la teoría de la invencibilidad

LLEGAS ATRAVESO INNUMERABLES CRISIS, TANTO ECONOMICAS COMO PERSONALES, PERO SIEMPRE HUBO UN NUMERO MAS, OTRA REVISTA PARA DISFRUTAR. CINCO AÑOS DESPUES, NOS PARECE MENTIRA HABER LLEGADO A LOS 131 NUMEROS.
Corría marzo de 2004 cuando Pablo de Biase, Piqui Caravario y Antolín Magallanes me convocaron para trabajar en Llegás a buenos aires. ¿Trabajar? Bueno… Sí. No era un trabajo convencional, pero era algo bastante parecido.
Yo venía desocupado desde hacía dos años y medio, salvo un breve paso de un mes y medio por Cuatro Cabezas, de donde me habían convocado para hacer la revista Cuál es, la que finalmente nunca saldría a la calle.
El proyecto de Cuatro Cabezas era disparatado por donde se lo mirara y el de Llegás, por qué no decirlo, un delirio absoluto. Pero había una diferencia sustancial entre uno y otro. En el primero se pagaba mal, pedían que cumpliéramos un horario de 8 horas y tampoco había demasiado vuelo creativo en la propuesta, lo que podría haber sido un gancho entre tantas pálidas, especialmente por la ansiedad que tenía de volver a trabajar.
En Llegás no había una propuesta económica concreta (“vamos a ver…”, me dijo Antolín un día) pero sí había una cuestión de peso: los cinco “socios” que íbamos a hacer la revista éramos amigos, estábamos decididos a darle nuestra impronta al producto (buena o mala, pero nuestra) y todas las decisiones serían colegiadas, algo bastante difícil de conseguir después de haber trabajado más de 15 años en diferentes empresas y con diversos jefes.
“La idea es hacer un Village Voice”, me dijo Piqui a forma de síntesis y enseguida entendí la idea. “Y tiene que ser gratuita sí o sí”, agregó el Pelado de Biase. ¿Y la distribución?, pregunté. “La tenés que organizar vos con Horacing (Horacio Barisani, el quinto socio)”, me dijeron a dúo.
Y allí fuimos detrás de un sueño, una fantasía o una locura, porque todavía hoy no llegó a darme cuenta bien de qué era lo que buscábamos. No teníamos dinero, no había anunciantes claros (“hay gente que nos va a ayudar”, pensábamos inocentemente en ese momento) y nos habíamos planteado sacar un semanario de 40 páginas en papel de diario, sin crédito de ningún tipo y con el único aporte económico de los cinco dementes que nos poníamos al frente de esta empresa descabellada.
La redacción ya estaba casi armada cuando entré: Mechi Halfon (teatro), Nazareno Brega (cine), Gabriela Francone (arte), Gisela Antonuccio (bares y restoranes), Federico Ladrón de Guevara (noche y Buenos Aires), Cecilia Camporeale (compras y chicos), Fernanda Nicolini (letras), Mariano del Aguila (música), Tomás Sanz (tango), Enrique Jotef (cibernauta y en plantuflas), Fernanda González y el Chino Huisman (agendas) Julieta Escardó, Jazmín Tesone y Diego Sandstede (fotografía), Tato Peirano (soporte digital), Pablo Palastro y el Gurkita Santiago Dardano (diseño), Manrique Fernández Buente (retoque digital), Rodolfo Agüelles y Popi Gaona (publicidad) y mucha más gente (amigos) para ayudar en los cierres: Alejandro Lingenti, Alejandro Prosdocimi, Marcelo Rosasco, Fabián Casas, Luciana Delfabro, Fernanda Alarcón y Guadalupe Gaona, quien incluso llegó a ser subdirectora de la revista.
Seguramente me olvido de alguien en esta lista inmensa de gente que participó en esta aventura, aunque más no fuera con una nota o ayudando con dinero (siempre fueron bien recibidos). Pido disculpas. No hay forma de acordarme de todos.
Es muy difícil resumir en una nota todo lo que ocurrió en estos cinco años en Llegás. Hubo de todo. Peleas a sillazos, llantos por haber conseguido un aviso que nos permitiera sacar la revista un día más, borracheras interminables, romances, divorcios, discusiones, angustias, nacimientos de hijos, muertes… Repasando, así, muy velozmente, no me equivoco si digo que Llegás se llevó mucho más de lo que nos dio.
