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“San Martín era un contrabandista fumanchero”






CON SU REALISMO ATOLONDRADO, CUCURTO REVERSIONA LA REVOLUCION DE MAYO. NEGROS LIBERADOS, YANQUIS IMPERIALISTAS, VIRREYES GAYS Y FALSOS MANUEL BELGRANO, TODO SE MEZCLA EN UNA NOVELA DELIRANTE QUE, SEGUN EL AUTOR, TAMBIEN PONE EN EVIDENCIA LA ETERNA REPETICION DE LA HISTORIA.

La escena es cucurtiana: hay silbatos, cotillón, carpas de colores, bombos y platillos. También: banderas, arengas, cumbia en los parlantes y muñecos inflables. No estamos en un megabailable de Consti, no. Estamos en la Plaza del Congreso, convertida por unos días en un camping municipal, mientras dentro de la carpa mayor, aquella con cúpula que se ilumina por la noche, los legisladores discuten acerca de las retenciones. En una mesa, frente a una de las carpas del campo, los chicos de Eloisa Cartonera ofrecen sus libros-obras de arte de cartón. Está fresca la tarde; se escuchan viva la patria y abajo la oligarquía, y también traidores. Hay escarapelas y boinas rojas, y en algún lugar de ese enjambre de personas y consignas nos tenemos que encontrar con Washington Cucurto (República Dominicana, 1942) o, por lo menos, con Santiago Vega (Quilmes, 1973), la persona detrás del personaje. Cucurto es polémico, exuberante e insolente. Cucurto es zarpado, y su labia fluye como un río desbordado en la temporada de lluvias. Cucurto es sexópata, amante de la cumbia y de las negras culonas que la bailan; Cucurto es, se sabe ahora, luego de la aparición de 1810. La Revolución de Mayo vivida por los negros, pariente lejano de Ernesto Cucurtú, “héroe de Mayo, hijo y amante de San Martín, amamantado por una leona”. Y, sobre todo, Cucurto es muy distinto a Santiago Vega. O, mejor, todo lo contrario: “Cucurto es el personaje que aparece en los libros que fui editando en estos últimos tiempos. Libros que yo he definido así para etiquetarlos y también para darle algún tipo de espacio, como “realismo atolondrado”, que es más o menos el estilo de esos libros. Y Cucurto sería ese personaje que vive ahí en ese mundo que son los barrios de Once, Constitución, el mundo de la inmigración. A partir de ahí nace el personaje que aparece en casi todos los libros. Y también soy un poco yo, el autor. Juega con eso, el autor, el personaje; es un personaje de ficción pero yo firmo los libros como Cucurto”. Más cercano a alguno de los heterónimos de Pessoa, Cucurto no es un seudónimo, ni siquiera un alter ego, porque tiene vida e historia propia, y vaya que la tiene. “Pero me hago cargo de lo que dice Cucurto. Lo que pasa es que a veces se zarpa porque así es su mundo, donde él vive, donde el personaje agita. Entonces se manda todos esos comentarios, algunos acertados, otros muy errados, otros disparatados. Pero es el propio mundo el que genera que el personaje funcione de esa manera”. Ahora estamos en un bar de la avenida Rivadavia, lejos del color y el calor humano, de las banderas y los toros y pingüinos inflables. Por suerte, la tele clavada en Crónica permite algo de la atmósfera que se respira en los libros de Cucurto, mientras Santiago Vega habla pausado, pensando cada palabra, sin ánimos de polemizar ni salirse de la vaina. Cucurto apareció en el pequeño y resbaladizo terreno conocido como “literatura argentina” con Cosa de negros. Antes había publicado poesías: “Siempre escribí novelitas pero nunca me daban bola, nunca me editaban. Pero los libros de poemas me los publicaban rápido, pequeñas editoriales, pero siempre salían. Entonces yo les daba poemas, hasta que Interzona se animó con Cosa de negros”, cuenta. Y Cucurto brilló en el cielo literario. Luego vinieron Las aventuras del Sr Maíz, El curandero del Amor y la última: 1810. La Revolución de Mayo vivida por los negros, una relectura delirante pero a la vez comprometida de la historia reciente. Revisionismo cucurtiano, llamémoslo.

-En 1810 te metés en la historia en clave delirante…
-Sí, algo de eso hay. Aunque es más una lectura de la historia a través del presente. Cómo lo que pasó hace 200 años sigue pasando de la misma manera. Y hasta qué punto no se puede leer la historia como el presente actual. Entonces hice un juego con eso: la historia leída ahora. Y te vas dando cuenta de que pasan casi las mismas cosas. La Revolución de Mayo, el Virreinato, las colonias, es lo mismo que el imperialismo norteamericano, la independencia económica, de alguna manera la gesta es la misma. Es revisionismo, pero también una novela de aventuras.

