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fragmentos de un discurso amoroso




LA MUESTRA DEL PREMIO CATENA DE FOTOGRAFÍA FUNCIONA COMO UN  CATALOGO DE ESTILOS Y TENSIONES DE ESTE LENGUAJE EN LA ACTUALIDAD. MUESTRA CON AGUDEZA CÓMO LA FOTOGRAFÍA SE ALEJA DEL VIEJO ESTIGMA DEL REGISTRO DOCUMENTAL. LA GANADORA LORENA FERNÁNDEZ, CON MARIDO/LUNA DE MIEL/ARRASTRA MI CORAZÓN HACIA LA LUZ, TRABAJA SOBRE LA INTIMIDAD DE UN MATRIMONIO EN VIAJE DE UN MODO DIFERENTE.

“Una fotografía nunca puede ser real; se la considera como tal por las asunciones tácitas que hemos puesto en cuestión durante los últimos veinte años”. La frase del estadounidense Philip-Lorca di Corcia, más allá de su conciente resorte provocador y volátil es un buen pretexto para retomar ciertos problemas de la fotografía actual, un asunto que refleja y con el que dialoga, en un gesto estratégico y buscado, tan potente como fructífero, el Premio Catena de Fotografía Contemporánea 2008.
La muestra, una selección de diez trabajos curada por la prestigiosa Eva Grinstein, incluye una propuesta novedosa. Dirigida a artistas menores de 35 años, se les pidió que presentaran no una foto aislada sino conjuntos de imágenes fotográficas  pertenecientes a una misma serie, ensayo o proyecto, lo que posibilita, según escribe Grinstein en el catálogo, conocer mejor cada trabajo. Y, al mismo tiempo, le permite a cada fotógrafo –cada uno de los jóvenes tiene diversa trayectoria– disponer de un espacio propio infrecuente en galerías.
Sin la pretenciosa ambición de la hipérbole abarcativa, la muestra pone a disposición del público trabajos que funcionan como ventana caleidoscópica hacia las corrientes más fuertes de la producción fotográfica contemporánea, pero también funciona como prueba en sí de un estado de cosas.

Escenificación versus captación del azar
Sin querer ser exhaustivos ni reducir el sentido que cada ensayo propone, podríamos  decir que las obras recorren los vaivenes que van desde la escenificación del efecto del azar a la hiperplanificación; de la intervención conceptual más pura, al clima desestabilizante que se genera en la captación del “momento único”. Los trabajos convocados son evidencia del alejamiento de la fotografía de aquel viejo estigma que la colocaba más cerca del periodismo o del registro documental neutro que del arte, y en casi todos los casos la disposición múltiple, ensayística, genera climas y tensiones, verdaderos laboratorios conflictivos en los que conviven representaciones opuestas y análogas.
Es factible, entonces, armar núcleos posibles –quedarán muchos otros afuera– para vincular grupos de obras. Por un lado, los artistas que han trabajado en un período de tiempo, como Nicolás Martella, que se dedicó a capturar archivos visuales olvidados en las carpetas de las computadoras de locutorios y cibercafés. También los interesantes trabajos de Verónica Flom –que incluyen la impronta de la puesta en escena, de la concepción absoluta del decorado– con sus retratos anclados con textos que hacen referencia a los nombres de sus personajes. También la serie de Laura Códega, que coloca semillas en un teclado y una impresora en desuso y captura los momentos de la germinación. La intervención alcanza su momento más espeluznante al llegar a la última foto, que ofrece una perturbadora comprobación, la cuerda rota de la que hubiera tirado el alma surrealista sensible superada por el registro cuasiengañoso de lo real: los brotes verdes que crecen entre las teclas.
En otro grupo podemos colocar las imágenes que manifiestan la pulsión conquistadora de un espacio trastocado, la dimensión monumental y tibiamente inexpresiva de una ciudad manipulada en las postales retrofuturistas de Carolina Magnin. Sus visiones pixeladas obligan a cuestionar la condición anterior de la ciudad, o mejor: la condición de posibilidad de todas las ciudades. También en esta corriente podemos incluir a Julieta Ortiz de Latierro, que fotografía edificios en los que proyecta dibujos durante la noche.
La convocatoria de la galería previó la elección de un primer premio y de una mención. Germán Ruiz, ganador de la mención con sus fotografías tituladas “retrato”, “hogar”, “naturaleza” (una toma de un perro mirando un empapelado), se inclina por una propuesta muy interesante usando la sutileza del humor en su mejor expresión.