Hoy seguimos vivos. Y no voy a decir que con el mismo compromiso que el primer día, porque sería mentira. Ya nos hicimos más viejos (al menos el que firma esta columna) y tantos golpes nos curtieron el lomo. Hoy seguimos vivos porque a pesar de los malos momentos, aún existe una voluntad que se impone por sobre todas las demás: la mayoría de los que aún estamos en la revista (y muchos de lo que se fueron pero esporádicamente regresan) seguimos siendo amigos. Y contra eso, nada ni nadie nos puede derrotar. Somos invencibles. Y nuestro gran talento (el de todos) fue poder transmitirle ese sentimiento a una revista que parece tener base redonda, ya que no hay trompada que la pueda derribar. Y eso que recibimos varias. Tal vez muchas más de las que merecíamos.
MARIANO HAMILTON
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EL PLACER GENUINO NO PAGA
Agosto de 2004. Tiempo de inocencia en que la esperanza le ganaba al odio. Pasaron cinco años, tres administraciones por el Gobierno de la Ciudad, y la tragedia de Cromagnon, que nos hizo perder cualquier eventual dejo de inocencia que pudiera habernos quedado a los porteños.
Corrió agua bajo el puente y se llevó en barquitos las tapas de Llegás, las proclamas socialistas de Lilita Carrió y los carteles impresos en papel asegurando que el papel contamina, algo así como el sueño imposible de Charly: el último papel, el que anuncia el fin del papel. Pero no todo es nostalgia y enumeración en la ciudad del búho y la gallina. No jodamos, que perder la inocencia también es una forma de iniciarse y consagrarse en el placer. Y para que el placer sea genuino –lo siento, antiguos compinches de trampas– tiene que estar clavado en el amor. El placer genuino no se paga. Esa es la lección más importante que nos deja la experiencia de Llegás a Buenos Aires en estos primeros cinco años: la posibilidad de hacer un medio cultural que le sea más útil a quien lo tenga en sus manos que a la vanidad de quienes lo pergeñaron. Por eso nació como un servicio gratuito, por eso sigue siendo gratuito. El placer genuino, decía, no se paga. La idea, por más que contradiga al más gigantesco pulpo comunicacional de América Latina, es que tampoco se debería vender. Que no es lo mismo que regalarse sin cobrar.
PABLO DE BIASE
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NOCHE DE MARTES
Con el Village Voice como ejemplo, nos largamos a mediados de 2004 a montar una redacción independiente. Esto es, realmente pobre. Sin embargo, nos dimos el lujo de diseñar una agenda semanal exhaustiva, que contemplaba desde las sangucherías y los sótanos del arte hasta las salas consagradas, sin perder de vista el pulso de la calle ni las políticas urbanas. El espesor crítico de esta brújula cultural se debía a las plumas más lúcidas del periodismo emergente y a algunos viejos amigos, talentos curtidos en la palestra académica y el estaño que nos distinguieron con su prosa. De aquella época en que yo era el editor de la revista, rescato como un mojón en mi memoria el ditirambo de los martes. Las noches de cierre. En esas ocasiones, a la dotación estable de Llegás se sumaban otros periodistas y compañeros de ruta hasta colmar las instalaciones de la calle Rivadavia. Alguno oficiaba de corrector ad honorem, otro de bartender, y así, mientras mermaban las empanadas, se vaciaban las botellas (algunas de contenidos inciertos) y rebosaban los ceniceros, la revista tomaba forma. Las cortinas musicales animaban el happening que, con el correr de las horas, ganaba en intensidad emotiva y producción intelectual. Cerca del amanecer podías asomarte a joyas discursivas como el diálogo que ejecutaron, ante un auditorio embelesado, Tato y Horacín, dos pilares de la redacción, sobre las diferencias entre el modo de pastar de las vacas uruguayas y argentinas. Eso sí que era filosofar.
