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ESTA ES LA VOZ DE LOS MARCIANOS. Por Fabián Casas.


la inciativa Dalma
 
 
     

 



Eran los meses previos al Mundial ‘74. Hacía poco que yo podía concentrarme viendo fútbol por TV en blanco y negro. Antes me aburría. Recuerdo que la Selección Argentina de esa época –la que lloró con la muerte de Perón– jugaba un amistoso en Wembley contra Inglaterra. Mi viejo estaba en piyama, sentado con un trago frente al televisor. Yo estaba parado detrás, con nueve años. Mi viejo ya era un hombre maduro con tres hijos. Un futbolero fanático del buen pie. “El Mariscal, el Mariscal”, repetía como un mantra entre trago y trago. Desde esa época, la palabra Mariscal me parece genial. El Mariscal era Perfumo. Mi viejo lo admiraba. Recuerdo que me largó una sarta de mensajes didácticos mientras veíamos el partido. “Mirá la clase que tiene, mirá cómo la lleva atada. Cómo siempre se la da redonda. Pega cuando tiene que pegar. Eso es personalidad; si no, te pasan por encima. Ah, ¡el Mariscal, el Mariscal!” No me acuerdo cómo salió ese partido; me parece que empatamos.
Tiempo después leí un libro demencial de Reynaldo Arenas que empezaba con esta frase: “Vienen por el corojal”. Recuerdo que me encantó porque en un sustrato mental donde quedan instaladas todas las cosas que amamos, yo escuché que decía, en verdad, “vienen por el Mariscal”. Porque eso fue lo que pasó ni bien pasamos a los bifes y jugamos el Mundial ‘74. El Mundial ‘74: yo todavía muy joven y con la idea de país en el corazón… La juventud peronista llenando las plazas y la revolución a la vuelta de la esquina. Mi primo –mi hermano mayor, que vivía en la pieza de adelante de casa– tomando su facultad y recorriendo las villas para pasar cine e instruir a los que no tenían nada. El Hospital de Niños en el Sheraton Hotel. Ayala y Heredia, dos jugadores hermosos del CASLA, y mi hermanito más chico fanatizado con René Houseman. Lo cierto es que vinieron por el Mariscal. La situación se repitió: mi viejo y yo sentados para verlo jugar contra la Holanda de Johan Cruyff y Rinus Michels. Holanda, una selección con ropa naranja, extravagante, que concentraba con sus mujeres, hacía un culto del viva la pepa y estaba en contra de todo lo que fuera conservador en el fútbol, nos dio un pesto demoledor con cuatro goles de regalo.
El Mariscal no pudo parar a nadie porque Argentina jugaba con marcas asignadas y los holandeses no jugaban con puestos fijos. Circulaban a un toque por pelota. No retenían el balón más de lo necesario y siempre había tres triangulando para mostrarse de descarga. Era el famoso fútbol total y creo que desde esa época no hay una renovación del juego de esas dimensiones. Había un crack, Cruyff, pero lo secundaba un equipo letal. Así como los escritores argentinos no tienen que soportar el peso de una gran tradición –eso debería volverlos más libres y osados, Borges dixit–, los holandeses tampoco estaban sujetos a estos mandatos y pudieron inspirarse libremente en otros deportes como, por ejemplo, la circulación del handball. Tomar algo establecido y ponerlo en estado de riesgo, de incertidumbre, pero hacerlo con alegría y disciplina ¿Hay algo más perfecto que esto?
Hace poco mi sensei de karate paró la clase y le preguntó a una alumna por qué estaba enojada. La chica tenía el ceño fruncido. “El karate es alegría; si no, para qué lo hacemos”, le dijo. Johan Cruyff, cuando seleccionaba jugadores tanto para el Ajax como para el Barcelona, miraba detenidamente las fotos de los aspirantes tomadas durante el juego: si tenían los puños cerrados o cara de crispación, no eran tenidos en cuenta. “Queríamos gente que se divirtiera jugando”, dice en el libro Mis futbolistas y yo. Cruyff también les pedía a sus jugadores disciplina táctica dentro de la cancha. Y generosidad para con sus compañeros. Con Rijkaard, por ejemplo, siempre tuvo conflictos por su pereza para marcar. “No tenés que esperar que recupere el balón tu compañero; tenés que colaborar vos”, le decía el genial número 14 de la Naranja Mecánica. Para Cruyff, recuperar, ser solidario, no jugar sólo para él, era fundamental para ser un crack.
