el aullido de las saudades
CARLOS SAURA, DESPUES DE INVESTIGAR AL FLAMENCO Y AL TANGO, DESPUNTA OTRO DE SUS BERRETINES MUSICALES CON LA PELICULA FADOS, QUE RECHAZA LOS PREDICADOS OCIOSOS Y SE CENTRA EN LAS CUESTIONES CENTRALES DE LA MATERIA. IGUAL, COHERENTE A SU ESTILO, DONDE PODRIA HABER UN TESTIMONIO ACADEMICO, SAURA PREFIERE QUE SOLO HAYA FADOS Y FADISTAS, CANTO Y DANZA. EN SINTESIS, CONSTRUYO UNA OBRA DE EXCELENCIA.
El berretín de Carlos Saura con el musical es de larga data. Con Bodas de sangre (1981) despunta su afición y también da comienzo la saga junto al gran Antonio Gades, aunque los caballeros recordamos más a la imponente Laura del Sol (Carmen y El amor brujo). Pasiones tormentosas, narradas con taconeo, palmas y el crepitar de las cuerdas. Historias que, con el tiempo, se ve que empezaron a estorbar. Porque Saura quiso centrarse en la música y la danza sin coartadas argumentales, más precisamente en los géneros populares tiznados de mala vida (por lo menos hasta su apropiación como cultura oficial y cita turística). Así, auscultó el flamenco y el tango, antes de meterse con el aullido de las saudades, el más que melancólico fado. Fados, título que, en línea con sus films anteriores, rechaza predicados ociosos y, con la marca del plural, advierte sobre los matices y complejidad de la materia, acaba de estrenarse en la Argentina. Y es un delicado trance por el que sugiero –con modestia amateur, desde ya– pasar sin demoras.
El rastreo de los orígenes del género divide las opiniones entre Brasil y Cabo Verde, y su itinerario va desde el bajo fondo hasta los pisos aristocráticos (y desde el verso callejero hasta la poesía erudita). Por lo demás, no faltan alusiones al fado como compuesto metafísico, expresión de un sentimiento (triste) nacional, en concordancia con los mitos fundadores lusitanos. En total, una fruta tentadora para la “investigación”, el contrapunto y la didáctica. Cuando no para la inspección etnográfica, las resonancias políticas y, por supuesto, al tratarse de una expresión plebeya, para la reivindicación. Pero no.
Tal vez porque Portugal y el fado envían a Saura a experiencias entrañables de su juventud (así se lo dijo al diario La Nación), ha entendido la película como un apunte íntimo y, básicamente, un homenaje. De modo que allí donde podría haber un testimonio costumbrista o académico, información de archivo, crónica en primera persona o entorno social, sólo hay fados y fadistas. Canto y danza. Sin soporte en off, sin presentación de los artistas (todos comparten democráticamente los minúsculos créditos al final) ni letra en pantalla, salvo el subtitulado de las canciones y el escueto párrafo de apertura que fija la irrupción del género en el siglo XIX.
Si Saura se entregó a su sensibilidad retroactiva (y nada más traicionero que actualizar la mocedad) se cuidó muy bien del desborde. Se cuidó en exceso, como si hubiera vislumbrado una traición. Al punto de borrarse, de sobrevivir apenas, como máxima intromisión, en paneos discretos del set, esa superficie plana sin otros signos que los cantores y bailarines, la duplicación de un panel de espejos y unas pocas imágenes “de fondo”, como la bellísima Lisboa mientras canta Carlos do Carmo.
Voto de austeridad, entonces. Producto bruto. Si no sonara despectivo, diría que Saura razonó como un verdadero hombre del espectáculo. Que apartó posibles usos indebidos e infiltraciones a la verdad del show. Esta vez, esa verdad es una sucesión de estrellas del fado (fuerte ese aplauso para la mozambiqueña platinada Mariza, sol de la película), más algunos préstamos como el genial Chico Buarque y Caetano Veloso, que toca la acojonante “Estranha forma de vida”, de Amalia Rodrigues.
La referencia que precede a cada interpretación (“Fado batido”, “Homenaje a Alfredo Marceneiro”, “Revolución”, “Fado flamenco” y así) ordena el film en “capítulos”, pero no mella el efecto de totalidad, de flujo continuo y diverso. El recorrido abarca formas decimonónicas, acentos africanos o españoles, clásicos como postales lisboetas y hasta cruzas con el hip hop.
Algunas imágenes nos llevan a un ensayo de Amalia Rodrigues, a la voz reseca de Maraceneiro (pucho en mano, un Tom Waits del fado) y a la Revolución de los Claveles que puso fin a la legendaria dictadura salazarista. Pero son notas secundarias, reconocimientos obligados acaso, que nunca desplazan la atención del escenario. Allí están todas las herramientas de la narración, bajo la incesante lluvia de arpegios de la guitarra portuguesa, especie de laúd que identifica al género y que se clava en la memoria.
Habrá quien deslice una objeción por la eufonía sin fisuras, por la fotografía exquisita, el aire cool de alguna coreografía; por el make up, en suma, de un arte del que tal vez se espera un poco más de mugre. Hasta la escena de la taberna, réplica del clima arrabalero y espeso en el que el fado despegó, tiene la pulcritud y el público atildado de un teatro de prestigio. Es que, habiendo renunciado desde el vamos a la virtud documental, Saura despliega el mejor tinglado (y el más económico, se dijo) para el puro deleite. Ese es el lugar de encuentro con el espectador. Y no hay otro clima que intente rescatar que el de excelencia. El que merecen, según Saura, las gargantas más prodigiosas de esa música del alma y arte mayor. Así se hacen los homenajes.
ALEJANDRO CARAVARIO
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