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LEONARDO FAVIO VOLVIO A LA FICCION DESPUES DE 15 AÑOS DE AUSENCIA. ANICETO, SU NUEVA PELICULA, ES UN UNA OBRA ¿MUSICAL? ¿POETICA? QUE RESPONDE VIVAMENTE A SU HISTORIA. ALEJANDRO CARAVARIO NOS HABLA SOBRE FAVIO Y PLANTEA UN INTERROGANTE: EL MAS GRANDE CINEASTA ARGENTINO, ¿ES UN DIRECTOR POPULAR?

Así son los tiempos de Leonardo Favio: se tomó 15 años, después de Gatica, el mono para volver a la ficción (en el medio, se sabe, emprendió su kilométrico documental sobre el peronismo) con Aniceto, versión danzada de su film El romance del Aniceto y la Francisca (cuyo título completo también es kilométrico), basado en un cuento triste y perfecto de su hermano Zuhair Jury. Retomar su propia obra, y una de sus películas más hermosas, acaso favorezcan la sensación de summa, de poética pormenorizada y hasta de legado, pero resulta inevitable no verla como un compendio de su voluntad artística, una clase magistral que confirma su sensibilidad prodigiosa y, por supuesto, su lugar de bicho raro, inasible. Porque Aniceto va del susurro y el mundo íntimo al contraluz épico y el rojo sangre, un recorrido por los distintos tonos de su cine; del ballet clásico a las cuitas de las clases populares, en un gesto de libertad que puede inducir al desconcierto, sino fuera por su escrupulosa coherencia formal y la honestidad de su mirada, siempre a salvo de la extorsión tan tentadora cuando se retratan desdichas. Favio se ha hecho fama de artista popular. Tal vez por su militancia peronista, por mentar a la Virgen o por sus canciones de amor que se convirtieron en hits. Por su infancia sufrida y pobre en Mendoza o por un discurso despojado que ha defendido el sentimiento, el pago chico de las vidas ordinarias y castigadas, la opción por los débiles, como cantera creativa y pertenencia personal. Claro, también se ha valido de los géneros populares (su memoria del radioteatro, por caso). No obstante –prejuicio de mi parte, probablemente– la inclusión de Favio en el equipo popular como primera referencia siempre me sonó a coartada para derivar a un cómodo anaquel una obra compleja, y depurar con elegancia algunos desbordes (énfasis, caprichos, Soñar soñar) de quien, aunque pretende contar el cuento del pueblo (su noción del pueblo), sólo se impone la lealtad a su propio instinto. Arrogancia de artista (popular). Y vericuetos de un mundo narrativo que no ha transigido con la corrección de ninguna índole y, por lo tanto, ha tomado el riesgo permanente de irse a la banquina. La estética de Favio (por muchas filiaciones que le endilguen, por más que alguna vez haya estudiado minuciosamente a Robert Bresson y todo eso que sabemos) empieza y termina con él. Independencia rabiosa, inexorable. A Favio lo subyuga el mito. Pero sus héroes, incluso Gatica, que expresa el esplendor del peronismo y su potencia como reparación histórica, jamás son distinguidos con un valor moral positivo. Por lo general prevalecen las miserias (Aniceto es el colmo: fiolo, desleal, violento), sin embargo en el destino trágico no hay sentencia ni desquite sino la mirada tierna del que compadece. En la mitología de Leonardo Favio no hay santificación del pueblo ni gesta ejemplar, mucho menos carne de revolución. La mitología termina sometida al escaso rango humano. A los buenos los quiere cualquiera. Otra cosa es poner, como en un ejercicio de penitencia, el ojo ahí, sobre los bandidos y los pobres tipos, amorosamente. “Como Buñuel, como Lang, como Welles, Favio se abstiene de juzgar a sus personajes. En este sentido pertenece a aquello que André Bazin había definido como ‘el cine de la crueldad’. Es que, como dijo el crítico francés a propósito de Buñuel, esta crueldad ‘es totalmente objetiva. Es lucidez y nada tiene de pesimismo, y si la piedad queda fuera de su sistema estético, es porque lo empapa todo’”. Lo dicen Gonzalo Aguilar y David Oubiña, dos especialistas en la obra de Leonardo Favio, en El pensamiento emocional. Sí, piedad. Con su gravedad religiosa, me parece una palabra adecuada. Tengo para mí que, a pesar de los efectos de distancia, el cine de Favio reclama del espectador una sintonía afectiva y acaso política. Gente del palo. De lo contrario, su esmerada trama artesanal puede parecer el artificio excesivo del sentimentalismo. Cierto pudor o la lluvia de imágenes masivas que venden barato lágrimas de cotillón y cerveza helada tal vez colaboren a poner la emoción en entredicho. En cualquier caso, el cine de Favio propone una disposición y un compromiso mayores que la observación crítica (aprobatoria o no, gozosa o no) que normalmente está en juego dentro de las salas.

ALEJANDRO CARAVARIO






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