-¿Y te interesaba la historia antes de zambullirte en ella?
-No, a medida que fui leyendo libros de historia me iba dando cuenta de que era todo lo mismo lo que pasaba ahora. Entonces me pareció muy sorprendente, empecé a dudar. Y un poco a reescribir esa historia, que a veces si la lees un poco te das cuenta de que no puede ser, que hay algo que está fallando, algo que no te están diciendo. Y leyendo entre líneas te das cuenta. Así surgen otras cosas: dudas, interrogantes. Los libros funcionan con todo eso que me disparó la lectura de la historia.

En 1810… Cucurto abandona el Once y Consti –al menos por un rato, porque aunque la historia suceda casi 200 años atrás, esos barrios ya están de alguna manera prefigurados en la aldea que era Buenos Aires– y viaja al Africa. Allí, en el continente negro, viven sus antepasados, los Cucurtú, que San Martín –el Libertador de América pero también, según Cucurto, un pansexual lleno de amantes, contrabandista y fumanchero– trae para América con el plan original de venderlos como esclavos. A partir de ahí, la historia –o la Historia, con mayúsculas– se fragmenta en mil astillas, todas filosas. En la Buenos Aires de hace 200 años se mezclan trenes y euros, turistas y negros liberados, yanquis imperialistas y virreyes gays, falsos Manuel Belgranos, amantes de San Martín –San Tincho para sus amigos–, los Cucurtú y los garcas de la Primera Junta y mucho más.

-Al leer 1810… da la sensación de que hay algo de escritura automática, de ejercicio surrealista, de ir escribiendo lo que se te ocurre. ¿Es así?
-Bueno, este es un procedimiento que utilizo siempre, mezclar las cosas, traer cosas viejas y mezclarlas con las actuales. Es una manera de hablar rápido, de no hablar como corresponde, de no prestar atención. Un poco jugar con eso. Pero después, no, no es escritura automática, trabajé mucho con el libro, lo pensé mucho. Lo que vos ves así como dicho a la ligera, acelerado, es así, pero intencionalmente, no es algo que se me escapó. Todo está pensado, casi todas las palabras. Incluso está pensado eso de que parezca algo dinámico, como un griterío, como dicho al pasar. Es un poco el tono del libro, como una charla de café, que uno habla y habla y habla. Esa es la idea: la vorágine de las cosas. Pero no porque lo haya escrito rápido, sino al contrario, lo escribí lento y era esa la idea; había un plan de escritura. Lo empecé hace como un año, y así fui armando la historia, despacio. Aunque el mismo Cucurto diga en sus libros que no le importa nada, algo que ocupa mucho lugar en sus novelas es la literatura. Así, aparecen reflexiones sobre Borges y Cortázar (en la reescritura cucurtiana de “Casa tomada”, intitulada “Dama tocada”, aclara: “Los expertos, las lectoras adolescentes de vincha y morral, los eternos soñadores del mundo reconocerán acá el origen del afano efectuado por un importante escritor del boom”), tucanes “perlongherescos”, un “topu gombrowicziano”, muñequitos articulados de Borges y David Viñas; la Sarlo y Ludmer, o los soldados “Aira, Mansilla, Gamerro y Cortázar” que “sableaban unos contra otros, dando inicio a toda una nueva literatura moderna”. Y Vega aclara: “En realidad lo que yo hago funciona dentro del ambiente literario, dentro de lo que es el mundo de los libros. Entonces, para lograr que ese mundo se arme, se genere, esté logrado, necesito hablar siempre de ese mundo e ir contando acerca de lo otro. No me serviría de nada hablar sólo del barrio de Constitución. No habría nada novedoso. En cambio en el cruce del mundo cultural de los libros con el de la cumbia, ahí se genera el cambio, la otra cosa. Si no, sería muy monótono todo.

-¿Le da entidad a tu literatura pertenecer al mundo literario?
-Sí, y también una vuelta de tuerca. Y pone a los libros dentro de un mundo, que los libros lo necesitan. Si no, serían libros perdidos, anarquistas, sin lectores. Mis libros funcionan ahí, dentro del campo literario. Apura el café Santiago Vega. Cucurto, en su lugar, empinaría una cerveza Condorina. En dos días se van los dos por un mes a Alemania a participar de una beca. Y en pocos minutos se van a la plaza, a ver cómo va la venta de los libros de Eloísa, perdidos en el mar de gente. Los cuerpos calientes por el roce, los micrófonos, la cumbia que aturde, los silbatos y los bombos, ese es el hábitat de Cucurto. Para qué distraerlo un segundo más.


FRANCISCO HUISMAN










 

 

   
       
       
         
         
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