LETRAS. Por Fernanda Nicolini.
“es imposible recordar sin el auxilio de la imaginación”

CON LA NOVELA EN LA PAUSA, DIEGO MERET GANO EL PREMIO INDIO RICO DE AUTOBIOGRAFIA, EN LA QUE NARRA LA HISTORIA DE ALGUIEN QUE, A PARTIR DE LA APARICION DE UN LIBRO EN SU CASA, SE CONVIERTE EN LECTOR Y EN ESCRITOR. LA MEMORIA COMO UNA CONSTRUCCION FICCIONAL.
“La casa donde nací, como la de tantos amigos del barrio, era casa de un solo libro. Y no es metáfora ni cosa semejante. Incluso, y aunque admito que estoy dándole paso a una mentira, recuerdo la vez que mi madre lo compró. Por eso dije, unas palabras antes: ‘como la de tantos amigos del barrio’. Porque, en una misma tarde, mi casa y las casas de mis amigos dejaron de ser pequeñas construcciones sin libros. Un hábil vendedor ambulante, efectivo, depositó un libro en cada casa: el Martín Fierro. No podía haber objeto más extraño que ese libro”.
Así empieza En la pausa (Editorial Mansalva), el libro que Diego Meret se propuso escribir el día que le entregaron una mención por su nouvelle La Ira del Curupí y Arturo Carrera anunció que el próximo concurso Indio Rico, por el que lo acababan de premiar, sería sobre autobiografía. “Por entonces estaba escribiendo una novelita medio autobiográfica, con Michael Jackson y otros personajes, que me sirvió como punto de partida. Así que escribí este libro, lo mandé por correo y esperé”, cuenta.
Fue una espera fructífera porque Meret, que nació en 1977 en Morón y trabajó como obrero textil durante siete años, se llevó el primer premio. La Pausa, armada de retazos de infancia, adolescencia y juventud, está narrada por alguien conciente de que todo recuerdo es parte de una ficción. Y, a través de estos paisajes falseados, no sólo se propone rearmar un pasado sino descubrir su propia formación como lector que empieza con ese libro único como objeto magnético, que luego atraviesa las pistas de los noventa en las que lo único que se puede hacer es tomar cerveza en la calle y pasar el tiempo con amigos que confunden la Unión Cívica Radical con la Unión Soviética (“estábamos como vaciados”), y que finalmente recala en esa juventud de obrero textil en la que la avidez por leer todo lo que estuviera a su alcance decanta en las ganas de escribir (que se plasma en poemas en la puerta del baño de la fábrica, un lugar en el que nadie lee).
“No me preocupé demasiado por respetar cuestiones de género –aclara Meret–, pero lo que vi claro cuando empecé a narrar fue que tenía que permitirme zonas de confusión, ya que es el relato autobiográfico de un joven escritor titubeante, de alguien que necesita tanto ‘hacer vida’ como ‘hacer escritura’”.
–El narrador todo el tiempo pone en duda la veracidad de sus recuerdos, ¿cuál es la relación, el límite, entre lo autobiográfico y la ficción?
–Supongo que conviene hablar de relación y no de límite, porque, como suele decirse, la autobiografía con motivación literaria incluye a la ficción. En tanto género literario por fuerza se sirve de la imaginación y además, es el que recala con mayor insistencia en la memoria. De modo que de entrada hay que trabajar con la memoria y con la imaginación en forma simultánea, plantearse esto como problema y después optar: pensar sobre qué campo uno prefiere derramar lo que se va a contar, si avanzar a través de ‘lo histórico’ o a través de ‘lo poético’, que son las dos lecturas posibles de la realidad. Y, como ‘la realidad es un ensueño compartido’, al escribir la realidad desde un planteo literario de algún modo la estás corriendo del consenso y la negás.
–¿Y por qué explicitás esta operación?
–Primero por una necesidad argumental y luego para dejar en claro desde el inicio que el camino por el que decide avanzar el personaje es el poético. Y a esto se suma la cuestión del recuerdo. Y, entonces, hay una doble transposición: recordar, que es una operación imposible de llevar a cabo sin el auxilio de la imaginación, y escribir, que es el traspaso de la realidad al recuerdo y del recuerdo a la forma en el papel, al texto.
–El narrador marca la diferencia entre el mundo de los libros y su propio contexto. ¿Es una manera de establecer cierta transgresión social?
–Puede ser. Pero el personaje en realidad no se mueve con fuerza trasgresora. Digamos que quiere leer y punto. Sí está el tema de torcer el rumbo que la propia familia le sugiere: ir tras objetivos concretos, eso es así. Él va tras la lectura, que se le presenta como lo opuesto a lo concreto. En ese sentido sí hace lo que nadie espera, traza un giro imprevisto, lo que a lo mejor puede desembocar en una aparente trasgresión. Sin embargo, es algo que no maneja. Escribe contra la puerta de un baño de la fábrica porque en la puerta está el poema. Y no le interesa otra cosa que el poema. Y el primer libro, el libro que le abre paso a otro muchos, es un episodio fortuito: el personaje bien podría no haberlo visto nunca, incluso el libro pasa a ser un adorno… y los adornos son objetos que nadie ve. Pero llega a su casa, lo llama, y, pese a que el libro no le gusta nada, lo empuja hacia un modo de estar que desconocía. Lo seduce eso que va sintiendo… descubre la fricción de las palabras.
–Es la historia de un lector: ¿qué influencias reconocés como escritor?
–Por un lado están las lecturas que se mencionan en el relato: Onetti, José Hernández, Kafka, Felisberto Hernández, etc. O algunas referencias igual de evidentes o un tanto solapadas como la Recherche de Proust (Golo, Gilberte), Rulfo (Comala) y algunos otros franceses que hacen de puerto de la otra cultura: Mallarmé, Baudelaire, a la que busca acercarse el personaje, que incluso tiene escrito un cuento que lleva por título “El francés”, la historia de un obrero argentino que quiere ser obrero francés. Y tomo de Felisberto la idea de mirar el pasado a partir del “mientras”, cosa clara en sus “apuntes para una novela metafísica”, lo de recordar el presente en el presente, conciencia de la construcción de un recuerdo. El personaje de En la pausa dice: “Estaba dándole forma a una imagen varada en un fragmento de presente que ya tenía casi la consistencia de un recuerdo”. Es un pensamiento que puede desprenderse del “mientras” del que habla Felisberto. Después, por otro lado, están las lecturas que a uno lo llevan a escribir también, pero que no se explicitan en el relato, escritores amigos o la de los que en algún momento estuvieron cerca. Martín Sancia, un narrador fundamental en mi narrativa; el poeta Oscar Conde, de quien fui alumno en el “Moreau de Justo”; Luis Thonis, a quien conocí cuando trabajaba en la textil, un ensayista y poeta que me dio una gran mano leyendo pacientemente cuanto escrito le llevaba…
–El libro se llama En la pausa porque el personaje sufre lapsus de mente en blanco. Más allá del diagnóstico clínico, ¿para vos qué significa “la pausa”?
–Es un estado. Como decís vos, desde el punto de vista médico, son lapsus de mente en blanco, lo que se conoce como disritmia, una suerte de discontinuidad. Es también un principio de “inexistencia momentánea”, es estar “fuera del tiempo por un tiempo”. Es aislamiento y conexión. Es Juan L. Ortiz a la sombra de un paraíso. Lo previo al acto de escritura.
Fernanda Nicolini
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