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con aires de verano...


   
 


EN JAMMING NO SOLO SE RESPIRA EL CULTO REGGAE, SINO QUE TAMBIEN SE ABRE LA CABEZA PARA ABORDAR OTRAS TEMATICAS ENRIQUECEDORAS. UNA MUY BUENA OPCION PARA APROVECHAR SI UNO SE QUEDO EN BUENOS AIRES EN ESTE TORRIDO VERANO.

Una casa antigua, pintada de blanco con detalles en rojo y verde, ilumina toda la cuadra de Loyola al 700 en Villa Crespo. La casa no solo se destaca por el excelente estado de su fachada, por la prolijidad y la limpieza de la vereda o por las bicicletas en la puerta; captura la atención por otra cosa: tiene algo que no se puede definir pero se siente, vibra, está en el aire. Justamente eso es lo que pasa en Jamming, un bar donde se le rinde culto al reggae. Pero sería muy simplista rotular a Jamming solo como un bar de reggae, porque es un proyecto integral que conecta una radio, un ciclo de fiestas, un portal de Internet, un lugar de encuentro, de intercambio, y todo entrelazado por la música de Bob Marley (entre otros).

En esta casa antigua, perfectamente refaccionada, hay un equilibrio entre la música, la luz que se filtra por los vitrales, las plantas que conectan con lo natural y la gente, que es muy agradable. En Jamming el ambiente es calmo, cálido, se respira una energía positiva, que se alimenta y que se regenera con los que van llegando. Ahora bien, un lugar donde sólo se escucha reggae, que está pintado con los colores de la bandera de Etiopía, que tiene una muestra de retratos de músicos rastafari –obra de Ana Laura Blanco–, que tiene platos como el panqueque “gran bajón Jamming”, da a entender que los clientes van a ser atendidos por tipos con dreadlocks hasta el piso, con los ojos rojos y que un plato va a tardar horas en salir de la cocina. Sin embargo, no es así. Tomás Portías, el director de contenidos, desmitifica esto que a primera vista pareciera ser una contradicción: “Nosotros queremos comunicar que el reggae es para todos. De hecho, mirános a nosotros, ninguno es rastafari y podemos escuchar reggae tranquilamente”. Hugo Martínez, que entre otras cosas, es el creador de la gráfica, amplía el concepto: “Nosotros venimos del rock. Y acá viene mucha gente de otros palos. Vienen metaleros y está todo bien, porque el reggae es una música para todos. Además demostramos que el que escucha reggae también tiene una vida normal, como cualquiera”.



Hace poco Hugo descubrió que el auge del género coincidió con la crisis de 2001. “Se dio justo en un momento de desesperanza, cuando se empezó a vivir una autosuperación interna y social. En ese momento hubo un crecimiento exponencial del reggae”. Hoy el género está instalado porque Buenos Aires es una parada obligada para los grupos internacionales y porque muchas bandas locales se asentaron en primera. “Se está dando con el reggae lo que se dio y se sigue dando con el rock: que se junten chicos muy jóvenes a tocar en un garage, y armen una banda. Los grupos maduran y se vuelven cada vez más profesionales, se preocupan por tener un buen sonido y por entregar un gran show al público”, cuenta Hugo.



Si bien la música es el motor que alimenta el proyecto, no es el único. Los chicos de Jamming vienen de la comunicación, del diseño, así que pensaron un espacio para que el cine también esté presente. Los miércoles hay un ciclo de cine de humor y los domingos, otro de fantasía. Películas como Los secretos de Harry, 800 balas, Laberinto y La historia sin fin se proyectan en el primer piso, a cielo abierto, bajo las estrellas. La entrada es libre, sólo se cobra la consumición. Hay algunos tragos que se prestan para acompañar un buen film, sobre todo con este clima tropical. Las opciones son caipirinha velho barreiro ($20), Jamming (un súper batido de baileys, whisky, leche, crema, chocolate y cerezas, $18), Éxodo (otro batido de licor de café con leche, $18), y para los más clásicos cervezas artesanales o industriales. Para comer hay un abanico bastante amplio: panqueques salados (de $14 a $17), papas a la pizza (con queso y tomate), baguetines incluso para vegetarianos (desde $12), woks (rondan los $20), pizzas (individuales o grandes) y picadas (a partir de $30). También postres suculentos como el banana jamming que es la fruta envuelta en panqueque con dulce de leche, ron, chocolate y crema ($17) o el ya mencionado gran bajón (es triple y va flambeado, $25).

Para los que se van a la costa, es probable que se topen con el parador Jamming en la playa del camping Pucará en el barrio norte de Villa Gesell. Se va a hacer una experiencia piloto con la radio y a partir de las seis de la tarde empezará la fiesta, seguramente amenizada por alguna banda y por el circo de los Trivenchi. Los que se quedan en Buenos Aires, además de escuchar buena música en el bar, pueden bailar en las fiestas –las que tienen su propia moneda, los pesos Jamming– que siguen, como todo el año, los viernes en Uniclub (Guardia Vieja 3360).

CECILIA CAMPOREALE

Jamming radio reggae bar
Loyola 788. 4771-7113.
Abierto todos los días, horario de verano: 17 al cierre. Ambiente: inmejorable. Promedio: $25.



 
       
     
 
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