amplio tendiente a liberar distintos tipos de derecho de autor, desde canciones hasta patentes de medicamentos. Entidades como Libre Cultura, Bienes Comunes o Ubuntu-ar promueven los valores del movimiento con un fervor que redefine los límites de la militancia. No más manifestaciones callejeras ni asambleas: ahora el activismo está en los foros online.
En la página web local de Ubuntu, el Argentina LoCo Team publicó un código de conducta que recomienda “sé considerado, sé respetuoso, sé colaborativo”. Y la ONG Bienes Comunes (responsable de adecuar las licencias Creative Commons, que permiten compartir libremente obras publicadas en medios digitales), se dedica con pasión misionera a distribuir artículos y convocar nuevos miembros para sus proyectos. Bill Gates, mientras tanto, tiembla.
Alfredo Jaramillo
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