ALEJANDRO CARAVARIO
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ATRAPAR LOS SUEÑOS
Un grupo de amigos pasó importantes momentos de su vida observando y alabando a la belleza femenina. La manera de expresarlo se sintetizaba en una exclamación, conjunta, que terminaba en un ¡Llegás!, mientras los ojos se buscaban en plena complicidad masculina.
Pero ese en realidad fue el final de la gestación del proyecto, o mejor dicho de cómo arribamos a su nombre, que por suerte resumió a nuestro colectivo en la forma de mirar a nuestra querida ciudad.
Con mi amigo De Biase muchas veces habíamos soñado con llevar a adelante una empresa periodística, y a eso nos dedicamos durante un verano de hace cinco años. Lo pensamos al derecho y al revés y le dimos vueltas al asunto, como para tomar envión. Definida la idea que se barajaba comenzamos la tarea con dos conceptos muy claros: la gratuidad de la publicación y la obligación de dar una nueva mirada de cómo mostrar y meterse en Buenos Aires.
La propuesta gustó de entrada y un sin número de empresarios interesados en las temáticas ciudadanas prometió acompañarnos, por supuesto con sustento económico. Aunque algunos de aquellos viejos interesados todavía siguen decidiendo si nos van a ayudar o no, la propuesta tomó envión y ya nada podía detenerla, ni siquiera los malos tragos económicos.
Nuestro equipo estaba constituido por otros adoradores de la aventura y de la ciudad. Se sumaron Hamilton, Caravario y Barisani, por lo que sólo restaba cumplir la palabra empeñada.
Resulta grato recapitular todo lo que deparó en nuestras vidas la aparición de Llegás a Buenos Aires.
Para algunos fue la vuelta al trabajo y para otros los primeros pasos periodísticos. Creo que todos afrontamos cambios en nuestras vidas, a la par de llevar adelante el proyecto. Llegás fue producto del amor y la confianza de un grupo de amigos gamberros que le puso el corazón, los ahorros y la voluntad para que este emprendimiento escoja a esta ciudad y sé quede para siempre! Y aunque parezca increíble ya pasaron cinco años.
ANTOLIN MAGALLANES
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CON TUFO MASONICO
Los cierres de Llegás van en cauto pero firme camino a acomodarse a la par de otras tertulias míticas y secretas del ayer y del hace un rato, como las reuniones de la Logia Lautaro o las farras del Café Einstein.
Simplemente, eventos por los cuales la gente mataba o mentía con tal de estar ahí o, más tarde, de hacer creer que habían estado. Será por eso que una de las primeras cosas que recuerdo es que en los cierres de Llegás trabajó más gente que en la construcción del puente de Brooklyn, cosa que no tendría que despertarnos ninguna sospecha salvo por el hecho de que era una publicación semanal de pocas páginas y que ninguna mafia sindical nos obligaba a hacerlo, como sí a aquellos pobrecitos que morían congelados con la remachadora 30 metros encima del gélido East River.
Algo del tufo masónico de aquellas reuniones, tal vez, se deba al hecho de que acceder a la redacción era más difícil que ver al Papa andando en monopatín con la camiseta de Mandiyú. Había que caerle bien al portero, además de coimearlo, para poder entrar, ya que el horario oficinesco dejaba un estrechísimo margen de circulación.
Ahora que lo pienso bien, si los cierres llegaron a ser inolvidables fue sobre todo a causa de las precámbricas computadoras existentes. Imprimir una página podía llevar media hora; agregar una sílaba, cuarenta y cinco minutos. En la espera interminable, un tropel de talentosos editores, redactores, diseñadores y correctores (sí señor, único medio en la Argentina con semejante equipo de correctores) pronto improvisó una estudiantina matatiempo. Y agarrate: había que ver cómo se iba esa gente después de haber participado en alguna nubosa ronda con Horacín, Naza o el estólido Tato. O las cinchadas interminables entre Defensoras del Indie y Háganle una nota a Sofovich, que arrojaban pasiones, odios, y algún que otro incinerado por el cruce de bengalas dialécticas.
Imposible describirles esa infinita algarada con el espacio que me dieron. Les recomiendo que no se pierdan la película. El guión es de Marcelo Figueras, me cuentan, y la dirigió –quién más– Marcelito Piñeyro.
ALEJANDRO PROSDOCIMI