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>BUENOS AIRES.


sueños encerrados en sobres lacrados


LA LEY 11.723 (235) DE PROPIEDAD INTELECTUAL PUEDE PARECER UN TRAMITE COMUN Y CORRIENTE, PERO MAS ALLA DEL DESTINO QUE TENGAn LAS DIFERENTES OBRAS QUE ALLI DESCANSAN, CADA UNA DE ELLAS COMPARTE UNA CONDICION: LA ILUSION DE HABER REALIZADO ALGO QUE LE ENTREGUE SATISFACCION AL AUTOR Y AL RESTO DEL PUBLICO.

Poemas que hablan de tú, escritos por esa mujer maquillada que podría ser alguna de las protagonistas de Boquitas pintadas, pero envejecida y expulsada por extremista del cliché de las páginas de Manuel Puig para caer, con su bolsita de alcanfor atada al cuello, en este lugar. Y acá está ella. Con su sobre de papel madera.
Versos que versan sobre su gato, su canario, las flores de su balcón que antes eran malvones pero ya no lo son y más lírica de señora emperifollada, mecanografiada en hoja A4 por su sobrina “que entiende de estas cosas”, todo apilado con esmero, abrochado con prolijidad y guardado con amor en el sobre de papel madera. Un sobre lacrado y firmado.
La letra es apretada, prolija, repleta de rulos. Una colita para arriba en la última “a” de Alicia, un firulete en la “T” de Torres y una raya fina que enmarca todo y sale vigorosa desde la “s” final de Valdés. Cada uno de los sobres de papel madera lacrados que hay en la Dirección Nacional del Derecho de Autor (D.N.D.A) tiene su firma “cruzando el cierre del mismo”, como piden en el “Formulario Instructivo”.
Alicia Torres de Valdés ya había estado antes acá. Fue cuando vino a retirar la “Soli-citud de depósito en custodia de Obra inédita no musical” en la Mesa de Entradas, por la módica suma de 14 pesos, que se llevó a su casa para completar. Esa misma noche la leyó, la llenó y la guardó junto a sus poemas en un sobre de papel madera que lacró con precisión. Y ahora está acá, como tantos otros, lista para entregar todo y llevarse, a cambio, el formulario con el número de expediente y fecha de registro. La cola es larga, pero no tanto.
Desde las 9.30 de la mañana, que pudo entrar, Alicia espera que la atiendan. Son las diez y tiene hambre, dice, porque llegó temprano “para no quedarse afuera”. Está ansiosa, como el resto de los ilusos de todas las edades y clases que van cada día, de lunes a viernes hasta las 13.30, al edificio de Moreno 1230. A todos los mueve el mismo fin: registrar la propiedad intelectual de sus creaciones para asegurar, de alguna forma, que esos sueños puestos por escrito en sobres lacrados son suyos, muy de ellos y de nadie más. El trámite no es obligatorio, caduca a los tres años y, si se quiere, se puede renovar.
La Ley 11.723 (235), “de Propiedad Intelectual”, fue sancionada por el Poder Ejecutivo Nacional en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1933. En su artículo 1º explica que sirve para “obras científicas, literarias y artísticas (…), escritos de toda naturaleza y extensión; (…) obras dramáticas, (…); las cinematográficas y pantomímicas (…), en fin: toda producción científica, literaria, artística o didáctica sea cual fuere el procedimiento de reproducción”.
La calle Moreno es finita, sucia, transitada. Desde todas las esquinas se puede ver venir la marea de sobres marrones hacia la puerta de vidrio. Son esas franjas en papel Contact dorado las que dan una sensación de modernidad, pero intuida desde la década el 70. Y es el vitreaux de colores vivos en la ventana del primer piso lo que deja adivinar que el edificio, en realidad, es centenario. Un guión televisivo que podría sacar de pobre a ese oficinista, que ya no quiere cumplir un horario, que está harto de ver la pantalla chica, que sólo anhela pasarse del otro lado. Una obra de teatro que mostraría el lado sensible de aquel empresario que en sus ratos libres se escapa a ver el off porteño y sueña con tirar, de una vez por todas, la corbata a la basura. Todo el contenido del blog contestatario del chico que trasnocha online criticando acciones gubernamentales y resaltando erratas de los diarios. La revista barrial de Berazategui escrita por un ciego con bastón blanco que se maneja siempre solo y no necesita ningún tipo de ayuda. La novela del joven escritor que trabaja en periodismo y que, agotado de desperdiciar su prosa cubriendo temporadas veraniegas en Punta del Este, finalmente decidió salir a buscar un editor de verdad.
