LETRAS. Entrevista Ariel Magnus.
el karma del hombre solitario
CON EL ENVIDIABLE RITMO DE UN LIBRO POR AÑO DESDE 2005, ARIEL MAGNUS INCURSIONÓ EN EL AISLAMIENTO DE EL HOYO, EN CHUBUT, PARA SEGUIR ESCRIBIENDO. NUESTRO REDACTOR, ORIUNDO DE ALLÍ, LO ENTREVISTO A ORILLAS DEL RÍO EPUYÉN.
Hoy, ahora, debe tomar la forma inequívoca, vaga y errática de un sueño de una siesta de verano: un tiempo suspendido en el aire, un cúmulo extraño de horas, días, meses; un recuerdo cercano y lejano al mismo tiempo. Pero lo cierto es que hasta los primeros días de marzo, el escritor Ariel Magnus vivió, junto a su mujer, por casi dos años en El Hoyo.
El Hoyo es un pequeño pueblo cordillerano que a veces sale en los mapas y a veces no, que está arriba a la izquierda de ese trapecio que es la provincia de Chubut. Ahí, una tarde gris de verano, a orillas del río Epuyén, que corre tranquilo hacia el Lago Puelo, llegás habló con Magnus. Y motivos no faltaban: Magnus, escritor prolífico y disciplinado, arrastra un récord nada desdeñable de publicar un libro por año desde 2005, cuando salió Sandra. Después vino la crónica La abuela y en 2007, Un chino en bicicleta, novela que ganó el premio “La otra orilla” y que narra la historia de Ramiro y de su derrotero luego de ser secuestrado por Li, aquel chino pirómano que incendiaba mueblerías. Finalmente, el año pasado apareció Muñecas, una novela corta pero contundente en la que despliega con maestría sus recursos a la hora de escribir sobre lo cotidiano y lo ajeno, sobre pertenecer y ser extranjero y, ante todo, sobre la soledad. Como dirá Magnus más tarde, Muñecas es “casi un ensayo sobre la soledad, que es en realidad lo que quería hacer, toda la bajada de línea que viene al final iba a ir al principio: la idea de que el hombre solitario es más terrorista que un tipo que pone bombas porque te destroza la sociedad, no te deja armarla. El terrorista actúa sobre una sociedad armada y quiere una sociedad mejor, el solitario ni la arma ni quiere nada. Es un engranaje suelto que te arruina la máquina. Además, es a algo a lo que se le tiene miedo, al solitario feliz: ‘además la pasa bien’. Bueno, todo eso estaba al principio y era sobre lo que quería hablar, después se fue armando la novela como quedó finalmente”.
Con disciplina monacal, Magnus escribió casi todas las mañanas durante un año y monedas encerrado en una de las habitaciones de la casa que alquiló en Rincón de Lobos. Por la ventana: vacas, pasto, montañas. “Escribí un diario desde que llegué a El Hoyo, un diario sobre la nada, porque no pasa nada: ‘la vaca se comió una rama de un árbol’. Nunca había escrito un diario, no me gusta escribirlos, pero dije: ‘no pasa nada, voy a escribirlo’. Fue divertido. Además quería un diario sólo con cosas de la naturaleza, entonces era la bandurria no sé qué cosa, los teros, las vacas, las tijeretas; primero escribía algo cada día, después cada semana y después cada mes: cada vez pasaba menos. Pero está bueno, porque anoté un montón de cosas que después usé en la novela”. La novela de la que habla será cosecha 2009, junto con la traducción que hizo de los diarios de Werner Herzog de la filmación de Fitzcarraldo.
-En Un chino en bicicleta un porteño cae en pleno barrio chino; en Muñecas, el bibliotecario es un extranjero en Alemania: vive allí hace tiempo, pero sigue sintiéndose un extranjero. ¿Te sentís, acá, en El Hoyo, una especie de personaje de tus libros?
-Personaje no sé si me siento, pero sí disfruto estar en un lugar que no me pertenece: quizás por eso también me gustan los personajes a los que les pasa eso. Disfruto por un lado estar lejos de mi lugar y, por el otro, ser un extraño en el lugar en donde estoy, esa es una sensación que disfruto, pero no la tengo trabajada. Después, con los personajes en los libros, lo que tiene de bueno es que muchas veces me gusta hablar de lugares, y la mejor forma que se me ocurre para hacerlo es elegir una especie de grado cero desde donde mirarlo. En Un chino…, sobre todo, lo busqué adrede: un tipo con un grado cero de chinitud, con una relación muy superficial con todo lo chino, para desde ahí construir el relato.
-En estos dos libros hay una cuestión con la metamorfosis: las muñecas y las mujeres, el pibe que se convierte en chino…
-En Muñecas sí, lo que quise hacer es una metamorfosis al revés, en vez de un muñeco o una pintura que cobra vida, una vida que se muñequiza. Lo del chino no lo había pensado, aunque sí, para mí es importante que en los libros se logre una transformación, que el personaje logre una transformación, la búsqueda antiquísima de cualquier escritor. Vos podés tener un personaje clásico que vaya pasando por diferentes aventuras y sea siempre el mismo, tipo superhéroe, pero a mí me atrae más un personaje que entre a una situación que le es extraña y salga transformado, transformado en un sentido humano, no ovidiano del término.
-Hablabas de la soledad, omnipresente en Muñecas y palpable también en Un chino… ¿Sos, a fin de cuentas, un solitario?
-No sé si me puedo considerar un solitario. Yo vivo en pareja y, de hecho, nunca viví solo. Aunque esta experiencia, esto de vivir acá en El Hoyo y antes por cinco años en Alemania, demuestra que nos gusta la soledad, y ahí, en ese plural, ya hay una contradicción. Desde el momento en que dos personas solitarias se enamoran por la relación que tiene el otro con la soledad ya se traicionan a sí mismas. Yo, igual, estoy feliz de haberme traicionado con ella. Pero está esa contradicción, la del solitario que de repente encuentra al otro solitario y forman una soledad conjunta, que para mí es la soledad perfecta.
Francisco Huisman |