Pienso en esos jugadores que en un córner rival se están acomodando la melena para seducir a futuras botineras a través de las fotos del diario de mañana. Ser observados a través de la intrusión poderosa de la tecnología –movileros orbitando el césped, cámaras arriba, abajo y en el piso, celulares hasta en el orto, ¿cuánto falta para que un jugador juegue con una microcámara que nos permita ver desde adentro, como en la Fórmula Uno?– ha ido debilitando el pathos del jugador, que no tiene alguien encima que le imponga disciplina táctica y vital.
Esteban Schmidt me recordaba en una cena reciente esa frase de Céline en Viaje al fin de la noche, la que dice que el descubrimiento del hielo debilitó a los soldados durante la guerra porque los hizo dejar de disfrutar el agua o el alcohol como lo venían tomando hasta ese momento. Con hielo o sin hielo, o con soda, mi viejo quedó demolido cuando el Mariscal terminó gateando por la fuerza centrífuga del esquema naranja instalado por Rinus Michels.
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento del diario Olé donde trabajé, me tocó editar las columnas de Roberto Perfumo. Le conté al Mariscal de esa tarde fatídica con mi viejo, de cómo él no podía sostenerme la mirada por la debacle total de su ídolo. Porque en algún lugar de su ser intuía que su hijo había avizorado un futuro mejor por el qué vivir –se había enloquecido– con la propuesta demoledora de la Holanda de Cruyff. No era cuestión de países ni de himnos cantados llorando, esas boludeces que irremediablemente llevan a la guerra. Era cuestión de mezclar, de tomar de todos lados, de hacer la revolución de la alegría, en la cancha y en la vida, como la pregonaba mi primo. Perfumo me dijo: “Nosotros no sabíamos a quién marcar. Parecía una anarquía. Cualquiera jugaba en cualquier lado. Era algo nuevo que nos estaba pasando”.
Llegó la final del Mundial que miramos todos en casa a la hora del almuerzo, un domingo nublado. El comienzo de ese partido es el mejor comienzo de la literatura universal. Una idea de plasticidad y belleza puesta al máximo. Holanda tocó la pelota en su campo, la hizo circular de un lado a otro hasta que Cruyff la puso bajo la suela, encaró a la defensa alemana y le hicieron penal. Pateó Johan Neeskens y fue gol con apenas dos minutos de juego. ¡Qué haiku inmortal para los que nos gusta el fútbol! Ningún alemán la tocó hasta que Sepp Maier la fue a buscar al fondo de la red. En el libro que cité más arriba, Johan Cruyff dice algo muy particular, que sirve para marcar toda una personalidad. Dice que le gustaban como arqueros muchos jugadores. Nombra a Yashin y a Banks, pero se queda con el brasileño Gilmar porque “aunque a muchos les pueda parecer una bobada, el nombre Gilmar suena precioso”. ¡Qué crack!
Ayer, en la final del mundo, el espíritu de Johan Cruyff reinó y se llevó el título. El fin nunca justifica los medios, como quieren los abanderados de la real politik. Hay que formar a los jugadores desde la inferiores, educarlos, hacerlos generosos, intrépidos y con un gran respeto por el adversario, sin el que no somos nada. Diego Maradona fue un jugador descomunal. Un rebelde táctico bendecido por un don. Los jugadores del porvenir deberían aprender eso de él. El maradonismo, en cambio, la alternativa Dalma, es un estado conservador –aunque a muchos librepensadores les parezca la encarnación de Charles Bukowski–, la perpetua repetición del error conceptual más doloroso para una persona: creer que el destino nos debe algo, que encarnamos el ser universal, que somos el pueblo elegido, la raza pura, los condecorados por Alá, puro merchandising barato y de corta duración, pero que suele costar sangre, sudor y lágrimas.

FABIAN CASAS

 
     
 
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