Todos hacen la cola eterna en este edificio lleno de polvo. Todos se toman este enorme trabajo y nada parece desanimarlos, ni el calor del verano o el frío del invierno. “Siempre, todo el año, hay muchísima gente que viene y el horario pico es cerca del mediodía”, asegura un policía guapo, gallardo, que se sienta al lado, a unos metros, en la recepción del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, organismo del que depende la D.N.D.A.
El público se divide en dos grandes grupos. Por un lado están los que vienen siempre, por trabajo, más que nada cadetes que registran cosas de otros. Ellos saben exactamente qué hacer, se dirigen con seguridad a la ventanilla correcta y caminan con aplomo por este lugar que remite a imágenes de El Proceso, de Kafka. Y están los otros, los Josef vocacionales perdidos en la eternidad del mismo trámite, los que comparten la cara de desorientados y se aferran con fuerza a sus sobres lacrados.
En esta oficina, donde los deseos de oportunidad se amontonan, la venta de sobres sería una red de pesca perfecta: nadie en este mar de ilusos se negaría a pagar algún sobreprecio. No hay en los alrededores cercanos kiosco o local que los venda. Sin embargo, por algún extraño motivo, la viveza criolla aún no tocó con su varita a ningún buscavidas. Lo que hay, es simplemente un cartel, el mismo, pegado en la puerta y en varias paredes. “Sr. Usuario: La Dirección Nacional de Derecho de Autor NO provee sobres”, avisa, justificado al centro, en Times New Roman tamaño 20. Cada letra parece contar que fue tipiada por algún empleado harto de repetir esta carencia durante décadas.
Un pequeño clima de cofradía tiñe el ambiente. Hay solidaridad entre los soñadores, que se avisan dónde conseguir el sobre sin caminar demasiado, a qué ventanilla hay que ir. Un hombre de 60 años –pelo largo atado con colita, cartera de cuero tipo morral y alpargatas– le explica con tono docente a un chico –que mira desde atrás de sus anteojos de sol y escucha a pesar de su iPod prendido– qué quiere decir “lacrado”.
Entre cada uno de los presentes hay un universo entero de distancia, pero sin embargo comparten una característica en común: la rotunda y envidiable fe en la producción propia. Todos creen que en sus sobres lacrados hay un material codiciable, una obra creada por ellos que más de uno puede querer robar.
El oficinista, de hecho, le comenta a una chica, casi a los gritos, que él escribió “el programa que va a batir todos los récords de audiencia en la tele” y después, más bajito, le confiesa que de verdad teme que, al presentarlo, algún director de programación se atreva a dejarlo afuera del negocio. “Solamente pueden extraerse los sobres con la orden directa de un juez”, recita una de las empleadas del recinto, como si ofreciera agrandar el combo por dos pesitos más, y un anciano preocupado por el posible hurto de su ensayo inédito sobre la vida privada de José de San Martín manosea un poco su sobre lacrado, que finalmente entrega receloso, como hizo con los 20 anteriores durante la última década.
Los sobres marrones quedan en custodia por tres años, pero pasada esa fecha, si el usuario no renueva el trámite, todo ese papel enfrenta un mismo destino final. Al respecto, corre un rumor entre el público de Moreno 1230. La leyenda urbana que vive en este edificio cuenta que existe un empleado de la D.N.D.A que, fósforo y combustible en mano, hace una enorme pira. Entonces, si la suerte o el éxito no llegan a tiempo, las llamas oficiales del Estado pulverizan esa infinita biblioteca de sueños perdidos.


DANIELA PASIK


 
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