Inaprensible luna de miel
El Primer Premio fue para marido/luna de miel/arrastra mi corazón hacia la luz de Lorena Fernández quien, entre otros caminos de lectura posibles, se inscribe en la línea de quienes trabajan sobre la intimidad, pero de manera bien diferenciada del resto de los trabajos que bordean el tópico, como la también atrapante serie Una familia muy normal, de Alina Schwarcz.
El trabajo de Fernández está montado sobre un empapelado hogareño que la propia artista hizo colocar, y sobre el que colgó cada foto sostenida en marcos dorados; las líneas de una calidez doméstica entendida desde otra época.
La obra tiene el mérito de llegar hasta el final con su propuesta, como si en cada una de las piezas y en su orden estuviera cifrada la suma de una profundidad, los vértices con los que los estatutos de lo que llamamos arte construyen su verdad última, luego de socavar los contornos de cada frontera expuesta, en forma de pregunta. En su radicalidad –que no implica exceso- la obra parece manifestar que nada de eso podría decirse de otro modo para animarnos a destilar un pensamiento nuevo, movido por las capas sensibles de lo próximo, reorganizado, distinto, vuelto a ver. Porque la “luna de miel” de Fernández no incluye daiquiris en la playa pero sí instantes de un “marido” que adquiere la pose y el halo de santo pero, al mismo tiempo, en su imagen multiplicada en varias fotografías resignifica un juego tenso entre lo reconocible y lo totalmente otro. ¿Quién, fuera del vínculo amoroso podría identificar al hombre en una toma en la que aparece de espaldas, una porción apenas de piel; leer esa parte extraña de un cuerpo inclinado hacia un lago como a un sujeto único? Y esa foto del elefante, de una dimensión que invita verla mil veces ¿es un objeto que las abuelas colocaban en sus repisas de recién casadas o una escultura a tamaño real? Las mujeres (sólo tres en toda la serie; que integran otro trabajo de la artista) ¿están felices al ser colegialas, adolescentes, la remera de “I love boys” con la cara de la Pitufina, en ese imaginario encendido, juvenil, hiperbólico? La tercera es apenas una silueta femenina, indefinida. El color de las flores, presentes en varias de las piezas, la fuga de la escalera de un hotel, el sepia y el blanco y negro; la imagen borrosa de un paisaje -¿los que ven los enamorados desde un tren o el efecto de obturación le da confusión, incertidumbre al futuro?- no hacen más que conformar el efecto de intensidad mencionado al principio.
Más allá de la técnica utilizada, la tensión entre la emotiva calidez y el estallido de sentido que adquiere el conjunto configura no sólo un universo personal, sino un clima en que el visitante no puede dejar de sentirse interpelado, a la vez que parte. Los ejes que podrían leerse en la estructura de la obra rozan por momentos la polaridad (lo hiperpróximo-lo ilegible, etc) pero el efecto del proyecto está más cerca de la complejidad que de la paradoja, al referir, desde perspectivas inesperadas, un mundo que encierra un núcleo de bifurcaciones retroalimentándose. Desde la ternura y la melancolía hasta el apego a la cercanía y el temor, menos nihilista que romántico, el ensayo de Fernández habla de la caducidad y el temor la pérdida, pero también de la intensidad de los vínculos. Si en algún momento de Fragmentos de un discurso amoroso Barthes dice que “no hay felicidad en la estructura pero toda estructura es habitable, lo que constituye, tal vez, su mejor definición”, Fernández continúa la idea desvirtuándola, haciendo de los espacios del amor, nuevas superficies de cruce entre el descubrimiento, la más pueril o aterradora intimidad y aquel viejo dato de que la felicidad debe ser tomada con cautela porque nada, casi nada, dura para siempre.

Sonia Budassi

Premio Catena de Fotografía
Contemporánea 2008
De martes a sábados de 12 a 20, hasta el 20 de febrero.
En Catena fotografía Contemporánea, Honduras 4882, 1er piso.

Artistas: Laura Codega/Lorena Fernández/Verónica Flom/ Carolina Magnin/Fernando Mariano/Nicolás Martella/Julieta Ortiz de Latierro/Martín Rubini/Germán Ruiz /Alina Schwarcz
Jurado de selección y premiación: Eva Grinstein, Gabriel Werthein, Joanna Foster, Hernan Zavaleta, Rosana Schoijett.

 

 
 
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