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La cruzada de los niños






Se sabe que la ciudad de La Plata más allá de ser el poder central del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires o la famosa “ciudad de la diagonales” es, además, una gran fábrica de rugbiers y músicos. Dejemos de lado a esos gordos que lloran abrazados cuando cantan el himno argentino y quedémonos con los músicos. La partitura del rock en la historia de la ciudad ya es legendaria: Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota, La anterior Cofradía de la Flor Solar en aquel verano inolvidable del 67 o el Virus genial de Federico Moura que certifica la frase de Carlos: la historia se repite primero como tragedia (la desgraciada muerte de Moura) y después como parodia (Miranda!). Y ya más reciente, Los peligrosos gorriones de Francisco Bochatón, banda a la que muchos músicos jóvenes de La Plata nombran como principal influencia. Pero bueno, esta isla mental a la que Benjamin Linus no le haría asco –La Plata– no para de producir música y de trabajar de manera colectiva. Ahora, entre muchos otros grupos, está surgiendo el poderoso sello Laptra, que tuvo su origen en una pequeña pieza del Barrio Jardín –una zona de casas bajas de trabajadores, que está puesta en ese lugar al que los platenses llaman “el culo de la ciudad” porque no está de cara a Buenos Aires–. Lo cierto es que este sello comandado por nenitos fanáticos de la música, las artes y la paideia en general (¿No está cerca de La Plata La Ciudad de los Niños?) está generando una cantidad de grupos de los cuales, quizá, el más conocido por ahora es El mató a un policía motorizado, que ya tiene hinchada propia en varias partes del país. Pero detrás de El mató... ya se hacen ver Shaman y los hombres en Llamas, 107 faunos y Prieto viaja al cosmos con Mariano. La producción de los discos y el arte de tapa de los mismos puede ser de cualquiera de los integrantes de estos grupos o de otros que esperan en gateras para grabar en la cantera de Laptra. De esta manera, lejos del individualismo canónico de cierto rock maldito de etiqueta, acá nos encontramos con unos artistas que entienden a la música –esa prueba de la existencia de Dios, según Kurt Voneguth– como algo colectivo. Si andan por la ciudad, vayan a la histórica pizzería Bacci donde los nenitos se alimentan a pizzas de espinaca y cerveza. Un buen cóctel mientras esperan envejecer.

Fabián Casas



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