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una fábula moral

 

 
     

 



ESTE MES SE ESTRENA LA MIRADA INVISIBLE, FILM DE DIEGO LERMAN BASADO EN UNA NOVELA DE MARTIN KOHAN. UN THRILLER SUTIL CON EL COLEGIO NACIONAL BUENOS AIRES COMO ESCENARIO Y LOS ESTERTORES DE LA DICTADURA COMO CONTEXTO.

“Sean eternos los laureles…” Mientras la cámara recorre el interior de un edificio aristocrático, suena el coro del Himno Nacional. Baldosas pulidas, gruesas columnas de mármol, escaleras de gran altura; la arquitectura preside y condiciona la acción a punto de desarrollarse. Lentamente, el paneo muestra a un grupo de estudiantes de secundario, alineados en estricta formación geométrica. La mirada invisible –film de Diego Lerman con estreno previsto para mediados de agosto, basado en la novela Ciencias morales, de Martín Kohan– transcurre dentro del Colegio Nacional Buenos Aires durante 1982. El tono festivo de la música patria contrasta con el clima enrarecido que se desprende de aquella situación estándar de la vida escolar. Sin anticipar ningún detalle de la trama, el director, a través de la puesta en escena, produce intranquilidad.
La decisión de narrar una historia de suspenso y situarla en un período de fuerte impacto sociopolítico implica una variante interesante dentro del cine de género. La diferencia con otros casos (Crónica de una fuga, de Adrián Caetano, es tal vez el ejemplo más claro) es que Lerman no sale a buscar el efecto thriller, el subrayado, sino más bien lo contrario. En este sentido, la dupla protagonista representa el signo más evidente de la delicada conjunción entre ficción y realidad. María Teresa y el señor Biasutto (impresionantes Julieta Zylberberg y Osmar Núñez) son dos seres que no pueden ser más opuestos, dos figuras arquetípicas, accesibles y minuciosamente encarnadas.


Ella es la preceptora inexperta, una veinteañera diminuta apenas algunos años mayor que los jóvenes a su cargo. Lleva un nombre de señora y de santa; es una joven avejentada, de apariencia reprimida, vestida con camisitas holgadas y abrochadas hasta el último botón, polleras largas y zapatos de monja. El, en cambio, es jefe de preceptores, un hombre que rondará los cincuenta y pico, gigante, de voz cavernosa. Siempre de traje y bien perfumado, guardián del orden, portavoz de los ideales institucionales. El antagonismo entre el lobo feroz –seductor, paternalista y atemorizante– y la cándida Marita (como la llaman a ella) es el núcleo fuerte que organiza la intriga. Tradición genérica pura que, por su simpleza, habilita más de una lectura o interpretación de los hechos.
Toda la historia es presentada desde la óptica de la protagonista, por lo que el espectador inevitablemente se acopla a un personaje gris. Según las palabras del director, esto fue lo primero que lo sedujo de la novela: su punto de vista. ”El libro de Martín Kohan cuenta una historia condensada en donde el fuera de campo tiene un valor preponderante. No es un argumento que ponga blanco sobre negro sino que ahonda en otros aspectos de lo que fue el sistema represivo de la dictadura militar, desde la subjetividad de un personaje ajeno al contexto, sexualmente reprimido y en estado de búsqueda”, explica.
La focalización alimenta el nerviosismo porque María Teresa está en un momento de transiciones y observa la realidad desde el desamparo y la confusión. Su incomodidad (que es la del público) es reforzada continuamente por la puesta en escena. Por ejemplo, desde la dirección de fotografía, es evidente la diferencia de luz entre el blanco mortecino del colegio y las tonalidades anaranjadas de la intimidad de su hogar, ese entorno cálido, netamente femenino (vive con su madre y su abuela) en donde se la puede ver más relajada porque se vuelve una chiquita a quien visten, peinan y alimentan. Julieta Zylberberg se carga al hombro la película: sus exquisitos gestos expresan la angustia insoportable de una joven desbordada de fantasías.


El sometimiento a las reglas y la inmersión en las tareas de vigilancia serán las vías de acceso de Marita hacia un extraño lugar de exploración personal. En el cumplimiento de su trabajo, en la determinación obsesiva por lanzar esa mirada invisible que controla a los alumnos, aparece inesperadamente un espacio para desatarse y conocerse. Mientras trabaja y sueña despierta, los cuerpos dóciles de los estudiantes se someten a la repetición, a la observancia y el castigo. Como explica Biasutto –su contrapunto–, la atención permanente es la clave de la disciplina; los signos visibles son los más importantes.
Así, el ambiente escolar, con la detallada observancia de rituales correccionales (tomar distancia, vestir uniforme pulcro, mostrar una expresión seria), propicia perfectamente tanto el escondite como la sospecha. Entonces Marita se obsesiona y se propone una investigación insólita: dice sentir olor a cigarrillo en el baño de hombres. La pesquisa autoimpuesta es riesgosa y excitante, el detonante perfecto para que la aplicación a ultranza de la vigilancia muestre su revés.
Los mosaicos blancos y negros del piso del patio grafican los extremos tajantes de una organización reticular, en donde la tensión es cada vez mayor. Resabios de la represión, síntomas de la violencia latente, el afuera y el adentro se intercambian, aunque jamás se explique la situación en las calles. Como por un fenómeno de ósmosis, lentamente, el horror se filtra, hasta estallar por completo, todo gracias a la forma simple que auspicia el género.
Como señala el teórico Christian Metz en su libro El significante imaginario: “Los films tienen algo de sueño, algo de fantasma, algo del intercambio y de la identificación cruzada entre el voyeurismo y el exhibicionismo”. Esto aparece problematizado en La mirada invisible gracias a una transformación impactante de Julieta Zylberberg.
El espectador de cine siempre es un sujeto pendiente de una imagen, atento y cautivo de las visiones y sonidos en la oscuridad de la sala. El suspenso atrapante de esta fábula moral no sólo implica entretenimiento, sino que abre nuevos sentidos. La participación emocional también puede ser una vía de acceso a la reflexión y a la revisión histórica.

FERNANDA ALARCON

 

 

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